La historia se reescribe cada día

Llueve. El ruido del despertador se mezcla con el ininterrumpido sonido de las gotas de lluvia que golpean la ventana. El mundo externo me avisa que ha empezado un nuevo día.
De a poco van despertando los sentidos: el olor a tierra húmeda irremediablemente me recuerda a los atardeceres veraniegos del pueblo de mi infancia -donde no abundaban las calles pavimentadas-; pero no, todo indica que estoy en mi dormitorio y que es lunes.
Mala publicidad tiene nuestro primer día de la semana, sinónimo de obligaciones, de resaca, de uniformes, de vencimientos, de justificados malhumores porque “es lunes”.
Sin embargo, para mí es el comienzo, pienso aún sin levantarme, el inicio de una nueva página de mi historia que empiezo a escribir, ¿sola?
No, somos seres sociales, los seres más inmaduros de la escala animal, siempre necesitamos de otro para ser…
Como dice Jacques Lacan, “al niño lo precede un baño de lenguaje”, esto implica que hay otro que nos nombra, nos sueña, nos inscribe en la historia aun antes de nacer, biológicamente hablando. He aquí el comienzo en el que somos parte del otro, donde se nos impone un nombre, una palabra a la que responderemos durante toda nuestra vida, en la mayoría de los casos. Por supuesto, se sabe que en la subjetividad el todo no existe.
Es debido a esto que el nombre propio es, en realidad, el más impropio, justamente porque no lo elegimos, otros lo hacen por nosotros. Quizás sea correcto preguntar entonces: ¿cómo te llaman?, y no ¿cómo te llamás? Autollamarse suele ser complicado, probablemente no lleguemos nunca a una cita con nosotros mismos.
Creo que por eso que se hace casi imposible ser solos, de hecho se puede estar en soledad, pero aun así este estado denota la presencia de otros que no están o están ausentes.
Cada día es un empezar a elegir, asumiendo que cada elección conlleva la pérdida de aquello que no elegimos. Marcar el camino, “haciendo camino al andar”.
¿Me levanto o sigo durmiendo un ratito más? ¿Té, café, leche? ¿Piloto y paraguas o decido que la lluvia ayude a despertarme?
Siempre hay por lo menos dos opciones.
“El yo se constituye en un reconocimiento en torno a la imagen del otro, o en su imagen en el espejo”, dice Lacan. ¿Quién es esa persona de aspecto somnoliento, tan parecida a mi mamá, que aparece ante el espejo cuando logro reintegrarme de mi cama? Evidentemente el inconsciente despertó antes que yo.
Pisar el suelo despierta el sentido del tacto; hace frío, la realidad se hace palpable y, esta vez, el tiempo en el reloj empieza a correr, pero mi yo, lo corpóreo, lentamente camina hacia la higiene, el desayuno, la cotidianeidad, lo que se debe…
Lunes. Comienzo. La página en blanco que se presenta como desafío, ávida de y ansiosa por, saber qué palabras van a hacerle compañía quizás para siempre.
Llego a la clínica, el saludo amable de mis compañeros permite un agradable sentido de pertenencia.
Abro la puerta, y ahí estás, como cada lunes desde que decidiste habilitarme una puertita de tu vida para juntas encontrarnos con tu verdad, escondida detrás de los síntomas que molestan, duelen, dicen…
- ¡Hola, buenos días! ¿Cómo estás? Adelante, pasá…
Cada vez que se abre la puerta, una página especial de la historia se reescribe, y todo, vuelve a empezar.


Carina Sicardi
Psicóloga Mat. 2600

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