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Mejores compañeros y promedios / Mención a la solidaridad

ROTARY CHABÁS

El 27 de octubre tuvo lugar el emotivo acto que año tras año realiza Rotary Club Chabás, en el que se entregan presentes a quienes fueron elegidos por sus pares como Mejores Compañeros, tanto en los establecimientos educativos primarios como secundarios de la localidad y de Villada, como en otras instituciones, grupos u organizaciones. Del mismo modo se premió a quienes fueron Mejores Promedios 2017. Y para finalizar, se distinguió con la Mención “Pascual Chabás” que toma en cuenta la trayectoria y labor solidaria, al doctor Ricardo Balsari, que bien merecido lo tiene habiendo trabajado 17 años de forma gratuita en lo que hoy es el SAMCo y por entonces era un dispensario.
MEJORES COMPAÑEROS: Aymará Albornoz, Ezequiel Álvarez, Federico Benetti, Ciro Bernasconi, Agustín Cardini, Ramón Carranza, Milagros Crosetto, Bomberos Voluntarios, Nahuel Demo, Marina Flamini, Milton Franco, ALCO, Juan I. Insaurralde, Aldana Kovacevic, Joaquín Lema, Matías Lesina, Marcela Llagone, Teresa Monasterolo, Eduardo Pérez, Diana Piozzi, Daira Porfiri, Eliana Sepúlveda, Dalila Veliz.
MEJORES PROMEDIOS: Sofía Barberán, Elena Benincasa, Alicia Delpíccolo, Macarena Domínguez, Aldana Kovacevic, Milva Laus, Joaquín Lema, Lucila Llopis, Clara Medina, Sol Moroni, Diana Piozzi, Luca Razzini.

MENCIÓN “PASCUAL CHABÁS”: Dr. Ricardo. Balsari.

Contratapa / Sana y salva


Por Alejandra Tenaglia

Evita fanatismos, envanecimientos, egolatrías, idolatrías, latrocinios de toda laya, largas peroratas conducentes al bostezo, soberbias para las que no nos da ni la altura ni la espalda.
Contempla vulnerabilidades, a las que nadie escapa; mutaciones naturales, como las que trae aparejado el paso del tiempo; evoluciones perseguidas o simplemente alcanzadas; podredumbres provocadas por estancamientos; embellecimientos dados por gratos momentos; aniquilamientos calados por dolores punzantes hasta el alma.
Pone en jaque a los edificios y claustros del conocimiento. Permite avances en las ciencias, en sus teorías y sus prácticas. Da lugar a la corrección de errores, a la extirpación de mentiras meticulosamente enquistadas, a la revisión que es un siempre mirar con ojos nuevos.
Es antagónica de la fe, que invita a creer; de la estrechez, que lucha por permanecer en su metro cuadrado; del conservadurismo, que odia a los extraños; del convencionalismo, que es fóbico a lo irregular; y de cualquier apego radical, cuyo lecho termina pareciéndose demasiado a la cárcel enemiga de la que se quiere escapar.
Puede sacar de quicio. Puede devorar horas. Puede alejar a quienes prefieren degustar la pereza mental. Puede resultar extraña para quien se inclina casi instintivamente hacia la acción. Puede ser repudiada por los talibanes del “sentir”. Puede complicar el rato, el día, la vida, de muchos más que dos.
Destierra a los que, en bares, esquinas, largas mesas festivas, canales televisivos y radiales, páginas de medios gráficos, y en las más variadas redes sociales y cloacales, levantan pancartas absolutistas, mofándose, además, del resto de la humanidad, donde falta esa iluminación que a ellos ciega de gracia.
A veces se ríe estruendosamente. A veces llora sin metáforas. A veces se espanta. A veces se cansa. A veces se calla. A veces se ausenta. A veces se pasa.
A veces, sana.
A veces, salva.
La duda, muchas veces, no siempre, sana y salva.
Nos salva sobre todo de la infantil tontera de creernos más que los demás.
Nos sana sobre todo del mal que rige en esta era de post verdad, donde las creencias parecen importar más que los hechos.
Nos salva de portar cerebros almidonados.
Nos sana la piel lacerada por máximas ajenas.
Nos salva de los aprovechadores.
Nos sana la imbecilidad.
Nos salva la sensibilidad.
Nos sana la agresión.
Nos salva de los tiranos.
Nos sana la palabra.
Enseñar a dudar debería ser la tarea principal de los docentes.
Aprender a dudar debería ser una lucha diaria y consciente.
Siempre, respetando la duda de los demás.
Dude de mí.
Dude de usted.
Dude de todos.

Un poco, lo necesario para no quedar atrapado en la inmovilidad que la vida por definición, no tiene. Lo necesario para mantener presente, en alto, la única e irremediable verdad, de que somos un constante fluir hacia un final desconocido. Somos una permanente dinamicidad, mire qué paradojal. Anímese a dudar, lo invito. Verá temblar, más de un concepto.

Contratapa / Cien veces sí debo


Por Alejandra Tenaglia

La invención de un sistema de numeración, nos brindó una herramienta que permite de algún modo, mensurar el tiempo, los hechos, los objetos. Esa cuantificación nunca está desprovista de subjetividades, basta pensar en cada nuevo propio cumpleaños, con sus ineludibles derivados emocionales.
Cuando la decena cambia o las cifras aumentan, se intensifica ese fervor, entremezclando sensaciones que nos pueden llevar de la alegría a la congoja (o a la inversa), sin estación intermedia. Los 40, los 50, los 60, los 100; sean años, estampillas, autitos de colección o días de dolor. La abstracción que caracteriza a las matemáticas se hace así palpable y la materia late, emite su aroma encantado, su rancio voltaje, su mixturado espesor. Hay tanto follaje inalcanzable a nuestro entendimiento. Somos tan pequeños y fugaces. Nos encontramos a menudo en situaciones, en las que no podemos sino dilatar las pupilas, abrir los poros, suspirar largo, darnos el sano gusto de ser contemporáneos con el instante, uno con él… La magnitud de un paisaje; el vuelo danzante de un pájaro; una mirada chispeante; el intrépido perfume de las fresias; la cercanía perturbadora de esa piel; el sol escabulléndose entre las ramas en un nuevo atardecer. Y aunque no lo pensemos, no lo sepamos, no lo queramos reconocer, enfrentamos a cada segundo decisiones que pueden cambiarlo todo. Hacemos lo que podemos…

