Por Verónica Ojeda / Téc. en Parquización
Urbana y Rural
veronicaojeda48@hotmail.com
Caminando por las calles, ya se dejan ver los
primeros indicios de la llegada de las fiestas, luces destellando, las avenidas
esplendorosas repletas de estrellas, el Papa Noel que como todos los años, te
deja sacarte una foto con él y de paso se hace un extra para llegar a fin de
mes; rojos, verdes, nieve. ¿Nieve?... Pero si acá es verano… Bueno, es una
costumbre prestada y queda lindo, ¿o quién acaso no tuvo un árbol de Navidad
nevado?
Recuerdo mi primer pinito, hermoso, tupido y
verde, delicadamente nevado, lleno de esferas de todos colores, al igual que
las luces, porque antes se usaba así. Un pico alto remataba la punta, el cual si
mal no recuerdo era plateado. Guirnaldas doradas, azul metalizado. Lo
tuvimos muchísimos años, hasta que un día, como a muchos les pasaba, empezó a
torcerse y fue reemplazado por otro.
Qué lindos recuerdos de la infancia… Caminar
por el barrio y ver los adornos que los vecinos con entusiasmo preparaban en
torno a la Nochebuena. Todos los arbolitos encendidos. Y los chicos esperando
con ansiedad los fuegos artificiales y la llegada de las doce, para poder abrir
los regalos.
La reunión familiar, los parientes venidos de
no sé dónde; a algunos incluso los conocías esa noche… Pero se lo vivía con
alegría. Las abuelas trayendo las bandejas a la mesa, pidiendo que todos se
ubiquen en sus lugares. El parrillero firme prestando la voz de listo el pollo…
La mesa larga, varias conversaciones superpuestas, los chicos correteando,
todos disponiéndose a comenzar la cena.
Después venia lo más rico: turrones, pan
dulce, las bananitas de colores que las tías sacaban de esos bolsos raros que
se usaban para esas ocasiones, y el infaltable clericó.
La sobremesa se prolongaba por horas, se
hablaba de política, de fútbol, de los hijos, hasta que se oía el descorchar de
las botellas, las nuestras y las de los vecinos que se reunían en malón a comer
en la calle. El choque de las copas como símbolo más elocuente de que la
Navidad por fin había llegado, con nuestras caritas delatando las ganas
incontenibles de salir corriendo a abrir los regalos.
Eran otras épocas, como se suele decir. Hoy
vestimos el árbol a puro diseño, con colores y texturas de las más impensadas
fantasías, telas, luces, acrílicos, cintas, leds, objetos reciclados. El mismo
arbolito puede tener su propio estilo, minimalista, extravagante, de vinilo,
temático, y un sin fin de otras posibilidades. No está mal, cada uno lo
interpreta de la manera que mejor le plazca.
Lo interesante y lo que más importa, es el
propósito que cada uno tenga al armarlo, porque todos guardamos para ese día
un secreto, una intención desde el mismo momento en que desempolvamos el árbol
hasta el instante en que ponemos nuestro toque final.
La esperanza de cada año, un revoltijo de
sentimientos encontrados, esa mezcla de nostalgia por los que ya no están, lo
que está por venir con las nuevas generaciones, y el intento por celebrar
siempre y de la mejor manera. Todo ello se halla presente en estas fechas, y
nos espera a la sombra de cada árbol de Navidad.
Celebremos señores, de la forma que nos haga
feliz, con el árbol que más nos guste, aprovechando la ocasión para ponerle el
corazón y llenarla de luz. Preparándonos para recibir, pasar y disfrutar, una
Nochebuena más.
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