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De reojo / Irse

Por Sebastián Muape / sebasmuape@gmail.com


Irse. Despegar. Dejar un hueco. Generar un vacío. Interrumpir un acorde. Levantar la mirada sin llegar al final del párrafo. Avanzar y salir. Abandonar en el intervalo. Bajarse una estación antes. Instalar un fantasma en conocidos dominios de corporalidad manifiesta. Irse. Marchar. Emprender. Salir. ¿Qué extraños designios de goce retorcido, puede haber en buscar la nostalgia? ¿Acaso no es la misma nostalgia, la invitada no deseada de las fiestas vitales? ¿La hacemos partícipe o nos coloniza? Siempre va a ser mejor toquetearla sabiamente, susurrarle, olerle el cuello. Así, uno busca agradarle, amigársele, prestarle el pecho para que anide cómoda. Claro, porque si no brindamos asilo, si no le arropamos el cuarto, ni le abrimos la ventana para que mire y se caliente con el sol de temprano, ella irá respondiendo con perfectas dosis de ponzoña, de esa que carcome y no suelta hasta que saldamos vaciando el lagrimal.
Irse. Rajar. Emprender. Huir. Generar un hueco amable y mirar el tiempo atrás para ver quién llora. Escindirse y observar desde arriba, como cuando las almas buscan caminos de alta montaña. Evaluar si quienes creíamos extrañando, realmente necesitan volver a olernos. Todo parece indicar que sí, al menos en un largo principio. Un principio que puede durar milenios, si total, tiempo es lo que sobra. Si es cierto que se vive buscando únicamente dejar recuerdos, completar con ausencia todo aquello que amarreteamos mientras pudimos, mientras estuvimos; entonces vamos bien. Ha llegado el momento del testeo y para eso, daremos el salto. Se ha hecho presente el riesgo del olvido, pero aun así, volaremos. ¡Puta que somos retorcidos! Egoístas hasta en el último suspiro. Nos damos vuelta en la ochava. Desde el umbral nos asomamos y clavamos la mirada en otras miradas para saber si ya somos imprescindibles. Si pudimos por fin, alcanzar estatura de leyenda. ¡La vida sigue!, nos grita un sabio a quién nada le preguntamos; pero nosotros sabemos cuándo desoír las tristes sentencias de la verdad. Las verdaderas sentencias de la tristeza. Las sentenciadas verdades tristes.
Irse. Sacar boleto. Armar la mochila. Alcanzar el horizonte. Saludar desde proa. Sentarse del lado de la ventanilla. Prometer, prometer y prometer.  Arrancar, caminar, cerrar del lado de afuera. Pasos en el pasillo. Soltar el picaporte. Hacer ruido con la puerta cancel. Que se note que nos vamos. ¡Mirá que me voy, eh…! ¡Me estoy yendo, no sé si sabés! Dejar olor en la almohada. La última partida. Partida. Las primeras cartas, que ya van anunciando pausas. Sabor a distancia. Tiempo en medio. Latidos que se van disolviendo. Quedará la foto que duele, que anestesia, que suprime y que acerca. Quedarán las situaciones, las hojas escritas y las hojas secas. Los pétalos que manchan la página. Los amuletos que saben cosas. Todo irá fraguando en la medida en que prestemos cuerpo. Mágico el tiempo que cura. Trágico el tiempo que dura.

Fabricar recuerdos. Revitalizarlos. Aumentarlos. Desvestirlos. Mantenerlos calentitos y a flote. Visitar cada tanto y revisitar ese bagaje amigo. Que en las sobremesas desde hace mucho, se nos traiga, siempre y cada vez. Que cuando se nos mencione en esas sobremesas desde hace mucho, haya una pausa apenas perceptible, pero pausa al fin. El espacio de la reflexión, ahí, de manifiesto. Que se note sin pesar, o con cierto grado de pesar. Los invitados deciden. Escuchar nuestros nombres en ecos perpetuos. Que nuestra imagen sobrevuele en círculos, intentando captar la piel erizada. Ser y estar. Aparecer y permanecer. Que una figura, difuminada o fulgurante, pétrea o volátil, pero con nuestras facciones, se aliste siempre en la invocación. Que lo triste no es irse, lo triste es no poder volver.

De reojo / Mis Tumbas

Por Sebastián Muape / sebasmuape@gmail.com

Mi amigo mayor Manuel Bernardo Ramón Campos me dijo, abriendo su mochila una noche en la esquina del club: “Tenelo, pero devolvémelo”. Obedecí a medias, jamás se lo devolví. Ni lo haré. Hice bien en interpretarlo como regalo para mis dieciocho.
Veintisiete años más tarde y de su puño y letra, Medina me lo va a dedicar. En la hoja donde figuran sus verdaderas homenajeadas Judith, Alba, Mabel y Elba y en desprolijo trazo de Bic: “Para Sebastián Muape, este primer libro con la amistad del autor – 12/V/15”. Secándome la frente le di un abrazo en agradecimiento por haber transformado mi vida en la de un lector vago aunque correcto. Vanesa, su hija, nos sacó una foto. ¡Como chanchos! Esa vez empaté con aquel primer intento, donde sólo atiné a estrecharle pegajosamente la derecha en un pasillo, sin la decisión de sacar el libro para que me lo firme ahí mismo. “El malbec viene de parte de Tenaglia, Maestro; no hace falta la propina, soy un profundo admirador suyo ejecutando una estrategia de señor del correo. Gracias por tanto”. El tipo arqueó las cejas, sonriéndome un poco sorprendido, claro; salía de ducharse en cuero y bermudas y yo rompiéndole las pelotas en el palier de su casa. A causa de la emoción olvidé dos cosas: saludarlo por su septuagésimo octavo cumpleaños y bajar un piso por escalera hasta encontrar la huidiza puerta del ascensor; cosas que pasan.
El ejemplar tambaleó en mis manos durante varios días. Marisol, mi novia en aquellos hermosos años, tomaba sol sin mí en la costa, el reparto de lavandina terminaba a las catorce. Tiempo a favor y una gran historia para no extrañarla. Programón. Lo deglutí en unas horas, con paréntesis de almohada. No, no; no juego, no salgo, no voy. Nos vemos otro día.
El Manual del alumno bonaerense, El Gráfico, Sólo Futbol, a veces Pelo y Pan y Circo, más una biografía de Einstein (más de veinte intentos invicto, hasta que entendí la Teoría Especial…) eran las lecturas que acopiaba hasta ese verano.
Tapa en blanco y negro. Primera edición de “De la Flor” 1972, sin prólogo. Enrique está sentado en el alféizar de un ventanal enorme, acorazado por musculosas rejas despintadas, en armonía con la pared de ladrillos agujereada por el tiempo. Mira en lontananza con breve mueca de sonrisa y nostalgia. Casi no se le distinguen los pies, lo cual le da un tinte fantasmal a la imagen. Sobre fondo de arbustos sin brillo, en mayúsculas blancas: LAS TUMBAS.
El estante más alto de mi biblioteca está dedicado especialmente a Enrique Medina,  todos sus títulos cohabitan allí con Louis Ferdinand Céline, su gran maestro. (A propósito, Enrique: millones de gracias por inducirme al inmenso Viaje al fin de la noche, la despedida con Molly en el andén de Detroit que me hace llorar cada vez que la leo y la putrefacta perfección de esas páginas).
Llegué a tener seis ediciones de la novela más la reeditada en 2012, algunas las fui regalando, repitiendo favores. Busco, revuelvo, indago en las bateas de las librerías de viejo. Cuando encuentro una, compro; y si no, las ordeno delante de todo para hacerle una gauchada a quien se acerque. Es mi deber, no puedo ser egoísta. Las botas hijas de puta lo prohibieron más de una vez; yo lo regalo, lo comparto.

