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Lugares en el mundo / Dublín

MUSEO DE ESCRITORES


Por Ana Guerberof / ana.guerberof@gmail.com


El Museo de escritores de Dublín está en el lado norte de la Plaza Parnell, donde se encuentra el Jardín de la memoria en homenaje a los que perdieron la vida por la libertad de Irlanda. Y justamente aquí me encuentro a un grupo de unos cien manifestantes a favor de la legalización de la marihuana con fines terapéuticos. ¡Es sorprendente ver lo que ha cambiado Dublín en los últimos veinte años! En mi primera visita en 1992, el divorcio y la homosexualidad eran ilegales, y la ciudad parecía anclada en la idea romántica de una Irlanda rural y celta que Éamon de Valera y la Iglesia Católica habían impuesto casi a la fuerza.
El museo se abrió en 1991 y como casi todo en esta parte de la ciudad (la norte), está algo deteriorado, la brecha social es cada vez más visible, aunque las multinacionales no dejan de instalarse aquí. La planta baja consta de dos habitaciones que resumen con carteles explicativos, fotografías, cartas, objetos personales y primeras ediciones el esplendoroso pasado literario de la isla. La primera planta tiene dos salones más elegantes destinados a actos públicos.
No es de extrañar que Dublín muestre su herencia literaria, de los ocho premios Nobel con los que cuentan, nada más ni nada menos que cuatro son de literatura: W. B. Yeats (1923), George Bernard Shaw (1925), Samuel Beckett (1969) y Seamus Heaney (1995). Cualquiera que haya vivido aquí un tiempo sabe que los irlandeses son grandes contadores de historias y esta tradición oral ha dado origen a un impresionante conjunto de escritores. Si no me creen, lean la muestra que les presento a continuación.
En la primera sala se resume la literatura antes del s. XX. Aquí se puede leer sobre el autor de Los viajes de Gulliver, Jonathan Swift, decano de la Catedral de San Patricio, quien se caracterizó por la crítica social y el humor negro. Tuvo una gran influencia en otros de los autores aquí presentes, Oliver Goldsmith, que puso de relieve la precaria situación social de entonces. También está Maria Edgeworth, considerada la primera autora realista de tema estrictamente irlandés. Varios autores románticos, entre ellos Lady Morgan, James Clarence Mangan, Thomas Davis o Charles Lever, intentaron dejar una imagen distinta de los irlandeses como contraposición a la imagen de salvajes y brutos que se veía en las caricaturas de los periódicos inglesas de la época.
Pero los irlandeses también son pioneros en la literatura gótica de terror. El gran representante es, sin duda, Bram Stoker, el famoso autor de Drácula del cual se vendieron un millón de copias en el año de su publicación y que, desde entonces, nunca dejó de publicarse. La primera edición de 1897 se muestra en una de las vitrinas de esta sala. Junto a él otros autores del género como Charles Robert Maturin y Joseph Sheridan Le Fan que escribió Carmilla, la historia de una mujer vampiro considerada como la antecesora del famoso Drácula.
George Bernard Shaw y Oscar Wilde ocupan un lugar destacado. La distancia que les confería el ser de “fuera” les permitió crear un retrato más irónico y crítico de la sociedad británica. Descubro que Shaw era vegetariano y un pacifista consumado que condenó a los dos bandos en la Primera Guerra Mundial y apoyó al nuevo Estado Irlandés, lo que se tradujo en un aluvión de críticas. Cierra la sala Lady Gregory, quizás la menos conocida fuera de estas fronteras, una escritora e intelectual que junto a W. B. Yeats fundó el teatro nacional, Abbey Theatre, con el objetivo de apoyar la cultura y la lengua irlandesas. Su casa era un centro intelectual y fue la figura más influyente del llamado Irish Literary Revival.
Precisamente la segunda sala recoge la fundación del teatro a principios del s. XX, donde se representaron obras de John Millington Synge, autor de El playboy del mundo occidental. Sus obras tratan sobre la vida de los campesinos católicos de la Irlanda rural con grandes dosis de humor, pero también de dramatismo. Un lugar especial lo ocupan los intelectuales del Alzamiento de Pascua de 1916 a favor de la independencia. Tras aplastar el intento de revolución, los ingleses ejecutaron a los rebeldes entre los que se encontraban los poetas Patrick Pearse, Thomas MacDonagh y Joseph Plunkett.
El autor irlandés más conocido del s. XX James Joyce (del que ya les hablé en una de estas crónicas) está aquí presente; podemos escuchar al propio autor leyendo el pasaje Anna Livia Plurabelle de Finnegans Wake, casi parece que Joyce cantara una canción tradicional. Comparte sala con muchos otros autores del siglo XX: Elizabeth Bowen, Sean O’Flaherty, Frank O’Connor, Sean O’Faolain, Flan O’Brien, Patrick Kavannagh, o el carismático Brendan Behan.

En esta sala no podía faltar Samuel Beckett. Quizás lo más llamativo sea el teléfono de su apartamento de París con dos botones, uno rojo para impedir las llamadas y otro verde para aceptarlas, que solo activaba en determinadas horas convenidas con sus amigos. El título de su biografía por James Knowlson, Condenado a la fama, refleja perfectamente su idea de vida; amigos, sí y muchos, pero mundanal ruido, ninguno.


