Contratapa


LAS OVEJAS DE DON TIBURCIO

Por Enrique Medina

Don Tiburcio Balaguer debe atender urgencias en su rancho de concreto. Por una parte, su mujer, Doña Gisela Coronado Schwindt, echada en la cama, gime por intensos dolores en la cintura. Dolores que se originan en sus caderas maltrechas, ya a punto del desguace ecológico del que ningún humano se libera. Pero además de los sufrimientos, que por carácter transitivo también sufre él mismo, Don Tiburcio debe soportar los airados reclamos de ella por la falta de whisky y ginebra, que la susodicha almita en pena desde la cama exige con el mismo derecho que el cristiano la hostia al cura.

Por otra parte, el prestamista lo ha urgido con el dinero que adeuda y que ya ha superado la vigencia de los papeles firmados que debe concebir como obligatorios, porque si no, rompe la cadena de pagos que va desde el pequeño productor hasta los préstamos bancarios que dan categoría a quien los adquiere; tal el pretexto de su amigo prestamista.

Don Tiburcio, que ya en su momento ha hecho cruz con los dedos sobre los labios jurando y recontrajurando morir con honor, sabe que Dios le ha llamado la atención para que se ponga las pilas y vea cómo resuelve la cosa primordial, y deje que los padecimientos de su mujer y la filtración del techo que en cada nueva lluvia se agranda y se agranda como melodía de Yupanqui que no encuentra el instrumento, pasen a segundo término.

Es por eso que el viejo-gran-amarrete-y-peor-entretenido de la comarca, consuetudinario borrachín y cunilingüista extremo de prostitutas varias si es que uno se atiene a los chimentos que flotan cuando se reúne la peonada para ver los partidos de fútbol, fue que decidió desanudarse de ciertas responsabilidades, de las que ya está bastante harto y repodrido, y echarle cartas al asunto.

Inteligente, dedujo que no hay que llorar consuelo comparándose a colegas en peores situaciones sino superar su apisonadísima realidad. Así que escuchó a su amigo y dueño de la cantina, Don José Kenis, descendiente de los primeros alemanes Köenig que se asentaron en el lugar, y que le aconsejó que se dejara de joder arrastrando él mismo los rebaños de ovejas de un campo a otro pelando el terreno como paño de billar.

Por eso y para eso fue que Don Tiburcio contrató, por unos pesos cicateros, a un paisanito sostenido a paco, que cuando no puede sacudirse con dicha droga yuyea en cuanta planta surge de la madre tierra con la misma pasión que Miguel Ángel pintaba el Vaticano.

Y ahora en la cantina de su amigazo, Don Tiburcio Balaguer disfruta de una partida de truco matizada con tragos de fuerte caña soportando al prestamista que no deja de seguirlo como el hurón a los ratones recordándole los beneficios de honrar deudas. De súbito, un comedido irrumpe alarmándolo porque algo monstruoso le ha ocurrido a su hato de ovejas. Luego de caer de la silla y mientras acude presuroso al desastre, le van explicando que la masacre se debió a un mal cálculo en el horario que los trenes deben respetar y en este caso no se sabe bien quién tiene la culpa del destripamiento de la mayor parte de las ovejitas. A punto del desmayo y llegando al sitio, Don Tiburcio Balaguer comprueba que las moscas y las aves de carroña ya han tomado sus puestos y trabajan con ahínco y efectividad. Azorado y sin aliento, lo mira al paisanito esperando que le dé una explicación. Y éste, haciendo una pausa en el fumo del paco, retranqui y con total inocencia, le responde solidario:
-        Menos mal, Don Tiburcio, que el tren no venía de costado, porque si no, le juro, ni una se le salva…


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