Le agradezco otra vez y miles por Las Tumbas. Le tributo pleitesía por contarnos esas  peleas, las salidas, por espiar desde debajo del escritorio las piernas gordas y el culo blanco de la celadora, por la puteada más larga del mundo, por su historia con Martínez… (me alcanzó un Rayo Rojo y dejó la mano extendida, levantó las cejas y me dijo: “chau Pollo, escapate”; “chau Martínez”). Voy a cometer la imprudencia de usar la misma palabra que usted, para terminar mi texto. Punto.

De reojo / Felices 3 años

Por Sebastián Muape / sebasmuape@gmail.com


Mientras se divierte con su hija a upa, en el juego de acomodar piezas geométricas que llueven de un cielo multicolor, a Hermes se le estaquean los párpados cuando justamente ese cielo polícromo, se interrumpe por un mensaje de texto dirigido a la dueña del celular, que no es otra que Tere, su esposa desde hace una década. “Felices 3 años”. Parar de pecho un rayo, un catéter uretral oxidado o un proctólogo con elefantiasis localizada en los dedos, hubiesen sido una boludez comparado con la sensación que atravesó a este tipo. Cómo habrá sido de elocuente su corporalidad, al acercarse a su mujer, celular en mano, que ésta pasó por descargas similares. “Vamos”, le dijo sepulcral. Chau fiesta de la sobrinita, chau canapés, piononos con y sin morrón, y piñata. “Me mata”, pensó ella segundos después de subir al auto, por eso no pasó a la nena al asiento trasero. “Me mata”, volvió a creer luego de dejar a la criatura con su hermano mayor y frenar minutos más tarde en la vereda de la plaza. Y otra vez: “me mata”, al iniciar la interminable y fatídica cadena de oración, esa con prólogo y epílogo obvios, claro está: “mi vida, ese mensaje no es para mí, te lo juro por los chicos”, que evidentemente le caen fantástico a algún dios.
Hermes es celoso, pero de esos celos livianos, llevaderos; celos que son adornos para el matrimonio. Tere los disfrutaba, porque además tenían correlato en la cama y él también jugaba ese rol con final de sábana húmeda. Pero ahora, los adornos ya pesan toneladas. La inseguridad de él, amplificada por una desconfianza colosal, lo transformó en un controlador envidiado por cualquier detective. Cien contactos por día, entre mensajes de texto y llamadas. Ella medio tiempo en salita amarilla, él jornada maratón en la oficina. Un tiempo a destiempo con horas a favor del pecado. En las llamadas, él necesita escuchar ruidos familiares; la ventana de la pieza que al abrirla suena en un fa sostenido y conocido, la alarma del radio reloj, la puerta del galpón y hasta una tierna campanita de cobre que compró especialmente con fines detectivescos. Una joda la vida.

Ella es una de cuarenta y pico que cualquier tipo o pibe quisiera toquetear; no le sobran curvas, pero las que lleva, son finamente explotadas, además de una actitud que fluye natural y prostibularia. Mira fijo y profundo cuando habla, dicción felina, boca que invita a mirar y correctos escotes. Así, en uno de esos viajes a la tierra natal, Tere se cruzó con su desvirgador a quien no veía en veinte años, al cual evidentemente lleva en gran estima, en flamígeros recuerdos y en nuevas y revitalizadas sensaciones. Oh casualidad, los tres viven ahora en la misma cuidad, a media hora de auto del bulo del tercero. “Felices 3 años”, saludo y final; aunque todo final sabe de pausas. Negó durante dos años, juró y hasta lloró. Hermes abraza en el fondo de su psiquis, la duda atroz devastadora de hombría. Se les enfrió la cama. Tere dejó el trabajo, se enfermó y para no salir, empezó a recibir una o dos veces por semana al farmacéutico en casita, a la hora de la siesta, con los chicos en gimnasia y papá en la empresa. La cama gélida y la entrepierna reclamante. Dos años de pausa con amante coterráneo, pero con boticario puntual, como para sumar a lo que la trampa tiene de feliz. Vaya castigo al que fue sometida; antes se escondía, ahora alcanza con suavizante para sábanas. Torturado por la duda, Hermes se llevó a la familia lejos. Tentado por azares de sabihondos y negociantes puntuales, que puntualmente desaparecieron. Gastaron hasta la última rupia ahorrada y más. Hermes volvió a su casa, solo. Ve a su familia quincena de por medio, con suerte. Ella retomó su profesión y sus tiempos. Él, vencido por el dolor que le robó las noches, humillado en fueros secretos de calidad genital, espera vivir libre una década más y ya, cercano a los setenta, ajustar cuentas como corresponde.

De reojo / Pesado pasado

Por Sebastián Muape / sebasmuape@gmail.com 

¿Cuántas historias congelaste, de cuántos viajes te bajaste, cuántas dolorosas o incandescentes vivencias amorosas te perdiste? ¿Qué saldo arroja tu arqueo de dolor? Tu corazón se fue adormeciendo, pulsando atormentado con la lentitud del minutero. Tus pupilas cansadas e invadidas en una ronda interminable por centenares de imágenes, que de tanto repasarlas, cambiaron ya su color, tal como las gastadas fotos herrumbradas en el fondo de tu baúl de quinceañera.

Acaso no supiste ver que así, vos también te ibas descascarando; cómo no notaste que se te oxidaba el alma. Y qué me decís de los nubarrones que marcaban tu futuro. Vos, nadie más que vos, decidió anegarse en el pantano irreal de los recuerdos. ¿Viste que las historias de antaño se deshilachan en el trajín de la edad? ¿Comprendiste que vivir idealizando conlleva riesgo vital? ¿Saboreaste el pútrido amargor de esperar al pasado con el paladar quebrado y puntual el lagrimal? No escapar de la celda vanidosa que plantea el ayer, hace que pierdan su dulzor las risas y las tardes, las actuales y las de las fotos. Intentar vivir en pretéritos estadíos, hace que la tersura de las muecas de bien, se vuelvan ríspidos surcos de nueva aridez, muchas veces o siempre, por la crueldad del contraste. El mérito, precio asumido por una juventud feliz, es encontrar en el dorso la fecha de caducidad, llorar lo necesario y marchar. Seguramente habrá una tarde trampolín, una lágrima, una partida, la señal para saltar, la llave para salir a jugar; propiciándose futuro y bienestar, sin lastre o al menos con los bártulos necesarios, no más. Da mucha pena mirar el retrovisor y asumirse encerrado allí, nadie va a estirar el brazo para devolvernos este domingo, nos van a dar vuelta la cara con el desdén propio de quien pudo repetir alegrías y nada necesita del viejo baúl. Soltar es la cuestión, no hay espalda que resista tanto pasado y hacer de él la combustión necesaria para el camino, cuanto mínimo huele a insano. Claro, los momentos te mienten y a su vez se mienten a sí mismos, se maquillan desdibujándose para mostrar escenarios confusos. Tal vez nunca fueron tan maravillosas las viejas musas de cartón. Carne, lágrima y hueso; miedos, carencias y pérdidas; igual que vos. Pomposos cuando los evocas para respirar, tus recuerdos se inflan vanos y juegan su falso rol, calzándose de prestado el traje de inolvidables; pero creeme que cuando los volvés a paladear, como si fueran la mejor de las uvas, sueltan en dosis necesarias la hiel verdadera del peso de la nostalgia. Hasta hoy viviste prendida como una rémora a la alfombra tibia que te trazó la segunda infancia; más tarde con brazos desesperados te sujetaste de la edad púber, cuando la vida te envidiaba y acuclillada te tiraba pétalos. Te ataste con cadenas de dolor a los besos apurados y escondidos en los pasillos de tu propia historieta y no encontraste nada mejor ni más placentero que nadar enredada en cataratas circulares, hoy fangosas noches de cama irregular, que con el rayo de la mañana y bajo la almohada, te dejan la cuenta. En el tiempo de empezar a cruzar el mar de la vida y la salud, decidiste anclar en el álbum sepia de aquellas hojas, fechando ahí mismo y para siempre, el súmmum de tu dicha. Deberías hoy, vestirte de tanatóloga y con severos bisturíes hacer la autopsia de esa era que pasó; confirmada la hora de muerte y leyendo la finitud de esos años, pasar victoriosa el umbral y volver a vivir.