Lugares en el mundo / París

VICTOR HUGO


Por Ana Guerberof / ana.guerberof@gmail.com


Llego a la Place des Vosges en Le Marais, una de las plazas más bonitas de París, y tengo la impresión de estar en el sur: el parque con las fuentes que orquestan la banda sonora de esta tarde de calor, los árboles de un verde intenso y los arcos que jalonan la manzana. Se respira tranquilidad y, aunque increíble, veo a franceses, y no solo a turistas, de picnic. Quizás en el s. XIX y desde el número 6 se tuviera una vista similar. Victor Hugo, junto a su familia, vivió en esa casa durante dieciséis años, antes de su exilio, y más tarde, en 1902, se convirtió en museo. Fue el primero de tema literario en Francia; no podía ser de otra manera cuando se trata del que se considera padre de las letras francesas.
El escritor se trasladó al segundo piso en 1932 con treinta años, ya casado con Adèle Foucher y con cuatro hijos. Aquí escribió sus piezas teatrales más conocidas como El rey se divierte; Lucrecia Borgia; María Tudor; Angelo, tirano de Padua; Ruy Blas y Los burgraves. También aquí comienza a fraguarse la novela que se convertiría en Los miserables.
Llego al museo por una escalera amplia decorada con fotos de los actores que han interpretado sus obras. El departamento no se ha conservado tal y como estaba con la familia Hugo, sino que se ha remodelado con muebles, escritos, dibujos, cuadros que formaron parte de su vida. Se ha dividido en tres partes: antes del exilio -antecámara y salón rojo-, durante el exilio -el salón chino y el comedor de Hauteville Fairy- y después del exilio -el salón de la calle de Clichy, la habitación de la avenida de Eylau-. No es un viaje literario, sino un viaje a aspectos desconocidos, al menos para mí, del escritor.
La antecámara se centra en la primera etapa de su vida. Su padre, Léopold, era militar y la familia viajaba constantemente según su destino. Se instalan en Madrid cuando José Bonaparte se convierte en rey de España. En el centro de la sala, un cuadro grande de toque imperial recuerda a los cuadros de reyes. Léopold, su hijo Abel y sus hermanos vestidos de militares miran al espectador seguros de su gran proyecto. Victor Hugo siempre recuerda su infancia en España con especial cariño, “Me considero uno de sus hijos”, dice. La relación de su madre, Sophie Trébuchet, con su padre es tormentosa. Después de peleas y reconciliaciones, finalmente se separan en 1812 y ella regresa con sus hijos a París. Victor se reencuentra con su amiga de la niñez, Adèle, y se enamoran. Su madre no aprueba la relación, pero esta se mantiene por carta hasta la muerte de Sophie cuando, por fin, se casan.
La siguiente habitación, el salón tapizado de rojo, es la representación del éxito del escritor. Aquí recibió a la intelectualidad del momento: Balzac, Lamartine, Berlioz, Liszt, Paul Meurice (quien fundaría el museo en el centenario del nacimiento de Hugo). Las paredes están decoradas con los cuadros de las obras del dramaturgo y de la familia. Llama la atención el de Léopoldine, la hija mayor y dicen que preferida del autor, por Louis Boulanger. Sorprendida en su lectura, mira al espectador de una forma grave y triste que parece presagiar su trágica muerte. Léopoldine murió ahogada en el Sena con su marido cuando tenía diecinueve años. El dolor de su padre es tan profundo que deja de escribir durante ocho años. Como contraposición, el retrato de Juliette Drouet, que pinta Champmartin, rezuma tranquilidad y exotismo. Se han conservado miles de cartas que atestiguan esta historia de amor que comienza en París tras la representación de Lucrecia Borgia y que se prolonga hasta la muerte de ella.
Aunque Victor Hugo se había criado en un ambiente monárquico pronto se adscribe a las ideas revolucionarias y es elegido diputado de la Asamblea. Siempre lucharía por los derechos humanos y contra la pena de muerte. El tenso clima político de 1848 obliga a la familia a dejar esta casa a la que no volverían nunca. En 1851, tras el golpe de Estado de Luis Bonaparte, el poeta se exilia primero en Bruselas, después en la isla de Jersey y, finalmente, se instala en Guernsey. Los años de exilio parecen mitigar el duelo y lo devuelven a la lectura y la escritura.
En la tercera y cuarta salas se han reconstruido el salón chino y el comedor de la casa de Juliette en Guernsey que decoró Victor Hugo. El escritor desarrolla dos pasiones nuevas: el diseño de mobiliario y la fotografía. No solo colecciona antigüedades, sino que idea muebles, como la mesa plegable que puede verse en el museo o la mesa para escribir de pie. Aquí también se encuentra el escritorio construido con cuatro tinteros de las plumas más importantes de la época: George Sand, Alexandre Dumas, Lamartine y el propio Victor Hugo. La idea era subastarlo para donar el dinero a los niños sin recursos de la isla, pero sin comprador, lo adquiere el propio Hugo por una cantidad considerable. También se ven las fotografías, con cierto toque surrealista daliniano, que su hijo Charles le ha tomado en la isla.
En una de las salas admiro los dibujos originales del escritor en tinta china y a lápiz que realizaba durante sus viajes. Unos dibujos que se adelantan, sin duda, a su época: en blanco y negro, de paisajes oníricos, y de una gran belleza. De no haber sido un escritor consagrado, seguramente se lo conocería por estos dibujos.

Finalmente, llego a la última sala que reproduce la habitación en la avenida Eylau de París, donde regresó tras diecinueve años de exilio y donde murió el 22 de mayo de 1825. La sala oscura y con un retrato de Victor Hugo en su lecho de muerte me entristece, así que decido volver a la plaza soleada y escribir esta crónica para ustedes.



