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DISCO DE CARTÓN PARA OSVALDO PUGLIESE

Por Enrique Medina

Sin que yo lo buscara, el disco de cartón apareció sorpresivamente dentro del sobre de un longplay de Armstrong. Recordé que hicimos un homenaje, algo así como un desagravio. Ocurrió porque Julio Jorge Nelson, el que estigmatizó a Di Sarli como mufa porque el maestro lo había rechazado para glosador-presentador de la orquesta, y llamado “la viuda” por haberse apropiado del recuerdo de Gardel y monopolizarlo como si fuera el heredero natural, pasó en su programa de radio un tango instrumental por la orquesta de Pugliese.  Al finalizar el tango, “la viuda” se despachó como si él fuera Beethoven. Dijo de todo de Pugliese, que había equivocado el rumbo, que eso no era tango, y una sarta de pavadas que sólo lo caracterizaron a él como el perfecto tarado que era. Eso nos decidió, al trío más mentado que pudo haber caminado por las calles de Balvanera, que conformábamos el Juanca, Corito y yo, a concurrir, en ese Carnaval de 1957, al estadio Luna Park, donde actuaría la orquesta de Don Osvaldo. En ese tiempo los tres teníamos el mate lleno de música de tango, de jazz y comercial, como se le decía a la que hacían las bandas y cantantes que popularizaban éxitos de los que hoy ni nos acordamos. Corito, por sus estudios de clarinete, hasta conocía música clásica y de ópera. Juanca y yo no tanto, pero sí sabíamos distinguir una buena instrumentación de tango de un “baión brasileño” a medio cocinar. Subidos a esas ínfulas pagamos la entrada con la mente atenta y el ánimo alegre ya que, además del espíritu reivindicatorio que nos animaba, también nos alentaba la posibilidad de encontrarnos con nuestra nunca hallada media naranja o, en su defecto, al menos, un buen levante que se correspondiera con los festejos del jolgorio. Entramos a matar. Nos dieron el ya mencionado disco de cartón. Me encantó: de un lado estaban las fotos de los integrantes de la orquesta y del otro se publicitaba la reaparición en Radio Splendid para el 2 de abril; y desde el 5, todos los viernes, en el salón La Argentina. El disco de cartón era incómodo porque no había dónde meterlo. Se veían muchos en sillas, dejados por ahí. Sólo las damas que venían con cartera podían guardarlo. Corito y Juanca lo doblaron y lo metieron en el bolsillo. Yo preferí  conservarlo de recuerdo. No sé por qué tengo esa costumbre de plomero si nunca me dio resultado, porque cuando necesito algo nunca lo hallo. Anticipando que esa noche no encontraría mi alma gemela, pensé: ¿si me lo hago firmar por toda la orquesta?... Y lo logré. Cada vez que paraban para descansar o alguno tenía que echarse un meo, ahí subía yo al escenario como si fuera del conjunto y con mi cara de acero forjada al tinto del alba iba chamuyándomelos uno a uno para que me firmaran encima de la foto pertinente. Hinchaba para que lo hicieran con prolijidad y no se pasaran a la foto de al lado. Era exigente mi pedido porque, salvo los cantores y Don Osvaldo, todos tenían muy poco espacio, así que yo les indicaba cómo debían firmar. Uno me chifla y me carga: Che, pibe, ¿sos el aguatero? Yo, seriecito, le respondí: Soy el nuevo cantor, debuto en Radio Splendid. El disco era una preciosura y juré enmarcarlo, pero nunca lo hice. Ahora veo el disco y me da ganas de cantar. Veo la firma de Maciel, que no me gustaba en ese tiempo como cantor para Pugliese y cuando escucho “Recuerdo”, que nadie se anima a cantar por lo difícil que es, le pido perdón. Lo mismo con Miguel Montero, que lloró tan bien “Antiguo reloj de cobre”, que luego nadie se animó a entonarlo. El Tano Ruggiero, que abría el bandoneón como para leerse la Biblia, hizo un garabato, y el Negro Mela bromeó haciendo referencia a que el Tano se desmelenaba todo cuando tocaba. Me dijo: el bandoneón tiene ese sonido tan especial ¡porque está lleno de caspa! El Tano rió: Callate vos, ¡Falucho sin ejército!... Así fueron firmando Herrero, Camerano, Rossi, Carrasco, Spitalnik, Balcarce, Gilardi, Demarco. Y completé con el maestro, que nunca se extendía más allá de la OP.
Muchos años después, el destino me deparó la felicidad de ser cameraman-escritor del canal 11, de Don Héctor Ricardo García. En “El tango del millón” que conducía el extraordinario y gran amigo Juan Carlos Mareco, pude conocer a todos los tangueros habidos y por haber, desde Troilo hasta llegar a los cuatro puntos cardinales y alrededores. Una tarde, Don Osvaldo me llama aparte y me pregunta, casi sin preámbulos, si me quería afiliar al partido comunista. Le dije que tenía la suerte de ser amigo de Alfredo Varela y Juanjo Manauta, entre otros, pero que para mi tarea de escritor consideraba que lo mejor era ser independiente. Le conté lo del disco de cartón y sonrió, también le dije que el primer disco que yo había comprado con mi primer sueldito había sido “Don Atilio” y “Mate amargo”, tangos que él nunca más tocó y que salvo yo nadie conoce. Tomaríamos un café para hablar de política, música. Bueno, se sabe que estas cosas se dicen pero luego hay otras urgencias, el tiempo se escapa sin que uno lo perciba; y ni decir que todos pensamos que somos eternos. En aquél carnaval planché como nunca. Hice intentos, cómo no, pero nada. Juanca me cargaba, conque mi virtud era que las minas nunca repetían conmigo, que eso era una ventaja porque yo podía pisar a otras, no siempre a la misma. Y así era, además de tener adoquines en los oídos, cuando salía a bailar, mis piernas, no sé por qué artilugio de Dios, se convertían en troncos de palo-borracho, y por más que yo hiciera, no había caso. Los suertudos de aquel carnaval fueron ellos, que me guiñaron el ojo porque ya debían irse bien acompañados de dos espléndidas morochas. Me quedé hasta que la orquesta terminó la actuación. Mientras guardaban los instrumentos volví a la carga y les di la mano agradeciéndoles la firma en el disco de cartón. No tenía donde meterlo. Me desabroché la camisa y lo guardé, redondo y entero, sobre el pecho. Caminé por la Avenida Corrientes, ya amaneciendo. Era la época en la que yo confundía un árbol frondoso con Sofía Loren. Ni ella ni ninguna de mis otras amantes espirituales se me cruzó salvadora. De todas maneras y a pesar del fracaso, viendo ahora las firmas en este pedazo de cartón, sé que aquella noche fue una sublime, una impresionante fiesta.

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