De reojo / Barro

Por Sebastián Muape / sebasmuape@gmail.com


Un tobogán imparable lleva el día hacia lo cenagoso, entonces veo, como en una foto obscura, una calle a trasluz que únicamente puede correr hacia el fin. Sentido único, avisa el cartel y caemos, porque a esa indicación sí obedecemos. La salida queda lejos a contramano. El éxito es una pendiente resbaladiza mirada desde abajo, claro.
El barrial extiende sus tentáculos, que voraces trepan hasta la cintura y escapar es una  ilusión difusa, breve como un parpadeo, irreal como la alegría (o la paz); cercana como la Osa Mayor. Lo único que brilla, es la madera inasible del tobogán.
No nos salva la campana, ni el pitazo, ni el bueno de la película; no hay huecos en este muro, no hay luz en este hoyo; vendimos los remos y los botes salvavidas. Ya no caminamos, no marchamos, no paseamos; plagiamos agrios vía crucis, paladeamos en el fétido lodazal el precio de no soñar. Orillamos la mierda, mirando y oliendo para otro lado. ¿Nosotros? Nosotros no le prestamos nariz, a la hediondez circundante. Y son los  sueños escapados, los que hemos trocado en desvelo. Una alarma hiriente nos arrancó de la madrugada y nos mutiló la capacidad de imaginar. 
Solo aprendemos a restar. Raciocinio por goteo. Zombis trasnochados, mutantes, autómatas en el arte de sobrevivir; desalmados militantes del engaño, marionetas sin destino y sin gracia; las astas siempre en las mismas manos. Degustamos con fruición ensalada de anzuelos y ahí salimos, boqueando. Solos nos subimos a la cruz, nos perforamos, nos desangramos. Esta corona no es de espinas, por eso no la cargamos. A efectivizar el pronto pago de las glorias de otros, a costear la dicha de la clase pirata, a regar con transpiración los jardines usurpados; siempre en silencio, cómplices domesticados. Mascotas de nuestro propio desastre.
Nacemos confundidos en serie y maniatados vamos viviendo al calorcito de lo necesario, felices con lo que caiga; cómodos y arropados en minúsculos círculos de estricta conformidad. Pensamientos beodos, ideas adormecidas y pocas ganas de aprender, qué letal brebaje, que caro nos saldrá, cuánta vida dejaremos hasta que podamos hacer pie en la utopía. Alguien nos convenció de bajar la guardia y mansos, ofrecimos el hígado, las sienes y el mentón. Alguien nos cambió la canción, nos retorció el camino y encerrados en hondos laberintos, como pichones de cogote estirado, hacemos historia tropezando. Al coraje, derecho de admisión; cerramos la puerta al valor, echamos por sucio al honor. Tiramos todos de distinto carro, desunidos nos embotellamos; pero torciendo refranes vamos todos para el mismo lago.
Ni Céline podría habernos escrito un guión más lúgubre. “Porque la vida es esto: un punto de luz que termina en la tiniebla”, sentenció en su Viaje. ¿Y quién carajo soy yo para contradecirlo? Si hay algún valiente, que ilumine el camino o que lo trace. Que se calce el traje que necesitamos, que aspire la pudrición en la que flotamos. Tal vez no haya nacido aún; o quizás ya no quiera ayudarnos. Insistamos. Recen los creyentes, deseen los contestatarios, actúen eficaces los solidarios; purifiquen los soñadores, este suelo que ensuciamos.
Si hay algún héroe, que presente credenciales, que se apiade y haga escuela; que ponga la jeta firme y nos obligue a pensar. Vamos por la huella y no podemos virar, nos invade puntual el terror de intentar, ¿para qué, si total…?
Han hecho de nosotros instrumentos de mirar, moderados manifestantes en el rol de acatar. Hablaremos algún día sobre lo errados que vivimos. No hay culpables. No hay condenas. Porque en esta farsa, nadie ha sido.




De reojo / El Moro

Por Sebastián Muape / sebasmuape@gmail.com


Tengo que llegar a defender. Voy a interrumpir este ataque, como sea. No nos van a llegar. Se nos vienen, se nos vienen. Mi boca abierta enorme, quiero tragarme la atmósfera entera, capa por capa. Todo difuso de golpe, confuso. Me está costando este tramo, más de lo debido. Me está ardiendo la vida. Mis compañeros me necesitan tanto como yo a ellos, pero ahora son mis piernas… ¿¡Qué carajo les pasa a mis piernas!? ¿Por qué me dejan así, tirado? ¿Dónde hay aire? ¡Por favor, aire! Tengo que cumplir con lo que me pidió el tipo en el vestuario, no concibo la idea de fallarle, si todavía me retumban sus palabras: Piermario, atacá por la derecha a fondo; pero cuando la tiene el creativo rival, cerrate hacia el medio y juntate con el cinco nuestro, es vital tu función para nosotros. ¡Vos podés Morosini, te lo morfás, vos podés! ¡Vamos Moro, vamos con todo! Ganar hoy, como sea. Clasificar y seguir ganando. Ascender y jugar por grandes cosas. Gloria, gloria y más gloria. La promesa a mi viejita muerta; los consejos de mi viejo, muerto dos años después. Las inferiores con él atrás del alambrado. Mis primeros botines nuevos. El recuerdo de mi hermano menor, quien no pudo con la ausencia de los viejos y a pisar estrellas decidió ir. Hoy llevo su foto pegada en la canillera. Sólo quedamos mi hermanita mayor, con síndrome de down, y yo; la venimos luchando a morir, como en el fútbol, como en esta tarde de partido importante. Como en el fútbol que es la vida y que es la muerte. El sentido y la locura. Que es el grito primal del éxtasis supremo y que son las lágrimas primaverales de mis compañeros y amigos, de los hinchas que me vieron caer, de ella que hoy no pudo venir. Tengo que salir adelante, no me puedo quedar acá, así. Un fuego repentino me inunda las arterias, me lacera, me quiebra. La sangre omnipotente que siempre corrió a granel, decide estacionarse. Vaya capricho. Sólo pido un segundo más, un vestuario más, una arenga más. La vieja pelota cosida a mano. La firma del primer contrato. Cambiar a un club de la categoría inferior y sin embargo seguir entrenándome como el primer día, dejándolo todo, todo. El fútbol. Mi vida. Mis sueños. Mis veinticinco años. Mi camiseta número 25. Mis compañeros. La tribuna. Las banderas. Los rivales. La gramilla iluminada por esta primavera azul y tibia. Acá voy cayendo. A metros del área, inerme lamiendo el pasto, casi inerte; viendo cómo los de blanco y celeste nos rodean y los míos despellejándose. Elijo esa imagen para llevarme. Apoyo el pecho, a ver si el pasto húmedo ayuda con este incendio. Que se enfríe de una vez el rojo vivo de mi segunda piel. Puse todo, puse huevos, caí,  intenté pararme y seguir. Mirando únicamente donde estaba la pelota y mirando la pelota volví a caer. Mis piernas de potrillo ahora son de hule, la puta madre… Apoyo las palmas y las rodillas y antes de dejarme abrazar por la hierba, le pido a dios o a quien sea, que me dé unos segundos más. La última pelota, el despeje y el final. El pitazo o el zarpazo o los dos, pero que no se me termine así, caído, entregado y vencido. Desde la cancha, de espaldas al cielo y con un suspiro tenue, exhalé mis perdones y me fui. “Verdadero guerrero, chau Moro, tu hinchada te rinde honor”, van a decir las banderas. Y yo a ustedes, por supuesto. Mi gran amigo Di Natale, va a cuidar de mi hermanita. Así se termina mi cuento de fútbol y de vida, de dolores por las pérdidas que me ametrallaron y también de alegría por haber sido futbolista desde el alumbramiento, hasta el partido de esta tarde.