Lugares en el mundo / Barcelona

JAIME GIL DE BIEDMA

Por Ana Guerberof / ana.guerberof@gmail.com



¿Qué tienen en común una habitación del Hotel 1898 de Barcelona a 1500 dólares la noche, la cesión española de Filipinas y un poeta? Si hablamos del poeta de la generación del 50 Jaime Gil de Biedma, mucho. El hotel fue la antigua sede de la Compañía General de Tabacos de Filipinas donde el poeta trabajó la mayor parte de su vida. Por ello, viajó y vivió largas temporadas en Manila, ciudad que sirvió de referente a su mundo poético y que «adoraba», como confiesa en la nota autobiográfica de Las personas del verbo, su antología de poemas. Esta combinación ecléctica de lujo burgués, vida colonial de Filipinas y poesía simbolizan perfectamente al poeta, quien condensó su obra en la juventud porque un día decidió que ya no volvería a publicar nada más.
El Hotel 1898 está en Las Ramblas 109, el centro neurálgico de la ciudad, y se llama así porque es en ese año, y tras la guerra hispano-estadounidense, que España cede Filipinas y, contra todo pronóstico para los filipinos, las islas pasan a ser una colonia de EE.UU. -solo alcanzarían la independencia definitiva en 1946-. Pero mucho antes de que existiera este lujoso hotel, el edificio albergó a la familia de Antonio López y López, marqués de Comillas, luego fue la sede de la Compañía Trasatlántica y, más tarde, de la Compañía General de Tabacos de Filipinas donde trabajó también el padre del poeta. Fue él quien ayudó a Jaime a conseguir su primer empleo tras un intento frustrado de ser diplomático. Desarrolló su labor a conciencia y con esmero, dan cuenta de ello su Informe sobre la Administración General de Filipinas, y sus años de servicio. Compaginaba su empleo con una vida nocturna intensa, y un trabajo poético innovador en los oscuros años del franquismo.
Durante la reciente reforma del edificio, se obligó a los constructores a mantener las fachadas, la entrada y los salones coloniales (donde trabajaba Jaime Gil de Biedma). La visita a estos salones no forma parte de la ruta turística de esta ciudad. De hecho, me sorprende lo fácil que es concertar una visita por teléfono y la increíble amabilidad de las encargadas, Amparo y Raquel. Me avisan que los salones y el despacho de Gil de Biedma no contienen ningún objeto personal del poeta ya que ahora se usan para funciones privadas. Acepto igualmente como si este encuentro organizado para que yo escriba esta crónica me confiriera una importancia de la que carezco.
Al bajar por Las Ramblas para acudir a la cita, descubro, a pesar de haber pasado tantas veces por allí, este imponente edificio neoclásico custodiado por Hermes y la Diosa de la Fortuna. Cuando vives en Barcelona, recorres esta calle a paso más veloz, no solo porque es un hervidero de personas, sino porque ha perdido el encanto que tenían los quioscos de antaño sustituidos casi todos por tiendas de souvenirs y de comida para llevar que podría pertenecer a cualquier lugar del globo. Las puertas giratorias originales dan paso a una entrada de mármol con un tragaluz de cristales pintados. A partir de ahí, se abandona el pasado y se entra de lleno en un hotel de lujo que imita y se inspira en el pasado colonial de Filipinas: maderas oscuras, plantas tropicales, sillones de cuero negro, persianas de madera, lámparas con luz tenue.
Raquel me acompaña hasta los salones coloniales que están en la segunda planta. Existe cierta disparidad de opiniones, por lo que compruebo, sobre cuál de todos (conectados entre sí por puertas de doble hoja) era el despacho de Gil de Biedma, pero Raquel me explica que creen que es este del final a la derecha. La sala es amplia con un balcón de piedra que da a Ramblas, las paredes revestidas de madera, un discreto artesonado en el techo y una chimenea de mármol. Es difícil imaginarse aquí a Jaime Gil de Biedma, es difícil respirarlo, es todo demasiado hotel de lujo, demasiada sala de reuniones. Me hubiese gustado que el lugar hiciera alguna referencia, aunque mínima, al autor: una colección de sus libros, por ejemplo, que mostraran algo más que una simple reconstrucción mobiliaria. Me asomo al balcón e imagino lo que veía desde aquí el poeta: un enjambre de trabajadores de una sociedad en transición, quioscos de pájaros y de flores, muy poco que ver con la Barcelona turística del s XXI. No queda más por mirar en la sala. Volvemos al suntuoso vestíbulo del hotel y Raquel me regala un libro sobre la reconstrucción del edificio y responde con una gran paciencia y simpatía a todas mis preguntas. Es ella, sin duda, lo mejor de la visita.

En la poesía de Gil de Biedma no he encontrado referencias explícitas a este lugar donde pasó tantas horas desde 1955 hasta su muerte en 1990, pero está claro que sus viajes a Filipinas fueron claves para la formación de su personalidad y de su poesía. Él decía que su poema preferido, el mejor que había escrito, era «No volveré a ser joven», pero quizás el poema que mejor acompañe a esta crónica sea «Ha venido a esa hora» que hacia el final dice: «La calle entonces. / Como entonces ajena. / Y el aire oscurecido / la noche que se acerca. / Cuando dobla la esquina y aprieta el paso, sueña / que el tiempo no ha cambiado, / jugando a que regresa. / Luego pasa de largo, / y piensa: fue una época».