En cada una de las 100 ediciones de El Observador, tuve temor de que no lo logremos, que la publicación no llegue a la calle. Las supuestas razones abarcan todos los imponderables imaginables, fácticos, económicos, intelectuales. Sin embargo, a pesar de la incertidumbre, algo me sentó en la silla de trabajo vez tras vez. Será que, arrojarse al caudal de lo anhelado, disminuye el rigor de lo bravío. Consolida, también, una fe que mucho se parece al deber que impone la ley. El mandato interno, triunfante se impone. Entonces, debo. Cien veces, sí debo. Porque puedo labrar un credo nuevo por día, sobre las bondades que la comunicación es capaz de brindar a la humanidad. Mas, pocas veces sucede... Acaso por eso, lo seguiré intentando, hasta donde me dé el alma.


Contratapa / Dar, ¿es dar?


Por Alejandra Tenaglia

Habré tenido unos 20 años. Ellas alguno más, otras menos. Ya por entonces disfrutaba charlar, ahí además era vital para achicar distancias. Ellas muchas veces me ignoraban, o me pedían que me retirara del cuarto, y también había quienes aceptaban mi compañía y mis palabras con tímido regocijo. Por esa hendija, intentaba ingresar: era voluntaria en un hospital. Había llegado al lugar, por una monjita paraguaya que vio de pronto rodar sus naranjas y manzanas por una vereda, vencida por el peso del bolso. La ayudé a recogerlas, le ofrecí acompañarla y cuando menos me di cuenta estaba visitando enfermos juntos a ella. Una hechicera, la doñita. Me invitó a formar parte del Grupo de Damas de Beneficencia, que recorrían las salas leyendo la palabra de Dios. Acusé agnosticismo y otras incapacidades, pero ofrecí a cambio leer cuentos. Hecho, dijo ella y me invitó a elegir un pabellón. Pediatría, dije sin dudar. Me explicó entonces que muchos niños pasaban allí, solos, muchas horas al día, por razones variadas: sus familiares vivían lejos, trabajaban, debían cuidar a otros menores, etc. Me anudaban el estómago esas enormes salas que alojaban chicos a los que les sobraba cama por todos lados y les faltaba, efectivamente, muchas veces, alguien a su lado. Entre los dos o tres trabajos que tenía para sustentar mi vida, logré organizarme como para ir un rato todos los días y hasta he dormido allí, cuando la situación lo requería. Me he sentido inútil hasta la desesperación, cuando lo que se necesitaba era más que literatura de ciencia ficción, la cual elegía especialmente para despegarlos lo más posible de la realidad. La realidad me la solían contar las mamás, afirmando que era mejor que lo dejen ahí un día más, así tenía la comida asegurada y se podía recuperar mejor… La monjita, tan sabia como tierna, advirtió mi posible desmoronamiento y me convenció para que intercalara visitas con el pabellón de maternidad, donde me encargó una misión específica: indagar si las recientes mamás habían planeado sus embarazos y cuánto sabían sobre métodos anticonceptivos. La eclesiástica estaba convencida de que la información que recibían junto con las “pastillitas” que se comenzaban a entregar gratis en los efectores públicos, era insuficiente. Si bien su religión ponderaba otros caminos y huertas, ella tenía los pies muy en la tierra y quería ayudar a las mujeres a evitar quedar embarazadas, si no era lo que deseaban. No era fácil lograr el clima que me permitiera hacer preguntas tan ligadas a la intimidad. Fracasé mil veces. Pero otras lo logré y oí historias de todo tipo. En no pocos casos, era el hombre quien tomaba el anticonceptivo, creían que así debía ser, puesto que era él quien las embarazaba. O lo ingerían ellas pero minutos antes de tener relaciones; o la semana que el marido estaba en casa. Hay quien narró ponerlo en el mate, para que se disuelva, por no animarse a tragarlo. Y hasta hubo un caso que bien sirve para comprobar que la imaginación puesta en lugar de la información, puede llevarnos a lugares insospechados: la pareja colocaba la diminuta gragea, en la punta del miembro viril, antes del coito. La escena es insólita, pero veraz.
No hay sorna en mis palabras, no agite en vano su moralina. Hay descripción sincera de un tema urticante que tras 20 años no ha mutado demasiado, y que permite preguntarnos: ¿qué es dar? ¿Dar qué? ¿Cómo es que construimos una sociedad donde es más fácil acceder a un fármaco que a una persona que escuche, explique, empatice, eduque? ¿Qué rol prioriza el Estado (ahora como hace 20 años, no desvíe la atención hacia chiquitajes partidarios), y también el humano de a pie? Dar, así, ¿es dar?

(El esquema planteado es trasladable a otras mil situaciones. Se lo digo apretadito como las indicaciones imposibles de leer que traen los fármacos en su revés.)