De reojo / Éramos

Por Sebastián Muape / sebasmuape@gmail.com


Yo era Soledad Bargna. A los 19 años se terminaron mis sonrisas. En la mañana del 22 de mayo de 2009, mientras estaba sola en casa, golpearon la puerta, abrí. Era marcelo pablo díaz, de 40 años; un vecino del piso de abajo. Después de golpearme interminablemente e intentar violarme, me mató a puñaladas. Grité y grité y grité, pero nadie llegó a tiempo, sólo mi muerte. Se regó de sangre el piso sobre el que mi hermana y yo aprendimos a caminar. Un juez, axel lópez, había dejado en libertad a mi asesino en la mitad de una condena por la violación de una chica de 15, porque según dijo, estaba preparado para una “adecuada reinserción social”. Seis años más tarde, lópez va a repetir el error flagrante, dándole salidas al violador juan cabeza, que a su vez va a asesinar a Tatiana Kolodziey. El juez, sobreseído; nosotras, muertas.
Yo era Melina Romero. Me mataron el 23 de septiembre de 2014, el mismo día en que cumplí 17 años, después de haber ido a festejar al boliche de siempre en San Martín. Unos conocidos me invitaron a una fiesta en Pablo Podestá, confié y acepté. Cuatro personas, quisieron violarme. Me resistí en una atroz lucha desigual, me golpearon hasta la inconsciencia y entonces sí, me violaron todos. Tardarán veintinueve días en encontrar mi cuerpo, envuelto en bolsas de residuo en el arroyo de José León Suárez; veintinueve días… Debido a la putrefacción avanzada, los peritajes no van a servir. Melody, una testigo, como pudo contó lo que pasó; la enjuiciaron por falso testimonio y porque según dicen, hay contradicciones en sus dichos. Los cuatro imputados, sobreseídos; mi asesinato, en foja cero. Sustenté con mi vida, la impunidad.
Yo era Araceli Ramos, de 19 años, vivía con mis padres. El 30 de septiembre de 2013 fui a una supuesta entrevista de trabajo. Como me citaron por Facebook, no me pareció muy serio, entonces le dejé una nota a mi mamá (“voy a una entrevista en Puán 3754, Caseros”). Ahí me encontré con el ex prefecto walter vinader, de 38 años. Nada tuvo de entrevista aquella tarde. Me obligó a grabar un video (hoy todos pueden verlo) en el que tenía que imputar a su ex mujer y a tres policías por un asesinato cometido por él mismo unos años antes. Esa era su venganza contra quienes lo habían metido preso. Me armó un minucioso guión que respeté al pie de la letra, creyendo con certeza que sería mi seguro de vida. "Soy Rocío y quiero dejar este mensaje para quien lo pueda ver por temor a terminar mal o desaparecida", dije con terror. Después de eso me encintó la boca, me ató con alambres manos y piernas y me estranguló hasta matarme. Como no contestaba las llamadas, a las 21,30 hs mi mamá fue hasta la casa de la calle Puán, pero había muerto ya; vinader me estaba envolviendo en nylon y no respondió al timbre. Me encontraron al día siguiente dentro de un bolsón, en Crovara y General Paz, La Tablada, a metros de un control policial; me llevó hasta ahí en remis. Antes de eso, mató a una anciana de 82 años, dueña de la casa, cuyo cuerpo jamás apareció. Antes de eso y como parte de sus funciones como prefecto, ordenó la cremación de un convicto muerto de forma dudosa, compañero suyo, hijo de la misma anciana muerta. Quería quedarse con la casa de Puán.
Un femicidio por día durante los dos últimos años. Nosotras tres, igual que miles más, somos parte de ese número final que no tiene final, sigue creciendo sin paz. Y ellos, los asesinos, disputando motivos para evadir las penas.
No debimos morir así. Y ellos, señores jueces, ellos no debieron estar ahí.


De reojo / Querido diario II

Por Sebastián Muape / sebasmuape@gmail.com



Cansado de ser un hacedor de fracasos, perturbado por haberme graduado en el arte de fallar, decidí esta mañana, minutos después de volcarme el mate caliente sobre el pecho, darle un vuelco rotundo a tan penoso andar. Y como en el país de la protesta, ningún reclamo puede salir mal, pergeñé un riguroso plan y salí a la calle a boquear. El Féculax, al parecer, estaba vencido, porque me erupcionó desde el cuello hasta las orejas. No me importó. Subí al auto y encaré para los bosques de Palermo. Elegí una parcela cerca del lago, a la sombra, y marcándola con cintas de nylon intenté adueñármela; al ratito se acercó un guardia acompañado de una mujer policía: es que no tengo vivienda, me anticipé. Discutimos inútilmente hasta que la insensible dama del orden, me espetó: si querés una casa andá a laburar, vago de mierda. ¿Ah sí? me dije, listo; derechito para la  9 de Julio, hora pico. Atravesé el auto en el segundo semáforo, no me importaron las puteadas a todo mi árbol genealógico, soy inmune a la crítica. A lo que no pude inmunizarme, es al bastonazo que me calzó el de la montada en la espalda. Desde el día en que me equivoqué de tribuna, que no la ligaba así. ¡¿Qué hacés, idiota?!, me maltrató el tipo, mientras el caballo, de culata contra el auto, me lo tapaba de bosta. El agente de tránsito me explicaba lo de la fotomulta espontánea, cuatro dígitos. Demás está decir que no me dejé doblegar, minutos más tarde intenté colgar un pasacalle con una leyenda anti-sistema. En eso vinieron dos zanquistas re calientes (uno la tenía tan clara que hasta me tiró un patadón), un malabarista con antorchas encendidas y el del monociclo pintado como un payasito, con nariz roja y todo, me avisó de muy mala manera que no era conveniente que rompiera las pelotas justo en esa esquina, donde se acostumbraba a dar buenas propinas. Un mimo me hacía señas, en evidente apoyo a la postura del payaso anterior. Estaba haciendo un bollo con el pasacalle, cuando escuché que una nenita le decía a la madre: ¡mirá mamá, escribió “corrupción” con s! Algunos pibes son insoportables. Trascartón, el del camión de basura: ¡Ey bobo, el plástico va en el otro contenedor, aprendé a leer! Reconozco que mis ínfulas fueron mermando, pero de ninguna manera iba a bajar los brazos. Deambulé unos minutos, como para asestar el golpe definitivo y hacia allá fui. Me encadené en la puerta del ministerio, que estaba cerrado a pesar de la hora. Se empezó a juntar gente, una señora muy mayor me hizo saber que me había ubicado en la fila de los jubilados; otra vez con este tema por favor no, pensé. Así que para darle más sustento a mi momento, me esposé e hice un dramático pedido para que venga una cámara del noticiero. “No te van a dar pelota, lo de las cadenas ya es cuento viejo”, me soltó un envidioso que pasaba por ahí. Dos pendejos pungas, al verme indefenso, me sacaron la billetera con los documentos del bolsillo de atrás y los pocos mangos que me quedaban después de coimear al de tránsito. Un tercer pendejo elegía de entre los cassettes que llevaba en el auto: ¡mirá guacho, este gil escucha Pimpinela!, le comentaba a su compañero. Me impuse un último intento. Sumado a una marcha que pasaba por ahí, fui comentando mis intenciones; cuatro palabras escuché, en repetidas ocasiones: 1-qué, 2-carajo, 3-me, 4-importa. No se me había ido todavía la hinchazón de las orejas, cuando volvía mascullando bronca y de a pie, porque al auto, claro está, se lo llevó igual la grúa municipal.