Lugares en el mundo / Viena

SIGMUND FREUD




Por Ana Guerberof / ana.guerberof@gmail.com

En el número 19 de la calle Berggasse en el elegante distrito nueve y no demasiado lejos de la Viena imperial, se encuentra la casa donde Sigmund Freud vivió y estableció su consulta médica en 1891, casa ahora convertida en un museo con una importante biblioteca dedicada al psicoanálisis de más de 35.000 volúmenes. Una calle apacible que albergó a uno de los hombres que cambiaría de forma radical la concepción de la personalidad, de nuestra sexualidad y del tratamiento de las enfermedades mentales y, con ello, el pensamiento y el arte contemporáneos.
Freud nació en Freiberg (ahora Pribor en la República Checa) en 1856 y fue el mayor de seis hermanos de una familia judía. Debido a que atravesaban problemas económicos decidieron trasladarse a Viena cuando Sigmund tenía tres años. Aquí vivió la mayor parte de su vida y aquí también estudió Medicina. Al graduarse trabajó en el Hospital General de Viena, pero pronto su interés se centró en el estudio de las neurosis. Viajó a Francia donde se familiarizó con las técnicas de la hipnosis, una pieza clave en la creación de su propio sistema.
Freud se plantea un método aparentemente sencillo pero novedoso: si los pacientes aquejados de neurosis recordaban durante la hipnosis sucesos de la infancia reprimidos en la edad adulta y al despertar olvidaban la conexión realizada en el estado hipnótico, se podría aplicar una técnica que permitiera mediante una asociación libre de ideas, recordar ese suceso reprimido estando despierto. Entonces, al conocer la causa en un estado consciente, y enfrentarse al suceso reprimido, los síntomas desaparecerían. Por este motivo, decide que el paciente se tumbe en un diván de forma que le permita estar relajado, mientras el psicoanalista se sienta en una silla colocada justo detrás para no interferir en la historia que el paciente hilvana libremente, y solo hacer comentarios en momentos puntuales para mostrar conexiones importantes. El mundo médico de entonces le da la espalda porque considera que su método no es científico. Freud decide entonces establecer una práctica privada y se traslada a esta casa.
Una amplia escalera de mármol nos lleva a los apartamentos 3 y 4 donde vivían Freud, su mujer Martha y sus seis hijos. La parte que da al exterior del amplio departamento era la residencia familiar y, más tarde, algunas de las habitaciones se convertirían en la consulta de la hija menor de Freud, Anna, también psicoanalista y quizás la gran conservadora del legado de su padre. La parte de atrás tiene un sector independiente por donde entraban los pacientes. Desde una pequeña entrada se pasa a la sala de espera, la sala de consulta y el estudio privado que da a un patio interior custodiado por dos grandes árboles y donde Freud escribiría gran parte de obra: Estudios sobre la histeria, La interpretación de los sueños, Psicopatología de la vida cotidiana, Tres ensayos de teoría sexual, entre muchos otros.
La entrada se conserva casi intacta. Aquí todavía están sus sombreros, un bastón, un maletín de médico de cuero ya gastado y una vieja maleta de viaje. El profesor era un gran aficionado a los viajes, y los aprovechaba para dedicarse a la lectura y a la escritura. Desde la entrada se pasa a la sala de espera que se ha reproducido fielmente gracias a las aportaciones de Anna Freud. Unos sofás rojos de terciopelo con cojines ayudaban al paciente a sentirse cómodo antes de entrar en el consultorio. Es aquí donde se realizaban las famosas reuniones psicoanalíticas de los miércoles que fueron la base de los futuros congresos de los que también se pueden ver algunas fotografías. Stanley Hall, Carl Jung, Abraham Arden Brill, Ernest Jones, Sándor Ferenczi y el propio Freud retratados aquí antes de la separación que tanto apenaría al profesor. En las paredes se encuentran los diplomas y los premios recibidos (incluido al prestigioso premio literario Goethe), que no se encontraban allí en la época, además de estatuillas, artefactos y objetos arqueológicos de las culturas occidentales y orientales.
Tras la anexión de Austria por parte del Tercer Reich, Freud, junto a su familia, se ve obligado a huir de Viena el 4 de junio de 1938; su vida estaba en auténtico peligro, la casa había sido allanada en repetidas ocasiones, sus libros quemados públicamente y Anna arrestada por un día. En esta huida y ayudado por sus amigos, María Bonaparte y Ernest Jones, consiguió llevarse la mayor parte de sus pertenencias a su nueva residencia de Londres: biblioteca, mobiliario, colección de objetos antiguos. Por este motivo, en la sala que era el consultorio y el estudio ya no se ven los muebles y objetos originales (el famoso diván se encuentra ahora en el museo Freud de Londres); en su lugar, se disponen ahora fotos de la familia, amigos, colegas, artistas contemporáneos y personajes admirados, junto a las primeras ediciones de su obra. Fotos de Stefan Zweig, Darwin, Carl Jung, Sarah Bernard, Princesa María Bonaparte, sus hijos, y del propio Freud con su mirada penetrante y su sempiterno cigarro (causa del cáncer de boca que sufrió durante dieciséis años).
En una de las salas, donde antes había un trastero, el visitante puede ver películas de la familia Freud en distintas celebraciones tanto en Viena como en Londres. El profesor siempre atendido por su mujer y sus hijas, leyendo en su jardín londinense y cubierto por una manta. Aquí el fundador del psicoanálisis y una de las figuras más representativas del s XX es un hombre tranquilo y familiar que les muestra a sus nietos (entre los que se ve al famoso pintor Lucien Freud adolescente) el estanque del jardín, charla animadamente con su hermana o mima a su perro.

Freud murió el 23 de septiembre de 1939, solo un año después de tener que abandonar esta casa de la calle Berggasse donde había vivido y ejercido su práctica durante 47 años, nunca supo que cuatro de sus hermanas murieron en campos de concentración nazis.