Contratapa / El punto


Por Alejandra Tenaglia

El verano adentraba su reflejo por la única ventana que tenía el único ambiente, que constituía el departamento de Clara. El sol, detrás de nubarrones claramente grises, pugnaba por filtrar ese reflejo. Ese reflejo que aún sin provocar el agobio del verano de ciudad, bañaba el escritorio donde el cenicero permanecía junto a la computadora, como parte del hardware. Allí, sentada frente a la computadora y el cenicero y la ventana, por la cual ahora se filtraba el reflejo de una mañana nublada de domingo de verano en la ciudad, Clara –piernas cruzadas, brazos cruzados, cabeza levemente echada hacia atrás-, miraba el punto común entre los tres vértices que formaban el techo y las paredes perpendiculares de la habitación. Por encima de la ventana, veía unirse esos tres planos. Por un momento los tres planos aparecían como un único plano con sutiles trazos abriéndose y bajando desde un punto. Un único plano, plano. Luego ese punto, la oscuridad de ese punto, lo alejaba, lo hundía más allá de las paredes y el techo.
Los nubarrones ya no eran tan claros, y una brisa de tormenta hizo ondear la cortina de la ventana que se encontraba frente a Clara. Frente a Clara, la ventana insertada en el plano que en su vértice izquierdo se unía con el techo y la pared perpendicular.
Clara miró ondear la cortina. Alzó luego la mirada para volver al punto. Ahora el punto era nítidamente oscuro. Se extendía algo más allá del punto en sí. Encerraba los ángulos de los vértices. Clara pestañeó para aclarar la visión y volvió a abrir los ojos, bien abiertos. Los ángulos de los vértices encerrados, eran mayores. La oscuridad del punto se extendía en las tres direcciones de los tres planos.
La brisa volvió a ondear la cortina, los nubarrones ya no eran claramente grises, sino oscuros. Oscuramente grises. Clara encendió un cigarro. La brasa del cigarro refulgió sobre la oscuridad, que ya casi alcanzaba la ventana que se encontraba en uno de los planos, en una de las paredes, en la pared que estaba frente a Clara. El cigarro tembló, entre los dedos de Clara, que temblaban... Los nubarrones cargados, oscuramente grises, detrás de la única ventana que tenía el único ambiente que constituía el departamento de Clara, lanzaron su descarga en una gruesa lluvia.
La oscuridad extendida sobre los tres vértices de los tres planos, no dejaba ver aquel primer punto desde el cual surgió. Clara -sus manos temblando, sus piernas y sus brazos descruzados-, volvió a pestañear largamente. Abrió los ojos, alzó la mirada. Vio el punto. El punto, epicentro de la oscuridad que avanzaba en los tres planos, tocando en el plano donde se encontraba la ventana, a la ventana misma.
Desde el punto, ahora nítidamente punto, cargado como las nubes oscuramente grises,  una oscuridad miasmática se lanzó, penetrando un nuevo plano, el plano en el que se encontraba Clara. Se descargó sobre ella. Formó un nuevo plano. Oscuro y único.
El cigarro ya no refulgió. Quizás ya tampoco temblaba.


Contratapa / Cantidades

Por Alejandra Tenaglia


Los años que faltan para el aniversario de tal metal. Los meses que restan para el parto. Los días que avanzan a paso caracol hasta el depósito del sueldo. Las horas que corren a velocidad desproporcionada con la cantidad de actividades que deben apretujarse en ellas. Los minutos que se estiran como chicle al sol, mientras el llamado no ocurre. Los segundos que pueden virar un destino, salvar una vida, arruinarla para siempre. Los pesitos antes de rumbear para el almacén. Las monedas conseguidas en la esquina, mano extendida ante cada ventanilla de los autos que enloquecidos avanzan por las grandes urbes argentinas, donde las desigualdades son más desiguales que en los pequeños poblados. Las flores que, desafiantes, van estirando orondas sus pétalos en pleno otoño. Las manchas de humedad que se expanden por el techo. Los amores importantes, los que a medias recordamos, los que con cuidado olvidamos. Las lloradas sin horario fijo ni motivo explícito, cuando tristezas viejas asoman la cabeza o estamos de estreno en materia de penas. Las palabras, cuando los asuntos queman y medimos hasta el aire que expiramos para no lastimar más... Los pares de medias, antes de viajar. Los libros que orgullosamente vamos acumulando en los estantes de la biblioteca. Las insistencias a las que no sucumbimos. Los padrenuestros y avemarías que impuso el sacerdote como penitencia tras la confesión. Los secretos que nunca jamás diremos. Los portazos que parecen más de los que fueron, por su interminable eco sucediendo como resuello siniestro. Las metas para el año en curso. Los anhelos, para cuando se pueda. Los sueños, para cuando se tome envión. Los vehículos. Las cremas. Los partidos. Las remeras. Los aplazos que aún no podemos digerir. Los papelones. Los escándalos. Las caídas. Las mentiras gigantes, las medianas necesarias, las chiquititas y desapercibidas. Los “me gusta” en las redes sociales. Los amigos virtuales. El tiempo que nos dedicamos y el que ofrendamos. Las veces que repetimos, insistente e inconscientemente, la narración de esa anécdota que muchos ya podrían repetir de memoria. Los pájaros que atraviesan los cielos en bandadas organizadas con rigor militar. Las estrellas que vemos “caer”. Lo que no dijimos. Lo que no supimos cómo decir. Las verdades que nos justifican. Los argumentos que nos consolidan. Los principios que nos sostienen aún cuando todo hiede. Los oportunistas que huyen raudos, buscando otra grieta por donde filtrarse. Los cínicos que se creen piolas, pisando siempre baldosas flojas. Los integrantes de la Corte Suprema de la Injusticia, que habilitaron la aplicación del 2 x 1 para delitos de lesa humanidad. La tropilla de genocidas que recuperarían la libertad, gracias a ese repugnante fallo. Los males irreversibles que cometieron, los del sillón alto y los de altos grados. Los fármacos necesarios para dormir. Los kilómetros recorridos a puro talón. Las desesperaciones desesperando desesperadas. Las sonrisas, que él/ella nos regaló y nos transformaron la mirada. Los actos honestos, los cotidianos y constantes que tanto laburante ejecuta sin dudar; y los que son extraordinarios por alguna característica especial. Y aquí nos detenemos. Paramos de hacer cuentas y cerramos este balbuceo numérico con dos nombres: Martín Noriega, Damián Cardoni. Tatín y El Gula. Dos chabasenses que han encontrado en pleno Bv. C. Casado entre Gral. Roca y Mitre, la estrafalaria cifra de 4 millones y pico de pesos que han devuelto a su dueño. Sí, es lo que corresponde hacer. Pero entre tanta abundante trampa, interés rastrero y abyecto de ocasión, no está para nada de más aplaudir y destacar al que obra con decencia y dignidad. Eso sí que da, indefectiblemente, saldo a favor.