De reojo / Querido Diario

Por Sebastián Muape / sebasmuape@gmail.com



Madrugué, por la radio el locutor avisó que quienes roncan y babean, no pueden escuchar su programa. Me bañe y salí. Me informaron que esa era la vereda de los piolas, crucé, pero un señor me gritó: "dale, no te hagas el gil"; caminé por la calle. Un conductor me preguntó si era retardado, contesté que no, pero ya no escuchaba. Llegó el bondi, puse la tarjeta en la máquina para zurdos. Una chica me tocó el traste, la miré feo, ella me devolvió una mirada como diciendo: "en esta fila toqueteamos", me corrí. Se desocupó un lugar, una anciana susurró: "éste es el asiento para las viejas, ese para los viejos, los indefinidos van en el estribo". ¿Y las jóvenes?, pregunté; “ah ni idea”, me tiró la viejita. Al bajar un nene se interpuso y me dijo: “primero los enrulados”, asentí con un gesto; acto seguido un calvo me advirtió que ellos bajan segundos, prefiero bajar último y tener lope, pensé contento. Entré a un local de ropa, agarré una camisa y la vendedora me lo prohibió diciendo que esa pilcha era para facheros. Tomé un pantalón y la mina me miró como diciendo: ¿sos tarado, no? Rajé. En una disquería pregunté por el Long Play de Los hermanos Ávalos: "Flaco, los que no tienen onda piden allá", me avisó el disquero. Andate a cagar, opa, susurré. Derecho a la peluquería, entré y vi carteles sectorizando: “Trolos/as”, “Garcas”, “Adictos”, “Chetos”, “Sucios y mal vestidos”, “Desempleados”, “Analfabetos”, “Pelirrojos”, “Extranjeros”. Me senté en el que decía "Todo lo que no se detalló antes". Al rato entré a un bar y pedí una gaseosa; "Tartamudos del otro lado", me rajó el mozo. O-o-ok-k-k-kk-key, dije parándome. Me dieron ganas de orinar. Los mingitorios estaban señalados de acuerdo a determinadas escalas... Como no había nadie, me paré en el segundo, salió un morocho de atrás de una puerta y me gritó que era un farsante, que meara en el anteúltimo; bueh. Salí a la calle, pasé por al lado de una fuente y saqué unas monedas, me increpó un guardia: "¡esas chanchadas no se piden acá, aprenda a leer señor!" Había distintos compartimentos, por ejemplo: deseos sexuales, económicos, salud, de muerte de alguien, de un futuro mejor (la fila daba la vuelta a la esquina), y un lugar que era para los "sin deseos". Pensé que lo mejor era volver a casa, así que encaré para la estación, llegó el tren. Algo llamativo, los vagones estaban categorizados: porteños, provincianos, petisos, flacos, con mal aliento, con hemorroides, negros, blancos, chinos, travestis, pungas, sucios, apoyadores, toquetones, puñeteros, uruguayos, europeos y finalmente uno que decía "otros". El tren ocupaba tres estaciones. Bajé y me encontré con distintos grupos manifestándose, pregunté cuál era el motivo de cada reclamo: contra la invasión de chinos, de peruanos, los cumbieros sin auriculares, los manteros, los pibes chorros, los adictos al paco, los adictos al éxtasis, los no adictos, las prostitutas y los taxi boys, los malabaristas de semáforo, las madres que estacionan en triple fila, los trapitos, los pornógrafos (¡epa!, pensé), contra los que comen carne, los veganos, los obesos, las anoréxicas, los canas, los feos, los judíos, los salesianos, los mormones, los mahometanos, los sin dientes, los manifestantes. Una viejita, sola en un rincón, clamaba contra la discriminación, dos pendejos la escupieron desde el tren y un perro le orinó las piernas. Me fui, en un kiosco pedí un alfajor; ¿doble o triple?, preguntó el tipo. “Andate a la puta que te parió”, fue lo único que se me ocurrió.


De reeojo / Enroque

Por Sebastián Muape / sebasmuape@gmail.com


Primero fue una especie de luz blanca, tenue y mortecina, la que acompañó la expresión repentina de Maxi, pero segundos después su piel trocó lívida al tiempo que un calor amigo invadía todo su cuerpo. Podría decirse que la sorpresa jugó su rol preponderante, pero desgranando situaciones veríamos que de fortuito nada tuvo este entuerto. Como de sorpresivo poco tiene la vida, salvo que uno elija teñir de propiedades quiméricas, todo aquello para lo que su conciencia no fue avisada. A menos que se decida sacarle el cuerpo a la situación y explicarla escabulléndose de uno mismo, en complicidad con la huidiza cobardía de quien pone exclusivamente en manos ajenas, su propio trajinar y el sentido que le va dando a sus pasos.
Pero volvamos a la tarde en la que Maxi no dejó resquicio para que la duda meta su espalda, porque simplemente esta charla con Lucas no se parece a ninguna otra. Mucho menos a las de las épocas de contemporáneos guardapolvos, bombitas de agua, potrero, primeros cigarrillos en la esquina, acompañados también por las primeras cervezas; y los jóvenes pedos que supieron agarrarse, como para saber qué era.
El tema es que ahora llevan casi tres años sin hablarse, más allá de haberse saludado por obligación en algún patio familiar, articulando dos o tres palabras protocolares, como para que los viejos y las chusmas en cuestión no pregunten. Maxi todavía no tiene hijos con Brenda, por cuanto ni siquiera hay chicos inquietos preguntando por qué su tío no viene a casa cuando está papá y otras incomodidades. Y fue ella justamente, la vocera herida que tuvo que bajarle la persiana en la cara a Lucas prohibiéndole, en nombre de su marido, la entrada, una vez que el pibe se animó a contarle que juega para los gays. Vaya enredo, arcaico y al pedo. Vaya careta de caucho la que se pone Maxi y esa reacción que no entiende ni él, pero que aún así, tuvo el lujo de esbozar.
Es que en la tarde de hoy, en la charla de hoy, en la intimidad de hoy, van a intentar limar rispideces y hasta Maxi, macho si los hay, va a permitirse cuestionar, pisando cuanta banquina ande cerca. Claro, es que él mismo llamó a su cuñado para “ver si nos dejamos de romper las pelotas y aclaramos todo como corresponde, que antes que familia fuimos amigos y no hay quilombo que un par de birras y las cosas dichas en la cara no puedan arreglar”. Tomá.
Lucas, que pisa este jardín con la firmeza de un roble, maniata al otro con un discurso tan profundo como inesperado, tan descarnado como valiente, tan sincero como envolvente. Palabras manta. Toca con sus oraciones y sus tonos, fibras vitales del macho que tiene enfrente. Le trae en recuerdos sensaciones que ahora se resignifican cambiando de cariz y, aunque no hace falta, reinterpreta miles de vivencias suyas y sólo suyas, que con sólo mencionar, los llena de gozo y diversión.