Lugares en el mundo / Budapest


SÁNDOR PETÖFI


Por Ana Guerberof / ana.guerberof@gmail.com

Buda y Pest, dos ciudades separadas por el Danubio que se unificaron en 1873, pero que aún conservan su identidad bien diferenciada. Buda con su Castillo y sus colinas verdes, Pest con el imponente Parlamento, la segunda sinagoga más grande del mundo (después de Jerusalén, claro) y el emblemático barrio judío -ahora convertido en zona de recreo para los turistas que han invadido Budapest desde la caída de la dictadura comunista-. ¿Quién le iba a decir al escritor judío y ganador del único Nobel de literatura del país, Imre Kretész, que el barrio judío, testigo de las más crueles persecuciones, se convertiría en un lugar de moda?
Sin duda, los conflictos políticos y sociales han determinado el destino de este país tantas veces invadido por los imperios circundantes. Tras la derrota del Imperio otomano, Hungría pasó a formar parte del Imperio austríaco y más tarde del Austrohúngaro cuando Budapest se convirtió en la segunda ciudad en importancia tras Viena. Su arquitectura actual es testigo de esa grandeza y sofisticación. En su historia más reciente: el nazismo, seguido de la dictadura comunista y, ahora, un preocupante giro hacia la extrema derecha en manos de su primer ministro Viktor Orbán. Una historia tumultuosa.
Como no podía ser de otra manera, la literatura húngara refleja estos conflictos. La consagrada escritora Magda Szabó, que no pudo publicar durante más de cuarenta años por encontrarse en la lista negra del partido comunista, consiguió finalmente fama mundial con su novela La puerta. Esta novela representa cómo son las relaciones en este país, cómo se oculta parte de la historia familiar detrás de esa puerta real y simbólica por miedo a represalias.
Precisamente por esta intricada relación entre la literatura y la política, no es de extrañar que en el centro de Pest se encuentre el museo al poeta y héroe nacional Sándor Petöfi. ¡Un museo en honor a un poeta siempre merece una visita! El museo es un edificio de planta neoclásica con un jardín interior magnífico -y con una estatua de Petöfi no tan magnífica-, un jardín para disfrutar las cálidas noches de verano tras un invierno riguroso. La casa pertenecía originalmente al también escritor Mór Jókai. Como es costumbre en los países herederos del comunismo, el museo tiene menos visitantes que funcionarios, quienes, sin un propósito determinado, pasean por el lugar con cara de pocos amigos; los más jóvenes son claramente más amables.
Las salas siguen un orden cronológico desde el nacimiento hasta la muerte del poeta. Cada una cuenta con elementos de la época (un sable, los trajes, un pupitre, sus manuscritos) y apuntes biográficos en parte traducidos al inglés (por desgracia, no todos, y el húngaro -una de las lenguas no indoeuropeas del continente-, créanme, no es intuitivo). Por lo tanto, la primera, nos explica que Sándor Petöfi nació en Kiskoros en 1823 en el seno de una familia de ascendencia eslovaca -en Centroeuropa, las fronteras han seguido un fluctuante baile dependiendo de quién ganara un conflicto-, humilde pero con medios suficientes.
Tras un paso no demasiado brillante por la escuela, Sándor se enlista en el ejército, pero pronto abandona la carrera militar porque se da cuenta de que no es lo que busca. Da un cambio radical de estilo de vida y se inicia como actor en una compañía de teatro donde obtiene solo papeles secundarios. En ese momento, comienza a escribir poesía frenéticamente y abandona la interpretación. Se traslada a Pest y tras publicar sus poemas en distintas revistas, adquiere notoriedad. A la vez que intenta cambiar la poesía del momento, es un innovador en la forma y el contenido, se interesa por los problemas políticos y sociales de su país. Comienzan los temas constantes en la vida del poeta: la libertad y el amor. Libertad, amor / ¡Libertad, amor! / Preciso de ambos. / Por mi amor sacrifico / la vida, / y sacrifico por la libertad / mi amor.
En 1846 conoce a Júlia Szendrey con la que se casa, a pesar de la oposición de la familia de ella, y tienen un hijo: Zoltán. Hungría está en ebullición política y Petöfi junto con otros intelectuales de la ciudad encabeza un movimiento revolucionario llamado los Jóvenes de marzo que demanda al gobierno de los Habsburgo una mayor autonomía. A pesar de haber sido el líder de la protesta popular, no consigue entrar en la Asamblea y, por consiguiente, en la élite política del país. Se desilusiona, pero sus deseos de ver una Hungría libre no cesan. Se enlista entonces en las tropas revolucionarias que inicialmente vencen a las tropas austríacas, pero estas últimas, ayudadas por los rusos, logran la victoria final. Petöfi desaparece en la batalla de Segesvár en 1846. Tenía 26 años. Sorprende, y acompleja en cierto modo, que con esta edad Sándor Petöfi consiguiera ser militar, actor, poeta, político, marido, padre y héroe nacional. Pero ya lo decía el propio poeta en su famoso poema Canto nacional: Hombre ruin ha de ser y miserable / El que no ose morir, si es necesario; / El que egoísta, acaso haya antepuesto / Su despreciable vida al honor patrio.

Budapest es una de las ciudades más bellas de Europa y, al contrario de París o Londres, cuyas fotografías tantas veces reproducidas se anticipan al viaje, se revela poco a poco; cada hallazgo es una sorpresa maravillosa. El visitante se va con la sensación de que queda mucho por descubrir aún y que algún día volverá. Pero me gustaría acabar esta crónica con un consejo muy práctico: si visitan la ciudad, tengan cuidado con los controladores de los tranvías, dignos herederos de la policía secreta del régimen comunista, porque cualquier anomalía con el billete será un pretexto para una multa innegociable con amenazas de cárcel incluidas.  