Contratapa / Nostalgia

Por Alejandra Tenaglia

Araña las paredes interiores del estómago. Atraganta la palabra. Espanta la mediana alegría cotidiana. Bifurca el camino de la mono sensación, en dispares destinos nunca del todo opuestos. Limpia lagrimales sin pudor, surcando mejillas con el transparente pero ácido color del dolor. Avanza como avalancha que nutre su dimensión con lo que a su paso arrastra. Aplasta la mañana, hunde la tarde, desespera la noche. Clava sus garras sin titubear, como el ave rapaz en la presa elegida. Asesta un golpe certero en la indefensa zona lumbar. Ocupa todos los lugares. Evoca aromas que no se pueden alcanzar. Salta las trampas intelectuales con las que pretendemos disolver su existencia. Penetra sigilosa por las grietas que nunca lograremos del todo sellar. Borra de un manotazo lo logrado y lo proyectado. Diluye planes con la misma facilidad con la que el viento sur despeja tormentas. Confunde el entendimiento obligándolo a repensar y replantear y revisar y hasta retroceder, en un mal momento. Acalla los trinos de los pájaros, el canto de los grillos y las cigarras. Nos ofrece a cambio el silbido de la brisa otoñal, el crujir de las hojas secas, un cielo acerado y un aire cargado de humedad. Instala su ambiente en cualquier parte, con escenografías demasiado vacías y redundantes, cuya única finalidad es obligarnos a mirar hacia atrás. Así, genera su ocasión, monta su nido. A veces, son sólo segundos aquellos en los cuales nos impone su omnipresencia, como una caricia lenta pero por demás eficaz. Otras no; y hay que luchar con violencia y sin discreción, para desprendérnosla del cuerpo. Abrasiva, nos abraza. Alborotando los sentidos al lograr activarnos el peligroso procedimiento que despliega la evocación… Ahí, triunfó. Dio en el blanco. Pegó primero y dos veces. Se aseguró la bandera a cuadros en alto y sólo le resta bregar por permanecer un poquito más; siempre, un poquito más. Es la nostalgia. Sabe virar nuestra atención hacia allí donde le conviene. Sabe que el alma humana tiene tantos pliegues como dobleces y sabe también cómo desplazarse reptando por sus pequeñitas laderas. Sabe que somos vulnerables a su porosa intervención. Sabe que la debilidad es parte de nuestra sustancia. Sabe que todos tenemos ausencias, gente querida bajo tierra o respirando pero en lejanos o ajenos parajes. Sabe que extrañar, lacera, magulla, hiere, golpea, nos pone de rodillas sin dios al que clamarle piedad. Y sabe que amar –la gente, la vida, las cosas, los lugares-, suele traer consigo a su más ferviente aliado que es el pretender poseer y eternizar... No es posible. Nada permanece igual. Lo afirmó Heráclito y lo demuestra la fuerza corrosiva de la dinamicidad. Pero, ¿acaso sería posible perpetuar un instante? El deseo perdería su razón de ser. El entusiasmo se disecaría sin solución. El mañana sería un inalcanzable más allá. Y la realidad, no sería entonces más que una prisión.
Así que señores, parece que apechugar, cuando aprieta la nostalgia, es el único camino. En el mientras tanto, todo es válido, usted elige si tomarse algo espirituoso, hablar con amigos, reposar en el pecho de su pareja, encerrarse en su cuarto, pintar un cuadro, escribir un texto, qué más da… Lo importante es saber que pasará. Y que detrás, se abrirá indefectiblemente una nueva oportunidad.

P.D.: Cuídese del otoño que es la estación preferida de la añoranza aquí descripta.


Caos de verdad


Por Alejandra Tenaglia

Supongamos que Sauce es un pueblito emplazado en la mente de un novelista. Supongamos también que no cuenta con más de unas cinco mil almas. Y supongamos finalmente que un día cualquiera todos y cada uno de sus pobladores, ungidos por algún hechizo de dudoso origen, amanecen con la capacidad de mentir, atrofiada. Esto es, han perdido el filtro que construyeron con el paso del tiempo, porque bien todos sabemos que los niños, dejando de lado la construcción de fantasías, dicen lo que opinan y responden a sus necesidades y emociones sin el agotador rodeo que solemos emprender los adultos. Entonces, por ejemplo, Don Carlos todas las mañanas ocupa una mesita en la vereda del bar de la esquina; hoy, cuando una ex alumna de sus tiempos de profesor, que está de visita por el pago, se detiene asombrada y le pregunta: ¿¡cómo le va, tanto tiempo!?, él no puede evitar responderle que le va bastante mal porque del oído derecho apenas escucha, la espalda le duele cuando permanece más de cinco horas acostado y que levantado la mayoría del tiempo se aburre fatalmente, salvo cuando va al bar, donde vengo todos los días un rato a ver pasar mujeres, es decir, me entretengo mirando culos. La ex alumna parece intentar disimular el rechazo que siente, pero también ella está ungida por la incapacidad de mentir, así que lo que se oyó fue un resignado: qué pena, sigue siendo usted el mismo viejo chato-baboso, giró y se marchó.