Y es un estadío nuevo este, muy muy nuevo. La puerta para entrar fueron las anécdotas de la cantidad de veces que, intencionalmente solos en el vestuario del club, se la medían muerta y parada rozando pieles, para comparar los progresos que les regalaba la pubertad. Así que la misma tarde de la luz mortecina, devenida en roja excitación cuando la mano de uno, no importa cual, recorrió la entrepierna del otro, tampoco importa cual, encontrando en carne todas las respuestas juntas y ansiadas, terminó en un telo con los dos tirados latiendo boca arriba, fumando en silencio. Enrocados por mucho tiempo en este tablero de la vida, singular aunque con poca sorpresa, cuya reina van a proteger en juramentos, promesas y lealtades, y donde por supuesto van a blindarse juntos en nuevos viejos secretos.


De reojo / Vahído

Por Sebastián Muape / sebasmuape@gmail.com


Aldo camina por el microcentro, con la sapiencia mundana de quien conoce al detalle cada esquina, cada puesto de diarios, cada puterío y cada librería. Recuerda los menús de cada día, de varios bares. Va muy bien vestido. Haberse jubilado como subdirector antes de los sesenta, le dio la posibilidad de vivir casi en espejo con un egresado secundario, además de una billetera macanuda.
Es un mediodía de diciembre y los rayos caen como estacas sobre las molleras de los valientes que se le animan a un cielo con huelga de nubes. El olor a frituras y carne asada con cebollas y las bocanadas de lava que salen de las ventilaciones de los subtes, matizan con un popurrí tanto o más rancio que el olor a meo nocturno, tan encariñado con las persianas y las ochavas.
Aldo detesta llevar ropa en la mano, ya perdió no menos de cinco camperas e igual número de paraguas, en dos años. Está abrigado como si fuera agosto. De pronto se le empapan las manos de sudor, más aún cuando se las pasa por la frente y la cabeza cubierta de canas. Piensa en comprar un agua mineral helada, mira la hora y entiende que no tiene tiempo. Hay deuda de aire en su cuerpo, respira profundo, pero los matices antes descriptos y el escape de un colectivo que le pasa cerca, le provocan un sinfín de arcadas. Se le llena la boca de saliva, se marea, el estómago se le endurece como si fuera una Pintier, tantea los anteojos colgados del cuello y con la otra mano se agarra de una persiana. No ve, no oye, nada para vomitar. Antes de que caiga cuan largo es, Sofía lo sostiene con brazos firmes y le habla. Aldo no responde, respira a estertores con la boca muy abierta y abre enormes los ojos, se supone que para advertir si está en esta Tierra o ya partió. Sofía se desespera y le grita al empleado del kiosco para que llame a la ambulancia o al policía que está parado indiferente en la otra esquina de la peatonal. La baba de Aldo, ya sentado, le recorre la mano y parte del brazo a Sofía, que levantándole el mentón, lo apantalla con el libro que llevaba al descanso. El kiosquero avisa que la ambulancia está a diez cuadras sin piquetes. El agente, caminando lento para no correr la misma suerte que Aldo, le pregunta a Sofía si lo conoce; no. Aldo está sentado en el escalón de entrada de la galería, donde se ubica la casa de apuestas hípicas electrónicas. A su lado Sofía nerviosa, le habla sin parar, él empieza a escucharla y además se da cuenta de los ojos verdes intensos que tiene la mujer y del dulce tono de su voz. Cuando el corazón y el oxígeno se ordenan, el hombre mete la mano en el bolsillo interno de su campera y tantea la billetera, se tranquiliza. Ya se escucha la sirena. Sofía se calma, el agente le hace señas al médico; pero antes de que lleguen hasta Aldo, este tiene un segundo vahído y cae sobre su costado derecho, con bastante estrépito. Sofía se exalta, pero el médico la calma, ella se para. Lo enderezan, esta vez Aldo vuelve más rápido, aunque sin contestar ni una de las preguntas que le hacen. Vuelve a meter la mano en el bolsillo interno. Sofía se aleja unos metros, el doctor ya le tomó la presión al hombre. Sobre la vereda, la mujer de bellos ojos verdes y el médico, charlan unos segundos. Aldo se para, toma agua helada y respira. Encara la entrada de la galería con decisión. ¡Señor, señor! Grita el médico en el pasillo. ¡Señor!, se suma Sofía. Nada. El tipo va subiendo la escalera, a tranco lento, eso sí. Se va repitiendo en voz bajita: “en la sexta el 15 A, Second reality”. Aldo está más vivo que nunca, aunque unos minutos antes, le escupió el piso a dios.


                                                    

De reojo / Amor no sigo


Por Sebastián Muape / sebasmuape@gmail.com


Amor nocivo, amor no sigo. Amor extranjerizante, enajenante, mutante. No genuino, enfermizo cobertor de intensas pasiones, de personas, de almas. Amor confundido, sectario, gregario, sicario. Amor migratorio. Asesino de deseos, de momentos, de tardes, noches y años. Supresor represor de personas, historias y disfrutes. Amor matafuegos, gélido. Amor que no se sube a los cachetes, censurador de gemidos, no humedece los cuerpos, amor que no ablanda los labios, no los pone carnosos. Amor que no calienta.
Un bloque glaciar enorme que navega en una única dirección, la propia; y que difícilmente vaya alguna vez a conocer otras costas. Un mastodonte de hielo antiguo, más antiguo que la humanidad aun, en cuyo interior se fosiliza para siempre el último cachito de gozo, el intento final por ser auténtico, sin pliegues ni reveses. Vemos irse sin atenuantes, la efímera chance de saltar al vacío, desde la falda; donde le conferimos a esa misma falda, la cualidad de continente. Damos risa. Amor neutralizador de latidos, sístole y diástole al unísono, con deuda de decibeles.
Amor entrópico, mórbido, hipnótico, narcótico, despótico, misantrópico, ilógico, tóxico, sórdido. Amor óxido. Un amor que nos toma, nos invade, nos nubla, nos envuelve, nos maniata y sobre todo nos amordaza, eso; con tenazas nos amordaza. Un amor que nos acustiza el pecho y entonces otra vez, latidos sordos, ínfimos, pusilánimes, golpecitos menores que jamás harán saltar la agujita. ¡Me parece que no tiene pulso!, gritará aterrado el transeúnte, con la oreja apoyada en nuestros pectorales. Cardiólogos desempleados por montones.
Eso no es amor, eso es terror. Terror en la esquina azul, un oponente débil e inteligentemente sometido y en la otra esquina, un hambre voraz capaz de engullir cuanta dignidad humana camine cerca; con tal de calmar esa catarata de inseguridades, que tanto duelen y tan mal huelen.
Ser o dejar de ser, dejar de ser; perder, ceder, temer, corroer, esconder. ¿Por qué: “amar, temer y partir”? ¿Por qué no: “callar, beber y vivir”? ¿Salar, coser y hervir? ¿Cantar, leer y dormir? Amor solista, amor sofista.
Amor inconcluso, recluso, amor rehúso, amor uso. Por un lado, la preocupación y el único deseo, como norte en la vida, de responder la cuestión del hueco usurpado en pecho ajeno. El desvelo eterno y el altísimo precio de posponerse, retrotraerse, replegarse, reagruparse; de intentar redimirse, aunque no haya penitencia alguna, por el otro. Un triste abandono autoinfligido, qué ganas de llorar.
¡El sucio deseo ha sido decapitado en la plaza principal!, clama el pregón y anuncia con nuevos bríos: ¡Las ganas serán ahorcadas al alba, en la plaza de al lado! Penas asumidas como escarmiento público, para el réprobo que mínimamente ose intentar ser, sólo eso; ser.
Ese es el amor inmundo, taciturno, moribundo, infecundo, nauseabundo. El amor que cohíbe, inhibe y prohíbe. El amor que no vive, no sirve, no es libre. Respirar y dejar respirar. Amor que no respira no inspira, no transpira ni suspira. Se congela triste y opresivo. Daña con saña.
Amor que posee o navega en una única pulsión, la de anular herméticamente al otro. Cancerbero, es privador ilegítimo de la única libertad de la especie, es un residuo onanista, es un canto al desamor, es besar al espejo. Eso, justamente eso; eso no es amor.