Lugares en el mundo / Dublin

JAMES JOYCE



Por Ana Guerberof / ana.guerberof@gmail.com
  
Vuelvo con cierta frecuencia a Dublín, la ciudad donde viví diez años. Ya sabemos, y si no, se los digo, que el clima no es el punto fuerte de la isla. En mi última visita, se excedieron todas las expectativas: llovió todos los días de los cinco que estuve y el sábado, con una fuerza un tanto apocalíptica. Donde fueres, haz lo que vieres, reza el dicho, y como los irlandeses no se amedrentan ni con el Apocalipsis, aquel sábado, me dirigí al James Joyce Centre en la calle North Great George para hacer una visita guiada de los lugares emblemáticos donde había vivido y sobre los que había escrito el genial autor irlandés.
En realidad, James Joyce nunca vivió en esta casa, pero sí en este barrio del centro de Dublín. Un barrio deprimido al que se trasladó la familia desde el acaudalado Rathgar cuando su padre, John James, un personaje un tanto disoluto y bebedor, tuvo serias dificultades financieras. La familia tuvo que mudarse más de veinte veces, hecho que marcó la infancia y adolescencia de James. Más tarde, las mudanzas continuas se convirtieron en su seña de identidad. Como era el mayor de diez hermanos de una familia sin recursos, se pasaba el día callejeando por este barrio. Entonces, la visita comienza en la casa, que está necesitada de una renovación urgente y que me recuerda a la famosa parálisis irlandesa de la que tanto hablaba Joyce. Durante las siguientes dos horas, los siete asistentes abrimos y cerramos los paraguas, mientras nuestro intrépido guía lee pasajes de Dublineses, Retrato del artista y Ulises casi sin inmutarse, aunque las cubiertas rugosas de los libros son testigos de la persistencia de la lluvia en las visitas.
La siguiente parada es el colegio jesuita Belvedere College donde Joyce recibió una educación rigurosa. En esos años, escribe perfiles de los personajes de la ciudad que años más tarde, y desde su elegido exilio, se convertirían en Dublineses. Al finalizar la secundaria, el escritor estudió en University College Dublin, la universidad católica (que existía como alternativa a Trinity College, protestante) e incluso se trasladó a París para estudiar Medicina, pero tuvo que volver ante la inminente muerte de su madre. De esta época es su libro Retrato del artista adolescente, un libro de tinte autobiográfico que no consiguió publicar en Irlanda. En 1904, cuando Joyce tenía 22 años, abandonó la ciudad; solo volvió tres veces en toda su vida. Sin embargo, Dublín es la geografía presente en sus libros con precisión casi fotográfica. Se había «exiliado» de su país porque lo consideraba moralista y estancado -en esa parálisis-, y, solo viviendo en el extranjero, se podía escribir sobre la realidad urbana y romper con la literatura anterior que idealizaba la vida rural irlandesa y cuyo máximo representante era W.B. Yeats.
Del colegio jesuita, nos trasladamos a la calle Eccles donde se encuentra la casa de Leopold Bloom, el protagonista del Ulises. El número 7 de la novela ha desaparecido, pero justo enfrente, en el 78, se marca con un cartel la Bloom House, una casi idéntica a la desaparecida. Es aquí donde Molly Bloom tiene una cita con su amante a las cuatro de la tarde y, por eso, Leopold pasa el día en la ciudad alejado del dormitorio conyugal. Joyce nos dice que su Ulises no necesita ser un héroe ayudado por los dioses del Olimpo, sino que la vida cotidiana de cualquier personaje de Dublín ya es heroica. La minuciosa descripción de los lugares dublineses la obtuvo gracias a los mapas de la época y a una red de familiares y amigos con los que se escribía cartas. Además, elige que su novela transcurra el 16 de junio, el famoso bloomsday, el mismo día en que el propio Joyce conoce a su mujer Nora Barnacle (según muchos, la Molly Bloom de la novela). Junto a ella abandona Dublín para vivir en Trieste, Roma, Zurich, París...
Desde la calle Hardwicke se ve imponente la iglesia Saint George. Cuando, por la mañana, Leopold sale puede ver el sol en el campanario de la iglesia que reaparece al final de la novela cuando él y Stephen Dedalus (el Telémaco del Ulises de Joyce) regresan juntos. En esta calle sí vivió Joyce y, aunque muchas de las casas de principios del s XIX han sido sustituidas por un proyecto de viviendas sociales, todavía se conservan algunas. En 1921, Joyce se trasladó a París donde conoció a Sylvia Beach, propietaria de la famosa librería Shakespeare's Company, quien publicaría la primera edición de Ulises en 1922. El libro se prohibió en EE.UU. y el Reino Unido por considerar su contenido escandaloso. Un contenido que hoy nos parece incluso cándido.
La visita se acaba en el Hotel Grisham de la calle O'Connell donde transcurre parte del relato posiblemente más famoso y logrado, según los expertos, del autor: Los muertos. Aquí Gretta confiesa a su marido que tuvo un gran amor que murió por ella, y el mundo de Gabriel se derrumba. En 1941, James Joyce murió en Zurich por la perforación de una úlcera de duodeno. Tenía 59 años y había cambiado la literatura del s XX. Según le confesó a su amigo Arthur Power: «Lo importante no es qué escribimos, sino cómo lo hacemos, y en mi opinión el escritor moderno debe ser, ante todo, un aventurero, dispuesto a asumir todos los riesgos, y estar preparado a hundirse si fuera preciso. Dicho de otro modo, debemos escribir peligrosamente: todo está en constante cambio y la literatura, para que sea válida, debe expresar este cambio».

Y en este punto, cuando la lluvia ya es torrencial, es que el guía saca la gorra de plástico que esconde su abrigo, se la coloca como si cayeran cuatro gotas de nada y se despide de todos nosotros.


Lugares en el mundo / Berlín

BERTOLT BRECHT

Por Ana Guerberof / ana.guerberof@gmail.com




Berlín es una ciudad mítica que vive en el imaginario de todos: la Primera Guerra Mundial, la vida cultural de los años 20 y 30, el nazismo, la Segunda Guerra, el reparto, la reconstrucción, el muro, y la caída del muro. El presidente francés Giscard D'Estaing dijo en 1979: “La libertad de Berlín es también la nuestra”, así de importante es esta ciudad para Europa. Desde su unificación, no ha dejado de crecer y, sin embargo, la reconstrucción es ecléctica, como si cada herida, cada edificio reconstruido tuviera un estilo y alma propios. A veces, se tiene la sensación de estar en la República Democrática Alemana (RDA) mientras que otras se vislumbra el futuro a través de su carácter cosmopolita y vanguardista. No se parece en nada al resto de ciudades teutonas y, al mismo tiempo, las representa a todas. Es tan peculiar como lo fue uno de sus habitantes más predilectos: Bertolt Brecht, el escritor, poeta y dramaturgo alemán creador del teatro épico y de la teoría del distanciamiento.
Este hombre singular, con convicciones socialistas a prueba de exilios y juicios, vivió sus últimos años en la RDA en esta casa del número 125 de la calle Chaussestrasse a pocos metros del teatro Berliner Ensemble fundado por el propio Brecht y por Helene Weigel, la famosa actriz alemana y segunda mujer del autor. La casa contiene el archivo oficial de su obra (compilado por la propia Weigel) y es un museo abierto al reducido público que lo visita. Al volver de un exilio de 15 años forzado por el nazismo, Brecht y su familia se instalaron en Weissensee, a las afueras de Berlín, pero las desavenencias conyugales hicieron que él solicitara un apartamento cerca de la ciudad. Debido a la fama internacional de Brecht, el gobierno comunista accedió a darle este apartamento de tres estancias para proyectar una imagen positiva fuera de sus herméticas fronteras.
Tras las súplicas en forma de poema -según nos cuenta la excelente guía- Helen Weigel decide volver a vivir con Brecht y se instala en un apartamento de la planta superior; comparten la cocina y el comedor. El apartamento de Brecht es un espacio cálido y luminoso con techos altos, suelos de madera y muebles antiguos en madera clara. Grandes ventanales dan al ajardinado cementerio Dorotheenstadt donde curiosamente se encuentran las tumbas de la pareja -dos sencillas piedras con sus nombres grabados-.
La primera habitación es el estudio privado donde Brecht se instalaba a primera hora de la mañana para leer el periódico y libros de su biblioteca que contaba con unos 4200 ejemplares (los años de exilio le habían hecho perder muchos de sus libros). El dramaturgo alemán tenía una mentalidad abierta y estaba interesado en todo conocimiento, le encantaba conversar y que le rebatieran sus ideas; así entendía la dirección teatral: un espacio de conversación donde todos estaban al mismo nivel, y se estimulaban mutuamente.
La segunda habitación, cuyos grandes ventanales dan al jardín posterior, era donde el autor trabajaba y recibía a un gran número de colegas, discípulos y amigos de un sinfín de países. Esta habitación es la más amplia de la casa y cuenta con siete mesas y escritorios donde Brecht dividía su trabajo. Pensaba mejor si tenía un proyecto en cada mesa repleta de papeles. Fumaba y trabajaba con intensidad en este salón y en el teatro. Aquí también se encuentran dos de sus cinco máquinas de escribir: la Olivetti Lettera 22 y la Royal Quiet Deluxe con las que escribió o revisó gran parte de su obra: Madre Coraje y sus hijos, La Madre, Los rifles de la señora Carrar, El círculo de tiza caucasiano, entre otras. Desde este segundo salón se accede a la pequeña habitación donde murió el autor con tan solo 58 años. Todavía se puede ver su boina y bastón colgados de la puerta del baño como si estuviera a punto de salir a recibirnos en su estudio.