En el mercadito de la vuelta, se daban varias escenas simultáneas, consecuencia del nuevo orden cultural que bien podríamos llamar: la incómoda dictadura de la verdad. En la caja: -Esperame un segundito que me olvidé la leche, voy a buscarla  y vuelvo. –No, pague hasta acá y entre de nuevo a comprar, ¿o no se da cuenta que hay gente detrás de usted y que no tienen por qué tenerle la vela? –Nena, ¿por qué no te buscás un trabajo que te guste en vez de maltratarnos a los clientes como si tuviéramos la culpa de tu infelicidad? ¿Vos nunca te olvidás de nada? En menos de un minuto iba y volvía. ¿Era tan grave para ustedes esperar unos segundos más –dice ahora mirando a la cola que la sigue-, o es que hay algún avión salvador del universo que se encuentra demorado aguardándolos?... Entretanto, en el rincón de la verdulería, el muchacho que atiende recibe la bolsita con papas que le entrega una señorita para que se las pese y sin mediar saludo ni introducción, le espeta: Sos la única alegría que me brinda este trabajo. Tocá, tocá cómo se me acelera el corazón… Tironeando para recuperar su mano, huye la susodicha chocando una góndola que se ha convertido en tintineante y expansivo laterío. Algunos recogen directamente la mercadería y se la guardan en sus bolsos, unos pensando que si esos extranjeros se llenan los bolsillos con plata argentina, bien tienen ellos derecho a quedarse con algo a cambio; otros porque consideran que es la ocasión de saciar sus ganas de comer palmitos, a cuyo precio no llegan con su billetera; y también están los que nada tocan porque nada quieren que no sea obtenido con el sudor de su frente y hasta ayudan a ordenar, por solidaridad con el repositor que tampoco puede ocultar su cara de catástrofe acompañado de un estertóreo: lareputísimamadrequelosremilparióatodos. Puse empeño, pero no pude frenar la ruidosa carcajada que me subió a la garganta… Y no sé si el muchacho por eso me consideró la autora del siniestro o sólo le molestó mi algarabía, lo que sí sé es que antes de caer vi una lata de arvejas volando directo hacia mí. Aquí en el sanatorio, después del caos vivido en sentidos que usted ni imagina, hemos aprendido que lo mejor es la moderación, me dijo el médico cuando volví en sí. Pero ya era el día siguiente, el hechizo se había extinguido, así que, quién sabe si no mentía…


Ciclos

Por Alejandra Tenaglia


Poco después de asomar el sol con su claridad a cuestas, quien asoma por la puerta que da al patio, es Doña Ana. Entrecierra un poco los ojos, para intensificar la mirada, al tiempo que extiende su rostro en dirección al montón de hojas verdes; aún así, la distancia y su miopía pueden más. Apoyando una mano en la pared, asegura su parada -es que la cadera viene jugándole malas pasadas-; y repite el gesto aguzando la vista. Parece no lograr su cometido. Baja el escalón con un paso cauto. Nivela sus pies al ras del jardín y recién entonces, con andar arrastrado, tal como si llevara comprimidos los dedos en el interior de las chinelas, avanza hacia la planta. Ya frente a ella, sonríe mirando de derecha a izquierda y de arriba abajo. Un “aaaayyyyyy” es acallado por su propia mano que tapa su boca. Es que, ha florecido el geranio… La mujer, que habíase inclinado para observar en primerísimo plano los espléndidos ramilletes, supera la presión que siente en su cintura y sin perder nunca la alegría que su rostro expresa, se yergue. Entonces, con las palmas de la mano hacia arriba, dice un apenas audible “gracias”, mirando al cielo. No sabe a quién le habla. Escéptica de chica y ni hablar de grande, Doña Ana es, no obstante, una convencida de que algo muy superior a nuestro entendimiento, hay allí donde no podemos ver... Y que parte de esa fuerza ininteligible, se hace manifiesta en la puja constante con la que la naturaleza ejercita sus ciclos. Año tras año, cuando llega su momento, la planta cumple. Sus hijos han jugado en sus lindes, maltratándola sin intención ni conciencia. Toto, su marido, revisaba y extinguía los caminos de hormigas que afrentaban su belleza, amenazando además su existencia. Frida, la perra, recibió un par de zapatillazos hasta entender que allí no debía ir a jugar; aunque siguió haciendo pozos peligrosamente cercanos y ya ni eso, porque ciega y vieja, sólo cumple su papel de fiel ladera de su dueña. Los hijos la visitan ahora domingo de por medio y a Toto es ella quien lo visita en el cementerio, todos los sábados. Tanta vida se ha tragado el tiempo y tanta muerte ha lanzado como flechas cargadas de tinieblas. Sin embargo, los geranios continúan su ritual, estación tras estación. Y quizás por esa continuidad o porque es cierto que la humildad no es un punto de partida sino de llegada, Doña Ana disfruta en grande, lo que antes podía pasar como un detalle más, en medio de rutinas orientadas hacia metas enclavadas en marquesinas centelleantes. Como el agua fresca que calma su sed de madrugada, al pie de la heladera y con la puerta abierta; como el acostarse en sábanas recién puestas, tersas como no lo estarán al día siguiente; como el “te quiero” que sus nietos le regalan con una frecuencia inusitada en sus hijos; como el sabor del primer mate de la mañana, espumoso y fuerte como a ella le gusta a pesar de su gastritis; como el grito que nombra su nombre desde el otro lado del tapial del patio, con el que su vecina Gladys insiste hasta que ella contesta, para luego preguntar “¿estás bien?… Es que hace un par de días que no te veo”. Como la compañía que le brinda el programa radial con el que tanto se ríe y se informa y se enoja y dialoga, hoy ya empezado, sin que la mujer haya encendido el aparato…