No me hagan reír, dejen de simular, exhiban valientes sus miserias, destruyan su granítico ego y conviértanlo en algo natural. Sean humanos, amen de verdad, suelten de verdad, se completará la cama si se merece y si no, a volver a empezar.

De reojo / Azul sin miedo


DE REOJO
Por Sebastián Muape / sebasmuape@gmail.com


El miedo no existe. No existe el espanto tampoco, no cuenta el temor, no suma el terror. Al menos acá, donde debería, mi cuerpo y esa emoción no se hablan. No me confunde este silencio, este tibio y transparente silencio repentino, atravesado por la incandescencia de esos rayos del fin de la tarde, que me llegan oblicuos y deformes. Rayos móviles que se quiebran más arriba. Sí, en este lugar el tiempo fluye diferente al de afuera, acá va… no sé, distinto. Los sonidos, no todos, igual que esos rayos, también se deforman. No me voy a dejar llevar por el llanto, que lloren, acá yo estoy bien, bien; no “mejor”. No elegí caer en este rinconcito, simplemente caí, viajé y contando azulejitos, me hundí. Estoy azul, es cierto; mis labios azules, mis párpados también, azules las palmas de mis manos, azules mis pies. Elijo no gritar, aprieto los labios con fuerza y viajo y viajo. Se me pone lánguido el cuerpo, ámbar y translúcida mi piel, ¿los ojos? los ojos no sé. No mamá, no me busques ahí, decile a los demás que no me busquen ahí, no me van a ver al ras, ni me verán caminar, no estoy donde debería estar, ni tirado en el pastito, ni siquiera escondido atrás de aquel rosal. Que no se apuren tampoco, nada malo me va a pasar. Y si bien parezco aislado acá, yo te juro mamá, acá no hay soledad. ¿Por qué gritás así, mamá? ¿Por qué lloran allá? Paralizados, tiesos, estupefactos, ahora me miran sin intentar. Sólo vos mamá, solamente vos sabés actuar. ¡Te veo venir, valiente Sirena! Regalame una burbuja, ¿dale? ¿Viste mamá? ¡El sol hace fuerza y llega hasta acá! Por eso me encontraste, porque el sol llega hasta acá. Mi amiga la tarde y yo, nos dejamos encontrar. Dame un ratito más, por favor… No terminé de charlar, me están cuidando, me abrazan; me quieren de verdad. ¿Lo ves mamá, lo escuchás? ¿Qué miedo? Vos no te asustes, que tampoco se asuste papá. Y van a ver cuando les cuente, denme unas horas más. El corazón se me quiere escapar y tiene ganas de llevarse también mis pulmones. Eso va a ser un alivio, hace un ratito me ardían, entonces los voy a soltar, sí, total, me alcanza con los oídos y sobre todo, con mis ojos. ¿Mis ojos? Mis ojos no sé, cerrados o abiertos da igual, estoy viendo todo y estoy escuchando también. Mis pestañas y el flequillo, bailan al mismo compás. De cara al rinconcito me quedé acurrucado y tibio, igual que allá en la panza, sumergido en esa misma paz. ¿Ya llegó papá, qué le contaron? Lo extraño. Mañana hablamos, los espero a los dos; ahora voy a descansar. Necesito volver a casa. Quiero un avión para ir al cielo. Qué maravilloso es respirar.
Me hacés reír mamá y hay mucho eco en los pasillos. Nos van a retar. No entiendo el porqué de tu sorpresa, para mí ya todo es tan normal. Dale, secate las lágrimas, creéme que llegó el tiempo de reír. Dejá esa foto adentro del libro, no la necesito. ¿Cómo que no conozco al abuelo? ¿Quién creés que me sacó el susto y hasta que llegaste, valiente Sirena, con los brazos como cuna y entre sonrisas, jugó conmigo a la verdad? ¿Miedo de qué?
Tenías una historia un poco ajada, algunos años con gusto a limón. Para cuando le toqué timbre al mundo, había partido. ¿Es así? No te dio tiempo, ni respuestas. A vos te estaba faltando una palabra, mamá, de esas que jamás iban a llegar; bueno, escuchá: a mí me dijo que no tenga miedo, que ya ibas a venir, que me quiere mucho; y a vos, que te quedes tranquila, que también te quiere mucho, de verdad. Espero que te alcance.
No preguntes más, me voy a poner serio, mirame: era tu papá, mamá; era tu papá.