Tras la muerte de su marido, Helene se instala en la parte inferior de la casa. Manda a construir un jardín de invierno donde recibe a los colaboradores del teatro, más de 200 a los que Helene conoce como si fueran su propia familia. La actriz continúa trabajando semanas antes de su muerte en 1971 como directora artística, actriz y albacea del archivo de su marido. Desarrolló una labor incansable para crear y mantener el legado del dramaturgo sin ninguna ayuda estatal (solo llegó tras su muerte cuando la casa se convierte en museo en 1978). La última parte de la visita es la pequeña cocina al fondo de la casa. Era el lugar favorito de Helene, excelente cocinera y anfitriona. El calendario todavía marca el día de su muerte: 6 de mayo de 1971. Desde entonces nadie ha vivido en este apartamento y es por esto que aún se siente el carácter cautivador e innovador de Weigel y Brecht.  


Lugares en el mundo / Madrid

LA CASA LOPE DE VEGA

Por Ana Guerberof / ana.guerberof@gmail.com

Existe una rivalidad, a veces tácita, entre Madrid y Barcelona, de tal forma que los de fuera nos vemos obligados a manifestar nuestra preferencia y así comprobar cuál de las dos ciudades gana en votos. Lo cierto es que son ciudades tan diferentes que es difícil mezclar churras con merinas (como dicen acá). No soy la única que se niega a decantarse por una de las dos. Barcelona es más cómoda, tiene mar y mejor clima. Madrid es más vital, cercana y tiene los mejores museos. Sí, es cierto, Barcelona tiene el mejor arte Románico de la península, pero El Prado es insuperable y, además, a pocos metros se pude visitar el museo Thyssen-Bornemisza, otra maravilla.
Aunque Madrid es posiblemente la ciudad que más he visitado en mi vida, tanto que me siento como si fuera mi casa, no sabía de la existencia de la Casa Museo Lope de Vega. Esta casa se encuentra en el famoso Barrio de las letras, justamente ubicado entre el Paseo del Prado y la Puerta del Sol, y se llama así porque allí vivieron los grandes escritores del Siglo de Oro español: Góngora, Quevedo, Cervantes y el propio Lope de Vega. En este barrio se instalaron también los corrales de comedia donde se representaron por primera vez las obras del dramaturgo. El barrio conserva su tremendo encanto: estrechas calles peatonales, edificios del siglo pasado (cuando menos) y aunque queden pocas viviendas del s. XVI y XVII, se compensan con una proliferación de bares y restaurantes de todo tipo.
La Casa Museo Lope de Vega está paradójicamente en la calle Cervantes número 11. Y es paradójico por la rivalidad abierta que existía entre los dos escritores, aun cuando habían sido amigos y se profesaron admiración mutua ya de archi enemigos. Existen distintas teorías sobre el motivo de sus desavenencias, los dos escribieron críticas feroces de la obra del otro. Se dice que Lope, que fue el más famoso en vida, veía a Cervantes como un viejo sin talento y pensaba que El Quijote era una obra menor, mientras que Cervantes veía a Lope como un escritor que prefería, por sobre todas las cosas, agradar al vulgo y sentirse halagado. Aunque dejaron de hablarse en 1602, no sería raro que se cruzaran por la calle o se encontraran en los corrales de este mismo Barrio de las letras.
También resulta llamativo que Lope de Vega se asentara en esta casa durante veinticinco años ya que su vida es de lo más azarosa. No solo tuvo una producción literaria exorbitante (se baraja una cifra de más de mil obras entre lírica, prosa y piezas teatrales), sino que su vida sentimental fue una auténtica novela de enredos que le ocasionó infinidad de problemas: tuvo que mudarse en un sinfín de ocasiones, estuvo en la cárcel y fue desterrado de Castilla por difamar a Elena Osorio de la que estaba perdidamente enamorado. Aunque el escritor se casó dos veces -con Isabel de Alderete y Urbina y con Juana de Guardo-, tuvo numerosas amantes, entre ellas varias mujeres casadas. La más conocida fue la actriz Micaela de Luján. Al contrario de lo que pudiéramos imaginar de la época, Lope no ocultó sus romances, incluso escribió sobre ellos y tuvo quince hijos reconocidos con diferentes mujeres. Ni aun ordenándose sacerdote, abandonó su ajetreada vida sentimental y se enamoró de Marta Nevares a quien se llevó a vivir a esta casa.
En el dintel de la puerta de entrada se lee la inscripción «D.O.M PARVA PROPIA MAGNA / MAGNA ALIENA PARVA» que viene a ser más vale casa pequeña, pero nuestra, que grande, pero de otro. Y es que al parecer Lope encontró aquí el sosiego que buscaba, sin abandonar, por lo que parece, sus grandes pasiones: la literatura y las mujeres. La casa tiene dos plantas que se han decorado para reproducir la atmósfera de la época. Una de las partes más bonitas es el jardín donde el escritor pasaba las primeras horas de la mañana y las últimas de la tarde, y al que hizo referencia en muchos poemas. En la primera planta se encuentra el oratorio y, lo más importante, el estudio donde escribió un gran número de sus obras. El escritorio es de estilo castellano, está rodeado de libros del siglo XVII, y lo preside un retrato del autor. Aquí recibía a sus amigos, colegas y admiradores. Llama la atención que su alcoba es las más pequeña de la casa y muy austera. Aquí murió con 72 años de escarlatina. El resto de la casa: comedor, cocina, habitaciones de los hijos, sirvientas, invitados son curiosas y nos transportan a la forma de vida de ese siglo.