Tiempos

Por Alejandra Tenaglia


Éramos un grupo decididamente heterogéneo, como suele suceder con los turnos universitarios nocturnos, donde se aglutina una masa de gente cuyo trabajo diurno le aporta el cansancio justo como para cabecear de tanto en tanto en medio de la clase. Alberto, casado, hijos, panza redondeada, barba abundante y calvicie asentada, trabajador público distinguible a una cuadra, baboso mal disimulado, chistoso, serio cuando hablaba de leyes como si estuviera invocando alguna intimidad. “Dilma, la asexuada”, así es como se presentaba nuestra extraña amiga, quizás para abreviar preguntas sobre los largos pelos en sus pantorrillas o la malla de hombre que usaba como constante bermuda, con ojotas y pucho colgando de los labios mientras entornaba la mirada; movía contactos y conseguía libros que no podíamos pagar; nadie nunca le preguntó demasiado sobre nada y sin embargo le teníamos tanta confianza, que hasta tenía una llave de mi casa para esperarnos con el almuerzo listo los sábados, único día en que todos coincidíamos para reunirnos. Yo trabajaba por entonces, de 20 a 8 horas, en un bar siniestro en el que estaba prohibido apoyar el traste en banqueta alguna durante el horario laboral. De modo tal que esperaba el interno 120 como un lujo bendito. Ese fin de semana, estábamos todos. Clarita, tan eléctrica como delgada, ponía los platos. Hermana mayor de cuatro, clase media ajustada, tan culta como sencilla, gran retadora de backgammon. Y finalmente, Liliana. Como los demás, era nacida en Rosario. Pelo rubio pesado cubriéndole casi toda la espalda. Curvas generosas pero delicadas. Pálida. Ojos verdes. Nada lo hacía de corrido. Ni hablar ni sonreír. Siempre interrumpiéndose, como tanteando el ambiente. Daban ganas de ayudarla, cuando emprendía una exposición. Ese día, cuando llegué, estaba pidiendo perdón por no haber ido temprano como habían quedado: “es que me equivoqué en un corte y me tocó el encierro”. Pestañeos agitados. Explicó que en la tienda, quien erraba en algo, pagaba debiendo quedarse a lavar los pisos fuera de horario, y como el local de calle San Luis quedaba vacío, el mismo dueño cerraba con llave y volvía media hora después a ver qué tan espejados habían quedado los mosaicos… Las medias sonrisas, desaparecieron por completo. Hurgamos. Así supimos que el judío la llamaba “tarada” y “estúpida” habitualmente, y que a eso se sumaban “chirlos en la cola, que no es que duelan porque no son fuertes, pero… ¡me molestan!” Espantados, la convencimos de que debía irse de allí. No fue fácil que advirtiera la irregularidad de lo que venía sucediendo. Pero al fin, pensó que tal vez sí era cierto que podía conseguir algo mejor, y que también era firme el argumento de que al vivir con sus padres tampoco era que no iba tener dónde dormir o qué comer. Renunció. Al sábado siguiente la escena fue otra, cuando volví a casa. La cara alarmada de mis compañeros me anticipó que algo no andaba bien. Lili se había tomado unas cuantas pastillas y estaba ahora tirada en mi cama, después de ser atendida por los de Emergencias, quienes aseguraron que no corría riesgo alguno y sólo había que dejarla descansar. Se me encendió un fuego en el estómago. Fui a verla, abrió los ojos apenas y me hizo seña de que me acercara, le tomé la mano y le dije que no hablara. Me susurró sin embargo: “Yo… no puedo, no puedo. Voy a volver…” Tragando con dificultad, aprendí una lección que no olvidé jamás.

Primer beso

Por Alejandra Tenaglia


Apretaditos en brazos de campera inflable. Gris, el alba asomaba. Perfume con destellos de limón. Si usted tira despacito de la cuerda, el recuerdo se deja remontar. El chasquido de los abrigos al rozarse, los primeros trinos apurando la mañana, las palabras chiquitas y temerosas de errar, el corazón como golpes contra un chapón, alguna persiana enrollándose, un obrero apurado en su bicicleta rumbo al turno de las 6 y un perro que lo sigue apenas por detrás. Casi que ya no quedan chances. La hora impuesta por los padres, para el regreso a casa, ultra vencida. El merodeo con el que está llegando el día, vulnerando la intimidad que brindaba la oscuridad y el sueño de los demás. Pero el muchacho, ha decidido que de hoy no pasará. Concretará lo tantas veces fantaseado. Apelará al valor que ha esgrimido ya, en otros casos, y que en el presente se le ausenta sin saber bien por qué. Por su parte, ella, aunque él no lo sabe (¡cuánto más fácil sería el trajinar de ambos, si conocieran las certezas del otro!), ha renunciado a su vicio favorito de distanciarse pensando. Simultaneidad absoluta con la vivencia que discurre. El instinto guía. El pestañeo almibarado robustece la credulidad. La distancia cede. Una niebla cómplice sacramentando el encuentro. Y entonces, sucede… Pero, ¿dónde comienza el primer beso?, ¿en el entramado complejo de la inmediatez que lo rodea o en el fino y pausado acaecer del tiempo que lo trae a la rastra sin piedad y sin dudar? ¿Se sabe desde el inicial encontronazo que dos tienen por el planeta, aunque no se ejerza; o brota de pronto su urgencia cuando un día cualquiera lo que era rutina fulguró su delicia? Charlas de café, de sillón, de chat, de confesión, demuestran que el primer beso, con alguien que ha sido importante al menos en cierto momento, no se olvida. Hay quienes recuerdan tan sólo una ocasión. Otros tres o cuatro. Nadie supera en su anotación, los dedos de una mano. Y no es la perfección. Y no es la calidad. Y no es la destreza. Es ese sentimiento que, tal como lo describen las publicidades primaverales con gráficas repletas de mariposas, aletea en la barriga, sin importarle un ápice ni la estación del año ni el futuro que desate ni la durabilidad que encarne ni nada más que el instante preciso, en el que logra su cometido de comunión y acierto, estallando en bendita realidad que nos roba el aliento. Todo lo demás, ya saben, es más de todo. Y a veces, menos, es más.


Paso



Por Alejandra Tenaglia

Parada
en    el
 comienzo de la rayuela,
la piedra en la mano,
el corazón   palpitando.

Sólo queda llegar al cielo.

Por casual azar, por gracia divina, por firme decisión, por encarnada convicción, por espontánea inclinación, por racional labor, por sabiduría ancestral, por aprendizaje barrial, porque el tiempo es un bien escaso y la vida un misterio aún sin explicar, porque no sabemos nada del más allá ni del antes de acá, es que quizás seamos siempre un poco niños, dando un paso de umbral a umbral. Adultos que piedra en mano y deseo en alto, vuelven a intentarlo una y otra vez con la ilusión renovada y la mirada plagada de emoción; aunque las canas, aunque los dolores, aunque los fracasos, aunque los faltazos; aunque al primer vistazo todo parezca lejano, ajado, ajeno. Un fervor propio, un singular estupor, constituyente y constituido para siempre, puja su suerte, reclama su día, quiere volver a ver el sol. A veces no lo logra; a veces, no. Cerrojos aquí, allí y por debajo también, tirado el manojo de llaves por la ventana, y entonces el carcelero, ahora preso, se bifurcó. Se lo perdió, por chambón.
Usted, ¿lanzó su piedra? Entonces avance y deje de quejarse que a los saltos andamos todos. Y sobre todo porque después, me toca a mí otra vez.

