Caos de verdad


Por Alejandra Tenaglia

Supongamos que Sauce es un pueblito emplazado en la mente de un novelista. Supongamos también que no cuenta con más de unas cinco mil almas. Y supongamos finalmente que un día cualquiera todos y cada uno de sus pobladores, ungidos por algún hechizo de dudoso origen, amanecen con la capacidad de mentir, atrofiada. Esto es, han perdido el filtro que construyeron con el paso del tiempo, porque bien todos sabemos que los niños, dejando de lado la construcción de fantasías, dicen lo que opinan y responden a sus necesidades y emociones sin el agotador rodeo que solemos emprender los adultos. Entonces, por ejemplo, Don Carlos todas las mañanas ocupa una mesita en la vereda del bar de la esquina; hoy, cuando una ex alumna de sus tiempos de profesor, que está de visita por el pago, se detiene asombrada y le pregunta: ¿¡cómo le va, tanto tiempo!?, él no puede evitar responderle que le va bastante mal porque del oído derecho apenas escucha, la espalda le duele cuando permanece más de cinco horas acostado y que levantado la mayoría del tiempo se aburre fatalmente, salvo cuando va al bar, donde vengo todos los días un rato a ver pasar mujeres, es decir, me entretengo mirando culos. La ex alumna parece intentar disimular el rechazo que siente, pero también ella está ungida por la incapacidad de mentir, así que lo que se oyó fue un resignado: qué pena, sigue siendo usted el mismo viejo chato-baboso, giró y se marchó.

En el mercadito de la vuelta, se daban varias escenas simultáneas, consecuencia del nuevo orden cultural que bien podríamos llamar: la incómoda dictadura de la verdad. En la caja: -Esperame un segundito que me olvidé la leche, voy a buscarla  y vuelvo. –No, pague hasta acá y entre de nuevo a comprar, ¿o no se da cuenta que hay gente detrás de usted y que no tienen por qué tenerle la vela? –Nena, ¿por qué no te buscás un trabajo que te guste en vez de maltratarnos a los clientes como si tuviéramos la culpa de tu infelicidad? ¿Vos nunca te olvidás de nada? En menos de un minuto iba y volvía. ¿Era tan grave para ustedes esperar unos segundos más –dice ahora mirando a la cola que la sigue-, o es que hay algún avión salvador del universo que se encuentra demorado aguardándolos?... Entretanto, en el rincón de la verdulería, el muchacho que atiende recibe la bolsita con papas que le entrega una señorita para que se las pese y sin mediar saludo ni introducción, le espeta: Sos la única alegría que me brinda este trabajo. Tocá, tocá cómo se me acelera el corazón… Tironeando para recuperar su mano, huye la susodicha chocando una góndola que se ha convertido en tintineante y expansivo laterío. Algunos recogen directamente la mercadería y se la guardan en sus bolsos, unos pensando que si esos extranjeros se llenan los bolsillos con plata argentina, bien tienen ellos derecho a quedarse con algo a cambio; otros porque consideran que es la ocasión de saciar sus ganas de comer palmitos, a cuyo precio no llegan con su billetera; y también están los que nada tocan porque nada quieren que no sea obtenido con el sudor de su frente y hasta ayudan a ordenar, por solidaridad con el repositor que tampoco puede ocultar su cara de catástrofe acompañado de un estertóreo: lareputísimamadrequelosremilparióatodos. Puse empeño, pero no pude frenar la ruidosa carcajada que me subió a la garganta… Y no sé si el muchacho por eso me consideró la autora del siniestro o sólo le molestó mi algarabía, lo que sí sé es que antes de caer vi una lata de arvejas volando directo hacia mí. Aquí en el sanatorio, después del caos vivido en sentidos que usted ni imagina, hemos aprendido que lo mejor es la moderación, me dijo el médico cuando volví en sí. Pero ya era el día siguiente, el hechizo se había extinguido, así que, quién sabe si no mentía…


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