¡Qué catástrofe! - Abril 2º


Por Carina Sicardi
casicardi@hotmail.com

En el devenir de la vida, los colores del paisaje van cambiando. De a poco las pinceladas van cambiando el horizonte, casi imperceptiblemente. El colorido verano de pieles bronceadas, de sol abrasador, de reuniones de vereda, va entremezclándose con los ocres, amarillos y marrones del otoño. Junto a los ocres, el blanco hace su aparición anunciando que el descanso terminó. Comienzan las clases y con ellas, la emoción de lo nuevo para algunos y el continuar el viaje de “mochilas cansadas” para otros.
Todo esto, aun con tiempos de adaptación diferentes para cada uno, no deja de ser algo que sabemos que va a pasar más allá de nosotros; es previsible.
Pero, en ese río manso a veces, torrentoso otras, existe la posibilidad de que, agazapado entre los frondosos árboles, se esconda un salto, una catarata que rompe con el paisaje conocido; algo que sabemos que quizás pueda pasar, pero…
De repente, ya no podemos manejar el bote que veníamos piloteando, nos caemos, sintiendo que no hay nada por hacer más que esperar a que llegue el final, de algo…
“¡Qué desastre!” “¡Es una catástrofe!” Dichos populares ante cualquier hecho en que la desazón, el miedo y la desesperanza son los sentimientos que imperan, que se imponen, no sólo para los que lo sufren directamente sino también para el que mira.
La catástrofe genera una situación de emergencia,  una excepcionalidad que hace que se corte el curso normal de la vida. Siempre está relacionada con la muerte o la posibilitad de ella, al enfrentarse con lo que, hasta el momento, era un fantasma que ahora aparece como una realidad violenta y repentina.
En estos días nos hemos enfrentado con dos de ellas: la catástrofe natural, cruelmente ilustrada por las inundaciones bonaerenses; y la causada por el hombre, ante el recuerdo doloroso de la Guerra de Malvinas. Dos catástrofes tan tristes, tan trágicas…
La primera deja al ser humano ante una situación de impotencia, de indefensión, de pequeñez frente a la naturaleza: nada se puede hacer ante el poder que desconocemos… Paradójicamente son las que se pueden prevenir o evitar con más certeza, ya que son relativamente conocidas y no siempre tan inesperadas.
Hasta se hace difícil ponerle nombre a las sensaciones, poder describir lo que decían las miradas de los que sentían haberlo perdido todo: la casa, el hogar, los testimonios en imágenes y palabras de momentos compartidos, el tiempo no destinado a los afectos o a los placeres para verlos desaparecer y esfumarse para siempre… Queda la sensación de desnudez extrema.
¿La culpa, la responsabilidad? Sólo para prevenir, porque las marcas en las paredes quizás con una buena pintura desaparezcan, pero las otras, las que quedan grabadas en el inconsciente no correrán con la misma “suerte”. “Quién detendrá la lluvia en mi”, canta Maná.
¿Y qué decir de Malvinas sin que duela? “Tanta inocente sangre vertida”… Catástrofe artificial causada por el hombre. De hecho es un acto cuyas consecuencias son de estado permanente: llegaron para quedarse… 649 muertos argentinos, más de 500 por suicidios pos guerra. Qué agregar… ¿Hay alguna duda que cierra bajo el concepto de catástrofe?
En ambos casos, hay un antes y un después de este episodio catastrófico, un empezar de nuevo parados frente a las ruinas de lo que antes había sido la vida, “buena o mala, pero mía”. Aprendiendo a convivir con los restos humeantes de aquellos días en que las decisiones sobre el paso a seguir, eran propias. Ahora hay que luchar contra el miedo y la desesperanza para volver a sentir que se tiene el lápiz en mano capaz de escribir nuevamente la historia que terminó en puntos suspensivos. Y a nosotros, los que miramos, nos queda otra misión: que nada de esto se olvide.

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