Novelando casos - Seguí la luz, hija...



Por Carina Sicardi / Psicóloga

Historias de vida, relatos que conmueven en la escucha atenta de quien está ocupando el lugar de psicólogo. Pero aprendemos a esconder lo que sentimos, para dejar que fluya libremente el decir del paciente.
Melisa me esperaba con la mirada baja; parecía entretenida en observar sus uñas, final de largos dedos que bien podrían pertenecer a una pianista, pero no era su caso.
Con paso decidido, entró al consultorio; ordenó la campera en la silla contigua y cuando se sintió cómoda, se presentó casi con altivez en la voz, lo que no se correspondía con el brillo de tristeza en su mirada. La recibí con una sonrisa invitándola al comienzo de este recorrido juntas. Como una formalidad, le pregunté sus datos personales y su grupo familiar. En ese momento, su presunta altivez comenzó a derrumbarse. Tengo cuatro hermanos, bah, tenía… Y las lágrimas borraron el orgullo para dar paso al dolor…
Hacía 2 meses su hermana mayor, Vanesa, con quien la unía además del parentesco, una relación especial por contigüidad y entendimiento -a pesar de las diferentes personalidades y gustos-, había fallecido.
32 años vividos bajo el nubarrón del cáncer, enfermedad que parecía ser el precio a pagar por ser parte de la familia materna. Vanesa apostó a la vida, conformó una pareja con Germán y concibió a Felipe. Teniendo el bebé 10 meses, ella se descubre una dureza en una de sus mamas, pechos que sólo parecían preparados para alimentar, cobijar y ayudar a crecer a su pequeño hijo, y que ahora se convertían en el nido de un tumor que amenazaba con destruir su cuerpo y su vida entera.
Cada integrante de la familia recibió la noticia como sus creencias, convicciones, posicionamientos y lugar en la historia de Vanesa, se lo indicaba. Melisa asumió el diagnóstico tal cual lo recibió del médico y escoltó a su hermana en los caminos que decidió recorrer, apoyándola y acompañándola en los tratamientos, convencionales o alternativos, que la verdadera protagonista de esta historia decidió seguir.
Su madre, apoyada en una inquebrantable fe, se refugiaba en pensar que era el designio de Dios, la cruz que debía aceptar porque podría llevarla. El padre, silencioso acompañante, sólo en contadas ocasiones se permitía llorar, y entonces su esposa lo confrontaba con una lapidaria orden: ¡te dije que no llores!
Analía, la hermana más pequeña, vivía con sus padres; observaba y cuidaba a Felipe, quien crecía junto con el tumor que se llevaba de a poco la vida de su mamá.
No hubo demasiado tiempo, pero sí el suficiente como para que Vanesa organice hasta con carteles, los lugares que le pertenecían a Felipe. Ella vivía por su pequeño, más allá de sus fuerzas y de su cuerpo, avasallado por dolores.
El calor abrasador del verano llegó junto con el momento final… El médico ayudó a decidir que muera en su casa, con su gente. Felipe saltaba a su alrededor en esa cama matrimonial que alguna vez fue de goce y ahora del dolor, llamándola y demandándola más allá de lo que su mamá podía responderle. Melisa pensó que lo mejor era ya vestirla, pintarle las uñas… Su mamá, sólo escuchaba y asentía… Allí preguntó: ¿quién te viene a buscar, hija? Tu mamá, respondió Vanesa… con esa luz… Anda tranquila, hija, acá todo va a estar bien… tomá la mano de la abuela y seguí la luz…
Ese día, Vanesa se fue. Melisa acompaña a Felipe.
Un día suena el portero eléctrico y el nene atiende, el señor pregunta: ¿está tu mamá? No, responde Felipe, mi mamá ahora vive en el cielo…


No hay comentarios:

Publicar un comentario