Penas y olvidos


Por Carina Sicardi

No habrá más penas ni olvidos cantó y canta la inolvidable y eterna voz de Carlos Gardel. Promesa tan enorme como vana. Las penas se sienten, como las alegrías; pensar que no existan es una simple y esperanzadora fantasía.
El tenor Plácido Domingo se despidió de un público anhelante de buena música, justamente con este tango, con la emoción que conlleva el hecho de ser una buena persona, un luchador más allá del brillo que le da su talento.
Terminó la actuación presentando a sus dos nietos, que quizás no entiendan aún qué hacían recibiendo un multitudinario aplauso por ser, simplemente, parte de la descendencia de un gran artista. Pero, sin dudas, quedarán esos momentos grabados en el inconsciente, lugar desde el cual algún día podrán salir, cuando la vejez  aleje al abuelo de los escenarios pero no de las pasiones, y sentados frente al fuego de una fría tarde española, les diga: ¿se acuerdan de aquella noche, en la lejana Argentina…?
Mi inquieta imaginación no tiene límites. Siempre tratando de encontrarle finales felices a las historias, aun pensando que el argumento es muy bueno, los actores excelentes y se aleja de la ciencia ficción por el realismo que conlleva.
Duele pensar que mucha gente que nos ha precedido en nuestra historia reciente, no tenga esa misma posibilidad. Duele la historia que no cierra, duele no tener ni siquiera la posibilidad de imaginarse un final porque el camino quedó trunco por el sólo hecho de pensar distinto, ¡ay, Dios!, como afirman los Fabulosos en “El matador”.
Lucas aparece en mi vida cuando cursábamos en la Facultad. Solcito de grandes brillos pero ensombrecido por una pena que pocas veces mostraba, escondido detrás de la música, la poesía, la lucha.
Mi gran amigo… Su vida me mostró que la historia era una realidad, no sólo algo que le pasaba a otros, muy, muy lejos de mi tranquila infancia pueblerina. Donde mis conflictos pasaban por la interrelación con la minúscula cantidad de gente que me rodeaba, él tenía la lucha social que su padre emprendió desde montoneros. Cuando las peleas con mis amigas pasaban por competir por la mamá que mejor se esmeraba en peinarnos para un acto escolar, él iba a visitar a la cárcel a su mamá, Ana, por el sólo hecho de ser Asistente Social en un momento histórico y social equivocado. ¡Mi querida Ana!
Ocho años de su vida viviendo con sus abuelos maternos, después de la caída de su padre en un enfrentamiento. Ocho largos años tratando de entender. Ocho años de soledades y de implosiones, como él mismo definía al momento en que su hermana y él se tenían que despedir, semana tras semana, de su mamá…
Yo, mientras tanto, soy producto de la falta de elección de la gente de la década del setenta, que soñaba con la posibilidad simple de un empleo con sueldo fijo, sea cual fuere éste. Con padres que pensaban, como la mayoría del barrio, que el Proceso de Reorganización Nacional pasaba taaan lejos, aunque a media cuadra, una noche de tantas, se hubiesen “llevado” a esa vecina demasiado intelectual para el libro “Corín Tellado”.
Padres que luchaban por el día a día, que ya no les resultaba nada fácil, para los que el mundo empezaba y terminaba en ese querido pueblo.
Los de él, luchando por un mundo mejor para ellos y para todos los que vendrían. Como los de mi amiga Alejandra, quien, después de muchos años de vivir con sus tíos, a media cuadra de mi casa, logró irse a Francia a reunirse con su núcleo familiar, con esos padres que no estaban allá porque les encantara la torre Eiffel…
Pero pese a todo, tanto Lucas como Alejandra supieron siempre quiénes eran, cuál era su identidad, aquello que a muchos les fue negado porque para otros tantos fue un simple detalle, un cambio de nombre y nada más, por creerse con derecho (lo opuesto a izquierdo, a torcido, a lo que no corresponde, vaya paradoja), a adueñarse de la vida, de la historia de aquellos que no tenían voz.
Y no tuvieron voz ni nombre aún para la muerte. Porque la muerte de los seres queridos marca, hiere, duele, pero en la mayoría de los casos, se elabora el duelo y se sigue, aun con esa falta que tiene nombre propio. Pero la desaparición nos deja en un lugar imposible, en un tiempo atemporal, en la nada misma.
No hay duelo posible sobre la falta de certezas de la muerte, aunque lo imaginemos, aunque creamos que…
No habrá más olvidos. Pero… ¡qué pena!
  
     
  
  

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