La amistad

Por Alejandra Tenaglia
La casa era vieja y estaba ubicada en un centro de manzana. Daba a un pasillo común con otras viviendas y el pasillo daba a la calle teniendo por puerta tan sólo una reja. Era el día de mi cumpleaños. Fiesta prevista para la noche, en tiempos en los que no existían los celulares. La organización de todo suceso consistía por entonces en cruzarse al teléfono público que había en la calle, cuadra de por medio, y marcar el número de tal o cual –mayormente tratábase de rosarinos que vivían con sus familias, puesto que para los forasteros estudiantes tener teléfono fijo era un lujo que pocas veces se daba-. Al resto se les avisaba puerta a puerta, en la facultad, en el bar, a través de otro y otro y otro amigo más. Las distancias son grandes en las ciudades, pero así eran las cosas por entonces y nadie se quejaba de ello.
La mañana de ese día, mi hermano asomó por las rejas de la casa descripta y, con una sonrisa de compasión algo nerviosa, me dijo: “¿podés creer que murió la nona justo hoy?” Transitábamos con insolencia los 20 y pico de años. “Preparate que en un rato te paso a buscar”, me dijo sin darme tiempo a nada.
Recibí la mayoría de edad, en una sala velatoria más bien vacía. Mi nona Rosa era como muchos aún hoy afirman, jodida. Estaba enferma desde hace tiempo, pero al parecer preguntó esa mañana del 30 de abril: “¿la Ale no viene a Chabás?” Le respondieron que había avisado que no, que me quedaría en Rosario ese fin de semana; ella simplemente contestó: “vas a ver que va a venir”, y se murió.
Ahí estaba yo entonces, donde ella había querido, durmiendo en una hilerita de sillas en la sala velatoria; barriendo luego con mi padre ni bien despuntaba el 1º de mayo, el nicho familiar donde se alojarían sus restos; empujando el Taunus verde al que, cada tanto, le costaba arrancar. Sólo a algunos de los invitados pudimos avisarles lo ocurrido. Repito, no existía por entonces aparato alguno en el que emitir un mensaje en un grupo de whatsapp y llegar al mismo tiempo a decenas de personas. Conclusión: gran parte de la comitiva, festejó igual sin mí. Hasta se sacaron fotos -con cámara de rollo- para mostrarme la lealtad del festejo; y más lealmente aún, prometieron asistir nuevamente al día siguiente para entonces sí, celebrar conmigo. Ellos, con la fortaleza que se tiene a esa edad, soportaron las dos noches seguidas de juerga, sin problemas. Yo en cambio, empecé con algarabía y llegué a la madrugada llantos de por medio, pasada de alcohol y de tristeza por la partida de mi nona querida, sin entender demasiado qué era eso de morirse y ya no estar más en ningún lugar…
Pero el núcleo de este relato reside en que allí, rodeándome, estaba mi grupo de amigos, soportando mi pendularidad emotiva; deteniéndose al regresar del bar, en todos los umbrales desconocidos donde me senté a llorar mi pena; filosofando disparates mechados con verdades estrechas; bromeando la casualidad con humor del morocho o leyendo alguna señal mística; alarmándose al verme colgada de un volquete callejero tratando de expulsar el ardor estomacal que el demasiado whisky barato que podíamos pagar, produjo sin piedad en mi humanidad.
Aún hoy, ellos, conservan en la foto que ya tiene casi 20 años, su mirada cómplice y fresca. De más está decir, que a muchos no los vi más, así opera a veces la marea de la vida; pero vale el recuerdo como símbolo suficiente de la amistad sincera, esa que es capaz de producir gestos tan potentes como imperecederos. Esencia pura, en un aquí y ahora que, aunque en ese presente no lo sabemos, dura toda la eternidad.

La mujer en el balcón*

Por Enrique Medina

¿Por qué la extraño con tanto rigor
si ella nunca me llegó al corazón?
Apoyada en la baranda del balcón
la adulta mayor fulguraba  bajo el sol.
Regaba ella plantas, barría y también
baldeaba ese mi ambicionado balcón.
Vestía largas túnicas orientales con
dibujos, colores hechiceros, fumaba.
Desde la nuca cepillaba su cabello
dorado que luego recogía una cinta.
Con mis binoculares siempre la espié
regando mis lindas plantas también.
Ella corría las rutilantes bambalinas.
No dejaba ver el hermoso interior.
Alguna punta de mesa, sillas, poco.
Lo importante eran las plantas que
ella cuidaba manteniéndolas sanas.
Tres veces la tuve cerca muy a mano.
En la Confitería del Carmen una vez.
Yo en otra mesa cercana intentaba
escucharla hablar con el otro señor.
Deseché que fuera algún amante,
familia seguro, un primo, yo pensé.

Los perseguí hasta el edificio de ella.
Fue un beso de pariente a pariente.
¿Las ansias arrancan de mis entrañas?
Otra vez fue cruzándonos en la vereda.
Yo iba, ella venía, majestuosa de largo,
con actitud de reina natural, sin mirar;
alta, magnífica como una yegua árabe.
Creí que era un regalo del cielo y decidí
ir detrás pensando el pretexto adecuado
en esas dos cuadras súbitas, torturantes.
Puso la llave en su edificio y eso fue todo.
La tercera será la vencida, recontrajuré.
Soñé que yacía calma en floresta verde.
Lo sé, Dios fue conmigo muy generoso.
La tercera vez bien fácil pude asediarla:
¡Coincidimos en la caja del supermercado!
Muy a mano la tuve pero mi lengua negó.
Ángel duerme, tus manos adoro y beso.
Le rogué a Dios y ella me habló directo.
Dijo precios y esperas y colas y tarjetas.
Por suerte el poco espacio entre cajas
sostuvo mi verticalidad fría y endeble.
Al menos disimulé gracia entendedora,
mientras ella firmó y se fue sonriendo
con la cajera que le avisó diarias rebajas.
De piedra yo, sintiendo en mi hombro
el índice del Sumo Hacedor llamando.
Me ve avergonzado, y asombrado suspira:
Querido amigo, ¡yo más no puedo hacer!…
Para mí ya no hay mundo que exista sin
que tus alas, ay, se extiendan melodiosas.
Pasó un tiempo y ella seguía en el balcón.
Hasta que dejé de verla sin preocupación.
Noté las cortinas desprolijas, mal corridas.
Las pobres plantas sufriendo falta de riego,
las hojas se destemplaron de verde a gris.
A la sazón incrementé control cotidiano,
pero ningún resultado ni sentido extraño.
La adulta mayor ya no fumaba bajo el sol.
Una mañana huyeron las muertas plantas.
Antes habían fugado el pedestal, el búcaro;
y a la semana desconocidos caminaron el
balcón, raros, tasando alto y a los lados.
Musgo barroco, sigilo unánime de estrellas.
Sin duda tendré una cuarta oportunidad.
No falta mucho, el corazón se estremece,
ya mis plantas comenzaron a marchitarse.


