Psicología

LO TRANSITORIO Y LO ETERNO


Por Carina Sicardi

Uno de esos días de la infancia, en que mi hermano padecía su ya repetida angina haciendo temblar al termómetro y por ende, a mi madre, llegó a casa un revolucionario -para ese momento- juego de mesa: “El juego de la vida”.
Cada nueva enfermedad, paperas incluidas, terminaba con la adquisición de algún juguete que aliviara sus días de reposo.
Pero este en particular, “que ya en ese momento era caro”, según el discurso materno repetido no pocas veces, permaneció gravado con mayor nitidez. De hecho, mejorado y reciclado, existe aún hoy y, quizás por un toque de nostalgia, también entretiene las tardes de lluvia invernales.
Cuando pienso en el concepto de la vida, muchas veces lo reflexiono a partir de él. Partimos solos, en un autito, con todo el camino por delante, ganando y perdiendo, intentando, apostando para llegar al mejor de los finales posibles.
Y esto de pensar los finales es uno de los desafíos con que nos enfrentamos a diario. Debate abierto: o decidimos vivir cada instante a pleno, como si fuese el último (famosa frase de libro de autoayuda); o nos inclinamos por permanecer aferrados a un momento en el que fuimos felices, tratando que nada cambie, como una inocente manera de no ser conscientes del paso inexorable del tiempo.
El tiempo que va pasando, como la vida no vuelve más, zamba peñera si las hay, que de tanto repetirla, no siempre nos detenemos a escuchar la filosofía de vida que su autor, Luis Profili, nos está transmitiendo. Es el lugar de lo transitorio, de aquello que pasa, de aquel que cae, de aquel que muere, donde nada es perfecto… ni eterno.
Todo pasa y todo queda, lo cíclico de la vida.
Pasamos los días en la búsqueda de perpetuar y perpetuarse. La ilusión de que nada cambie se convierte muchas veces en una obsesión y en una posesión de emociones, de objetos, de intentar poner pausa a un instante de la película que nos suena al acorde perfecto.
Cirugías estéticas que nunca alcanzan, alisados definitivos que duran seis meses, depilación definitiva que se debe retocar en un par de años… Compramos fantasía de perpetuidad, ¿para quedarnos tranquilos?
Tranquilos de pensar que cada vez que nos enfrentemos al espejo, éste nos va a devolver la imagen que alguna vez nos dio alegría. Seguros de creer que cada fotografía se convierta en el testimonio gráfico que nos permita convencernos de que nada ni nadie puede desaparecer, que la inmensidad de la emoción vivida no ha sido producto de una alucinación.
Nada es definitivo.
Quizás las personas de las imágenes queridas no dejen nunca de estar en nuestras vidas, pero estarán ausentes.
Los tatuajes, que son al mismo tiempo tan deseados como repudiados, representan la ingeniosa estrategia de sentir que algo nos acompaña para toda la vida, o por lo menos, hasta el momento en que nosotros ya no queramos tenerlos. Como una manera de contrarrestar a la frase “Vivir rápido, morir joven” que los seguidores de Jim Morrison convirtieran en leyenda.
El tiempo de alejarme me lastima una vez más, abrazame un rato. Que no quiero enterarme que esta noche va a pasar, canta Abel Pintos.
Lo transitorio aparece a veces como sinónimo de lo poco importante, de lo que no marca, de lo olvidable. Ejemplo de eso son los albergues transitorios, elegidos por lo bajo, repudiados por los románticos (por la posición ante lo anticipado, supongo).
Sin embargo, ¿no es tu abrazo un albergue transitorio que me contiene, me hace creer que, por un rato, somos las dos únicas piezas de este rompecabezas?, ¿no es mi escucha la que te alberga transitoriamente y se alivia tu angustia?
Todo es transitorio y nada es eterno… Ni siquiera este texto, al que le pongo un punto final.

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