EL SAMCo POR DENTRO
Por
Carina Sicardi / Psicóloga
Cumplir un sueño, llegar a la meta,
descansar de los obstáculos, disfrutarlo, relajarse y sonreír, son algunas de
las frases simples que se me ocurren para definir el momento en que la carrera
universitaria se hace real en el punto final.
Pero pasado el embrujo que nos ubica
en el medio de una burbuja de felicidad, nos sigue la incertidumbre y la
angustia que conlleva no saber hacia dónde va la vida.
En medio de esta vivencia, y mi
desenfrenado modo de tocar el frente, llegué un día a Chabás, así, con la apertura
en el pensamiento y el bagaje de conocimientos con que me había nutrido en la Facultad,
y la poca experiencia que tenía en la vida.
No sin temores pero luchando, fuimos
abriendo un espacio en el SAMCo, y hablo en plural porque así fue. Conformamos
un grupo, con las diferencias lógicas de quienes tienen recorridos y posturas
diferentes ante la vida, retroalimentándonos con esas diferencias. Enojándonos
a veces, riéndonos mucho la mayoría de las otras, la luchábamos codo a codo.
Y pasamos los días construyendo
puentes, conociendo personas, historias y recetas de cocina, los cambios
administrativos, el integrar a cada profesional que se subía a un proyecto que,
pese a algunos, seguía hacia un mismo norte: el darles a nuestros pacientes lo
mejor de cada uno, desde lo que nos habilitaba nuestro saber y nuestros
valores.
SAMCo significa Servicio de Asistencia
Médica a la Comunidad, englobando con el término “médico” a todo profesional
del arte de curar. Y lo aclaro así, porque aunque se anteponga el enorme término
“Hospital”, no lo somos, no lo fuimos.
Con poco hicimos mucho. Llevando de
nuestros hogares un frasco de café es que podíamos cortar las frías mañanas
invernales (mis pacientes son testigos de esto); cargando el vehículo de juegos
didácticos para utilizarlos con los más pequeños que llegaban al consultorio;
comprándonos de nuestros bolsillos el almuerzo, compartíamos un momento en el
que no importaba siquiera que no tuviéramos en la improvisada cocina, las
sillas suficientes para sentarnos alrededor de la pequeña mesa cuadrada que
tanto recuerdo.
Ninguno de todos los profesionales que
viajábamos hasta Chabás, exponiendo la vida en estas inseguras rutas cargadas
de camiones y muchas veces teñidas de neblina, tenía un cargo comunal ni
provincial… ninguno.
Sin embargo allí estábamos, con la
mejor de las sonrisas para aquellos que necesitaban nuestra ayuda, sin dejar
jamás de atender a quienes golpeaban las puertas de nuestros consultorios,
excepto cuando los horarios no nos lo permitiera, pero brindándoles siempre,
mínimamente, una alternativa.
Es injusto entonces escuchar las
críticas de quienes no conocen que, aún desde el más idílico de los lugares,
nuestras profesiones no son un sacerdocio, son una agradable mezcla de saber,
pasión y amor, pero también es el medio que nos permite vivir, comer, educar a
nuestros hijos, pagar impuestos, seguir perfeccionándonos para poder brindar
aún más.
Sabiendo que pertenecíamos a este
híbrido llamado SAMCo, intentamos mediar, cobrando menos de lo que se cobra en
un arancel mínimo de la práctica particular. Un ejemplo práctico, real y
actual, que puede ser corroborado ingresando a la página del Colegio de
Psicólogos de Sta. Fe: desde el 1° de marzo del año en curso el arancel mínimo
legal para terapia individual es de $200. Ninguno de nosotros se ha regido por
ese referente legal, siempre el referente fue la realidad de los pacientes que
nos necesitaban.
Con aciertos y errores, todos tratamos
de dar lo mejor sin haber accedido jamás a un cargo provincial, habiendo
presentado en diversas oportunidades el currículum que demostraba nuestro
recorrido y la necesidad que Chabás tenía de nuestros servicios, demostrado en
las estadísticas que le pone número a mis palabras.
Y ese fue el final de mi recorrido
después de 14 años allí, cuando los números decían que yo también tenía una
vida particular que sostener además de mi servicio en el SAMCo, en el cual hubo
días que, pese a estar llena mi ficha de estadística, casi tenía que poner
dinero de mi práctica privada para el combustible.
Un final que aún me cuesta, por eso
sigo conscientemente hablando como parte de esta institución a la que amo y a
la que me cuesta imaginar como tantos me la han descripto estos días: “llena de
una tristeza que te tira para atrás”.
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