Si viajan a Madrid, les aconsejo que visiten el barrio y la casa. Tendrán que reservar con antelación porque solo se permiten visitas de diez personas y se ocupa con facilidad, pero agradecerán alejarse de las multitudes y del precio de otros museos.  

Lugares en el mundo / Granada

  LA HUERTA DE LORCA


Por Ana Guerberof
ana.guerberof@gmail.com

En 1981 se llegaba a la Huerta de San Vicente, llamada así en honor a Vicenta Lorca (madre del poeta), por un sendero rodeado de otras huertas de flores y hortalizas con el constante sonido del agua de las acequias (ese sonido tan presente en Granada). Recuerdo el olor a las higueras que crecían a intervalos por el camino y de las que comíamos unos higos sabrosísimos. La casa no estaba, no está, lejos de Granada -hoy integrada en la ciudad-, pero ese sendero de tierra hacía pensar en iniciar un paseo, un viaje, una aventura. Después de unos viente minutos, en una bifurcación, te encontrabas con la casa blanca de dos plantas y de tejas rojas tan típicamente andaluza. En la puerta de entrada, un jazmín le daba un perfume inconfundible a las tardes de sol y frío. Si te colocabas frente a la casa, se veía a la derecha la ciudad y detrás la sierra muy nevada, en especial en invierno, y a la izquierda, la Vega, uno de los trozos de tierra más fértiles de Andalucía que el crecimiento de la ciudad ha cercenado poco a poco.
Entonces, la casa pertenecía a la familia García Lorca. Había que llamar a la puerta de los caseros para entrar gratis. Es difícil creer que nos abrieran siempre con una sonrisa y nos dejaran deambular por las habitaciones de la casa. Quizás el hecho de venir de Argentina jugaba a nuestro favor o quizás fuera la ferviente admiración de mi madre por Lorca que sabía trasmitir a la perfección. Yo había llegado a Granada, sin ningunas ganas de emigrar, con el aliciente de que era la ciudad de Federico y que, por consiguiente, tendría la misma magia que su poesía y su teatro.
La municipalidad adquirió la casa en 1985 y la convirtió en un museo por el que se paga una entrada muy barata por una visita guiada de media hora. El Parque Federico García Lorca rodea la casa. «No es bonito, pero es mejor que edificios», comenta el guía y es cierto, pero mejor todavía hubiese sido conservar ese camino de tierra con higueras que recuerdo de la adolescencia. Por suerte, el jazmín sigue allí como único testigo de ese otro lugar donde todavía había huertas y una Vega para el esparcimiento dominical.
En la planta de abajo se conserva la casa más o menos como estuvo en los años en los que veraneaba la familia -de 1926 a 1936-. Se entra por un recibidor amplio que distribuye el comedor y salón a la derecha, y otro salón a la izquierda con el piano de media cola que tocaba Federico y algunos cuadros: Mujer fumando en pipa de Dalí, el retrato de Lorca pintado por Gregorio Toledo, decorados y bocetos de las obras de teatro de La Barraca. También están colgados el diploma de maestra de Vicenta Lorca y de Derecho de Federico. El guía apunta que la madre obtuvo un Sobresaliente mientras que el poeta un simple Aprobado; y es que sólo cursó los estudios para complacer a su padre, nadie dudaba de que su futuro era la literatura. Y en un rincón, el gramófono donde el escritor escuchaba música, parte inequívoca de su formación. En esta planta también está la cocina, donde se dice que se fraguó más de un diálogo de sus famosas obras de teatro, y la habitación de su hermano Paco, también poeta, cerrada al público.
En la planta superior, la habitación de Lorca tiene una cama pequeña y un gran escritorio donde se acabaron obras como Romancero gitano, Bodas de sangre, Yerma, Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, El Diván del Tamarit… Según cuenta su hermana pequeña, Isabel, en su biografía, Federico trabajaba con gran intensidad, sobre todo, por las noches. A veces, durante la tarde (cuando el calor obligaba a la reclusión total) le leía un pasaje. Ella le decía que le gustaba aunque no sabía por qué. Federico prefería esta respuesta a ninguna otra, siempre alejado de la adulación fácil. En la pared junto a la ventana, hay un cuadro de Rafael Alberti, un regalo de la época de la Residencia de estudiantes de Madrid.
En las habitaciones de los padres y las hermanas se ha dispuesto una exposición fotográfica de la familia y de la evolución de la casa hasta hoy. Las más interesantes son las de los veranos. Una familia unida, abierta, alegre, decididamente muy singular para el ambiente cerrado y conservador granadino (un ambiente que acabó con la vida del poeta en 1936). Hay fotos de Federico con sus hermanos Paco, Concha e Isabel; con sus sobrinos Tica, Manolo y Conchita; con su cuñado Manuel Fernández Montesinos (también asesinado por la dictadura franquista), y con otros muchos visitantes. Las fotos más tristes son las de la familia en la Huerta en 1937; su hermana Concha, vestida con un luto riguroso tras la muerte de su marido y de su hermano, sonríe mientras posa con sus tres hijos.

Me voy cuando ya es de noche, paso por el parque y oigo el ruido del agua de una fuente de un color rosa de dudoso gusto. Todo parece haber cambiado, me siento afortunada de haber visitado este lugar cuando se tocaba el timbre y los caseros, ya muy viejos, abrían la puerta a ese mundo lorquiano que al menos sigue presente en esta casa y en sus libros.