La incoherencia de la gente


Por Carina Sicardi

Se me ocurrió preguntarle a un amigo sobre la temática a escribir en este número, y, casi sin pensarlo, me respondió: “sobre la incoherencia de la gente, y si querés te puedo dar letra”.
Como nos pasa en la mayoría de las oportunidades, no tuvimos tiempo para que pudiera explayarse, porque aunque trabajamos en consultorios contiguos y disfrutamos de las charlas, la realidad es que nos despedimos casi siempre con la frase: “después te cuento”. Un después que nunca llega.
Igualmente, pienso, ¿qué es ser coherente? Porque si es lograr que coincida el pensar y el sentir con el hacer, parece una utopía.
Aquí surge el cuestionamiento en relación a la comunicación: multiplicidad de información, la tecnología en nuestras manos que permite que desde cualquier lugar del planeta estemos conectados, para no decirnos nada. Un vocabulario cada vez más reducido, y un intento, muchas veces infructuoso, por descifrar consonantes sueltas o mensajes incompletos. La inexistencia de signos de puntuación hace que, el estado emocional del receptor, sea el que los ubique, quizás erróneamente, generando cantidades de desencuentros, de malos entendidos, de palabras vacías, porque no hay tiempo para la repregunta, ni mucho menos para la conversación oral (que además y no causalmente, es más costosa).
Una simpática y querible señora mayor, me cuenta sobre el aburrimiento en el que está inmersa casi todo el día, porque después de años de una vida muy activa, el ser parte de los pasivos de esta sociedad, dejó espacios en donde el minuto parece más largo y las jornadas se suceden sin poder distinguir un día del otro. Sin embargo, llega siempre una hora antes del horario acordado con el médico, “por si falta alguien y me atiende antes”, para volver a sentarse detrás de la ventana a ver pasar la vida de los demás, o sea, al hastío que convoca en su queja.
Aprendemos de frases hechas, a veces fuera de contexto o mal interpretadas, para no responsabilizarnos de nuestro accionar. Hay que ser feliz, como si fuera un mandamiento bíblico, y el que no lo logra es un fracasado, alguien con el que nadie quiere estar, no vaya a ser que sea contagioso. Perimido y bastardeado, está prohibido comprarles a los niños armas de juguete para no engendrar violencia. Pero les permitimos sentarse horas frente a la pantalla de la compu o de la play sin pensar que muchos de los juegos se basan en sumar puntos a partir de matar a alguien. Forma cómoda que hemos adquirido para acallar la conciencia o manejar la culpa. Los vemos, los salvamos del peligro inminente de la calle, están en casa, pero, ¿están con nosotros o nosotros estamos con ellos? Estar físicamente al lado del otro no significa estar juntos, implica simplemente una suma de individualidades.
Monólogos en compañía, largas frases que no dicen nada, silencios que aturden, sonidos que tapan la palabra que no llega. El desencuentro en el abrazo por no saber cómo estar cómodos en el cuerpo del otro sin esperar más que el cobijo reparador frente a una realidad adversa. La mirada crítica porque sí. El deshacer lo construido por otro porque no se me ocurrió a mí. La desaprobación a priori, por las dudas…
Nos asombramos por la amabilidad, por un gesto solidario, porque aún existan hombres que demuestren su caballerosidad en épocas de feminismo, por mirar a alguien que se sonroja, por sentir que aún podemos emocionarnos. Nos asombramos por sentirnos vivos: “La pucha que vale la pena estar vivos”. Porque la pena también es parte de la vida y porque es necesario sentir el dolor antes que vivir anestesiados. Es la única manera de poder también sentir en plenitud la alegría.
No sé, quizás también sea incoherente tratar de escribir sobre esto, en lugar de haberme sentado a escuchar la “letra” que tenía Marcos para darme sobre el tema. U ocupar esta página escribiendo más desde el discurso científico. O responder a la demanda de mi hijo que quería que hablara de él y su inminente comunión.
Tal vez, como me dijiste el otro día, la respuesta esté allí; en lograr aceptar las diferencias, en pos de una común unión…

  

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