* De su último libro, “Áspero cielo”

Perdurar


Por Alejandra Tenaglia


Aunque haya minutos que duren horas y horas que duren días. Aunque mucho tarde en llegar esa fecha señalada. Aunque “el mes que viene” parezca una distancia disparatada. Aunque “el próximo año”, ya fuera del calendario, se haga impensable. Aunque el “cuando seas grande” parezca una simple frase lejana y ajena. Aunque, por suerte, no tengamos constante conciencia de que el tiempo es como el movimiento de la Tierra, nunca se detiene a pesar de creer que estamos quietos. Aunque hagamos manifestaciones, declamaciones, protestas, piquetes, cortes y quebradas a las autoridades políticas o celestiales. Aunque roguemos a los líderes de todas las religiones o pidamos más crédito a los banqueros del mundo. Aunque la ambición sea acumular vehículos y hectáreas o cosechar acelga en la huertita del fondo y salir a pasear en bicicleta para charlar con los vecinos. Aunque la dedicación esté puesta en mirar hacia la calle o por el contrario se escudriñe en los propios rincones. Aunque el fervor esté dirigido a cultivar las más bellas flores, por la dedicación y el amor puesto en la tarea; o acaso se salga a destruir todo jardín que asome, para que las ajadas tres margaritas mías queden entonces como las mejores del precario reino. Aunque se agreda, se grite, se llore, se ría, se ame, se cuide, se espíe, se trepe, se gane, se degrade, se crezca, se enaltezca, se perfeccione, se deshonre, se agigante, se arrastre, se golpee, se acaricie, se mejore, se pertenezca, se escape, se afirme, se ignore, lo que sí se sabe es que dentro del carril de la existencia, somos tan sólo un suspiro. Efímera, es nuestra vida. Se haga lo que se haga. Se tenga lo que se tenga. Se sea como se sea. No fue eterno el dictador más férreo de la historia: sus estrategias pudieron incorporar países, mas fueron ineficaces para gambetear a la muerte. Los millonarios por línea aristocrática; los herederos de empresas y de tierras; los que estafan a usted, a mí y a la patria para quedarse con lo que no les corresponde, arribistas sin escrúpulos ni inteligencia suficiente para darse cuenta que al pasar la línea de la vida, ni siquiera podemos llevarnos el propio cuerpo. Los buenos, los decentes, los honestos, los laburantes, los generosos, los sensibles, los amables, los admirables, también mueren. La trampa está echada desde el comienzo como una señal que, quizás, no deberíamos olvidar. Para hacer más ameno el “durante”. Para profundizar cada instante. Para cavar hasta el fondo de la experiencia. Para mirarnos hasta sonrojar. Para abrazar con todo el cuerpo. Para evitar hacer de nuestra boca un excusado y más bien perfumarla un poco antes de hablar. Para trocar la agresión por crítica más opción sustitutiva de lo que veo mal. Para erradicar esa pobre idea, según la cual sigo, cuido y defiendo mi verdad, denigrando al que piensa de otra manera. ¿Por qué el ofensivo “globoludos”? ¿Por qué el igualmente ofensivo “militontos”? ¿Qué entidad superior les hizo un guiño? ¿Quién les indicó, pulgar hacia arriba, que dieron en el blanco de la verdad y que además, por ello, pueden burlarse del otro? Dudar, siempre, hasta el final, ha sido la piedra basal de la filosofía. En el plano religioso, San Agustín definió a la ley divina como el plan con que Dios hizo al mundo, plan inaccesible al entendimiento humano. Mucho más acá en la historia e inmerso en un definido ateísmo, el francés Jean Paul Sartre nos dice que hemos sido arrojados al mundo (casi se podría decir, obligados a vivir y a ser libres) y no hay ningún sentido que respalde a esta obra en la que somos un constante improvisar. Carente de sentido, la vida, es para él un absurdo. Ahora bien, haya o no un plan labrado desde algún Olimpo, es decir, un antes e incluso un después a esta trama diaria que tejemos con nuestros actos, ¿por qué no elegir buscar la felicidad, sin jorobarle la vida a los demás? ¿Por qué los malos modos, si se puede ser amable sin pagar más por ello? ¿Por qué no preguntar e informarse en lugar de suponer, llenarse de rabia, vociferar a lo loco y encima así no poder cambiar nada? ¿Cómo es que se lanzan con suma ligereza, términos que engloban delitos tipificados en los códigos, cuando no se puede justificar el propio patrimonio? ¿Cómo miran a sus hijos a los ojos, quienes obtienen el sustento de cada día haciendo lo que creen que son “avivadas”, siendo que son lisa y llanamente delincuentes? ¿Qué ejemplo de ahínco y sacrificio le transmiten a los suyos, engrosando sus bolsillos fraudulentamente? ¿Desde qué rincón del ring creen estar peleando por ese mundo mejor que mencionan pero no forjan? Nadie es tan tonto. Ni el que hace, ni el que ve, ni el que elige no ver. Nadie, tampoco, escapará a la bandera de llegada. Pero, es bueno tener claro que lo que hagamos acá, en vida, en el “durante”, es lo que nos hará simplemente olvidables, o perdurables en el corazón de los demás.