EL INCENDIO
Por
Verónica Ojeda / Téc. en Parquización Urbana y Rural
Dormía. Era entrada ya la primavera, una de
esas noches de tormenta y copiosa lluvia y si mi memoria no me falla, madrugada
de un sábado.
Como de lejos oía el sonido agudo de los
truenos, el tintineo del agua que en esa época era muy esperada, el viento
sacudiendo como un látigo. Entre sueños creí haber oído lo que estaba
ocurriendo.
De repente y como en un pestañeo, las paredes
de la habitación se habían teñido de luces rojas parpadeantes. Confundida,
medio dormida, me levanté para ver qué pasaba.
En
el corto trayecto que hay entre mi habitación y la puerta de entrada a la
casa, intentaba imaginar qué sucedía.
Cuando
logré abrir pude ver un paisaje rojo, aquel que a diario me regalaba su verde
con gentileza, ese que se mece con el viento del sur y me anuncia la llegada
del frío, el mismo estaba en llamas...
¡La araucaria! Con su ancho tronco áspero y grisáceo, de ramas extendidas
y delgadas como con una expresión de querer abrazar a quien desee admirar su gran
porte y presencia y defendiendo como un centinela a ese Hogar del enfurecido
viento del norte. Aportando su verde permanente, brindando esperanza
y compañía a los visitantes y moradores del lugar. Aquella que alberga en
su boscaje a numerosa cantidad de aves que buscan el refugio y anidar,
regalándole a cambio sus gorjeos como en una especie de pacto que con
el tiempo se transforma en la armonía casi perfecta. La mayor de un grupo
de árboles que la rodean como un ejército jurándole lealtad, estaba
en riesgo por culpa del azar. Esa enorme mole, verde y peliaguda, había sido alcanzada
por un rayo en una zona cercana a su cúspide; las ramas quejosas ardían, al
mismo tiempo que eran balanceadas por el viento que furioso pretendía ganar
toda la conífera.
El ápice se extendía hacia
arriba como queriendo ganar el cielo y escaparse del ahogo de las llamas.
Entre la lluvia y las luces se dejaba ver una
figura humana. En un intento de salvataje un bombero ávido de valentía y con vuelo
astuto subió en un abrir y cerrar de ojos, el agua golpeaba las hojas con fuerza,
pero el testarudo pudo más y ganó.
El
fuego cedió y se inclinó ante él y al fin dejó de abrasar a la vieja planta.
El muchacho descendió rápidamente por la
escalera, vencedor, ágil; sus compañeros los esperaban al pie de la catástrofe.
Terminado el trabajo todos partieron.
Desaparecido el rojo parpadeante, retornó la
oscuridad, instalándose además un silencio profundo, hondo, denso; seguía
lloviendo.
Me quedé observando y de algún modo al
cuidado de la araucaria. En lo negro de la noche se veían y se olían vestigios
del fuego, apenas una rama humeante, no se dejaban ver secuelas pero yo sabía
que allí estarían.
Me dormí pensando en lo ocurrido, preocupándome por las consecuencias.
A la mañana siguiente la tormenta ya casi
había pasado, el viento amainó su marcha, la quietud se acercaba. No lo dudé,
ni bien levantada me
dirigí hacia la araucaria para ver las heridas. Caminando sobre el césped
húmedo, percibía los resultados del infortunio.
Unas cuantas ramas laterales totalmente
quemadas.
La observé por unos minutos ahí parada,
debajo de su formidable sombra y supe que con el tiempo sólo quedaría el
recuerdo de aquel amargo instante.
Podía sentir mi pequeñez debajo de aquel
gigante, oler su frescura que transporta a los bosques de donde es originaria
su especie; imagino que guarda en su memoria, en su génesis, vaya a saber qué
leyenda de indios araucanos.
Y así fue, con el correr de los meses y el
verano ya entrado, con todo el brío de su esencia, al fin brotó y la herida se
curó.
Allí sigue como siempre alta, inalcanzable,
como un hito al final de la calle, con su verde intenso de espinas que la hace
centellear, amparándome de la sudestada y recibiendo a quien quiera hacer su
paso por allí.
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