De reojo - Yo, héroe

Por Sebastián Muape / sebasmuape@gmail.com
  
Soy chico, soy niño, soy nene, soy pibe, pibito. Soy dulce, soy tierno, soy hijo, hermanito. Soy salita de colores, salitas de las blancas; soy sábanas, peluche, pólar y algodón. Soy los labios rojos de mamá, los brazos peludos de papá. Soy semilla, mejilla, arrumaco, soy vida. Soy planeta, galaxia, cometa, asteroide. Soy cuentos, dibujitos, hamacas y pelotero. Soy el viejito, la boina del viejito y las palomas, soy las miguitas. Soy la play y el sonajero. Soy un castillo entero. Soy helado, tobogán y arenero. Soy el sol, la nieve, soy nube y aguacero. Soy un grillo, alguacil, mariposa y gorrión. Soy bichito, torcaza, gallo y león. Soy un león. Soy todos los leones. Soy los tiburones, todos los tiburones. Soy los océanos, el deshielo, soy represa, soy la playa tibia y el río enojado y saltarín de las pendientes. Soy los pies de los veraneantes, soy un bosque virgen, soy un caminante. Soy lo que quiero, soy eso. Soy Batman, Thor, soy Goku, soy el hombre de acero, el nene de acero. Soy Chicho, soy Stéfano, soy el mismo; el de acero. Soy el que tiene huevos. Soy dios, el dios valedero, el que pisa, el que mira, el que llora. Soy el dios que siente, el que sonríe, el que abraza, el que lucha, el valiente. Soy un guerrero, tengo espada, adarga, cimitarra, escudo y caballo negro. Tengo caballo compañero, soy un conquistador de almas, el pirata de tus veleros, el invasor risueño de tus sueños, un ocupa de tus pensamientos. Si me mirás, sonreíme. Nada de reflexivos ni serios. Subite a mi risa, volá en mi flequillo, nadá en mis oyuelos. Si venís, descansá en mi pecho, trepá por mi cuello y dormí en mi pelo. Abrime la ventana que soy el viento. Yo te muestro el nido de mi amigo, el cóndor. Yo soy ave de montaña, soy cría de águila, soy la estrella fugaz que parte el cielo. Soy agua pura, soy agua helada, soy agua de mil glaciares, soy agua antigua; eso. Soy indispensable. Soy los tres deseos, un millón de deseos. Yo soy tus deseos, bailo en tus oraciones, duermo en tus rezos. Soy rocío en la madrugada, soy el último bondi, carambola a tres bandas, soy el lento esperado, soy el ancho de espadas. Yo te abrazo, te creo, te elevo, te sublevo, te traigo y te llevo. Te beso, te abrigo, te tengo, te libero. Subime el volumen que soy el tango, cantame de pie que soy el himno, tarareame; canción de cuna, canción de cuna en silencios. Soy las brasas de tu hogar, soy la manta en ventisqueros, soy ocaso en el palmar, soy un poema verdadero. Soy una copa de tinto, soy un maestro severo, soy la borra de tu taza, el pan tibio y el invierno. Soy las circunstancias, el ida y vuelta, el traqueteo. Soy el 10 del equipo, yo la paro y juego. Llevo la cinta, la magia, el banderín y el trofeo. Yo soy el trofeo, todos los trofeos. Yo soy el podio, la bandera a cuadros, donde mueren los lamentos. Soy mis amigos de las redes y todos sus besos. Soy 18.500. Soy el centro de mesa, el vals, soy el escenario pintoresco. Soy un teatro itinerante, una calesita de barrio, un carnaval de club, de los de antaño. Soy el aro encendido, soy el equilibrista primero. Soy el mago y el conejo. Soy un domador de recuerdos. Llevo una flor en mi ojal, me paro bajo el farol, soy un guapo ancestral, soy un laburante de puerto. Soy un brote natural, soy el vientre y soy el pecho, soy el polen de papá, soy la almohada y soy el lecho. Soy una mirada universal, soy la sonrisa vital y la ofrenda terrenal. Yo soy Chicho Grosso, el gigante pequeño; yo regalo valor.



De reojo - A la carta

Por Sebastián Muape / sebasmuape@gmail.com

A vos:
Esta tarde te iba a cagar, lo tenía decidido, ya estaba todo arreglado. Estuve a punto y no pude, o no quise, o no supe. Te iba a cagar de la misma forma en la que podría haberlo hecho otras cien veces, o como seguramente lo haré alguna vez. Seguramente. Aunque como verás, no lo hice.
Todavía no entiendo bien por qué te lo cuento, o cuál es el grado de necesidad que tengo de hacerlo. Tampoco me respondo por qué elijo comunicarme con vos de esta manera, cuando quizás hablarlo es más simple. Pero yo me arreglo con esas cosas, son cuestiones mías y que para nada me parecen importantes. Lo que sí sé, es que contándotelo me siento mucho mejor y concluyo en que para vos tiene que ser también así. Si es que hay alguna culpa, entonces elijo la culpa menor. Decime egoísta si te parece. No estarías descubriendo nada. Todos lo somos, pensá que con el primer respiro, pedimos a gritos una teta.
Es este juego de verdades a la carta que decido enfrentar, pensando que será mejor para vos y también para mí, lo que me ocupa en este momento; y lo que no me permite seguir adelante de la forma en que necesito, a menos que pueda resolverlo ya. No sé. No estoy siendo muy mental, porque eso significaría dudar eternamente, empantanarme. De esta forma y aunque parezca un arrebato te lo digo y eso, es necesario y sano para los dos. Ya lo vas a ver, si no lo viste aún.
Me conocés bien y sabés cómo pienso, ¿si no, por qué lo haría?, ¿te das cuenta de que no habría coherencia? Creeme que tampoco me es tan fácil. La verdad ante todo, ¿viste? Muchas veces la exigiste, es más, no concebís una relación con dudas, te angustia sobremanera la posibilidad de no saber o de que haya entre nosotros, un manto de oscuridad. Ya pasó antes y casi fue el fin. Prefiero que sea así, porque después de todo, lo veo como un síntoma de madurez. Vos sabrás bien qué hacer con esto, espero. Tengamos las charlas que hagan falta y hablemos de lo que haya que hablar, de vos también.
Personas como nosotros, que salimos de cosas peores antes y juntos, deberíamos tomarlo casi como una pavada. Amplitud para mirar, perspectiva, ángulo, cuadro completo, bosque. Resiliencia, palabra tan de moda ahora, plena conciencia, instinto de superación, el “aquí y ahora”, saltar la valla. Saltemos.
Es utópico creer que vamos pisando el mundo ciegos, o que basta con decidirlo para volvernos invisibles o inmunes. ¿No te pasa? Camino con  vos, sé bien de lo que hablo. ¿Dónde carajo encajan los sentimientos? Decime. Y en el caso de que encajen, ¿por qué se van a pudrir o a lesionar? Yo desato algunas convenciones, las desecho. No rehúyo una mirada, no me escondo, si la vida me pone la mesa, huelo. Puteame si te parece, puteame con ganas pero ojo, espero de tu parte la misma honestidad, porque si no, yo puteo también.
Lo que quisiera, es que no te quedes sólo con el hecho de que no pasó. Hay otras cuestiones de fondo, mucho más importantes, que tienen que ver conmigo y si tienen que ver conmigo, te involucran a vos. Es que sabés, me es difícil hermanar los sentimientos con el cuerpo, las situaciones, el deseo, lo fortuito y casual, lo furtivo. Sé que esto te va a joder, pero tengo etapas en las que siento que hay posibilidades que no quiero dejar pasar, simplemente porque no tengo la seguridad de que  haya que actuar distinto. Y cuando te digo esto, no pongo en duda lo que siento, sentimos, ni nada que se le parezca. Soy yo ante el mundo y la forma en que actúan en mí, algunas cuestiones.
Bueno, voy cerrando. No espero, de tu parte, una rápida digestión; sí una relectura de nosotros. Una cosita más ¿Te preguntaste por qué, al principio de esta carta, dije “cagar” y no “engañar”? Ok, pensalo. Besos. Yo.


De reojo - Zanja

Por Sebastián Muape / sebasmuape@gmail.com


La zanja infecta serpenteó guarra y artera. Ladina nos socavó y quedamos pataleando en el aire. Obnubilados por el traqueteo esperanzador, hicimos fila para dejarnos radiografiar. No pudimos ni podemos ser transparentes. Jamás en este disenso lo fuimos y como si poco fuera, en dosis escandalosas, administramos rencor. Descendimos juntos. Descuartizándonos, fue dividiéndose todo. Las ideas separan peor que la más alta de las cordilleras o el más denso boscaje. Mientras vos y yo, pobres giles inermes viviendo al son de la alarma, inertes en el festín del vaivén discursivo, nos dejamos ganar. Mansos nos entregamos. Tibios. Hicimos columnas detrás de esas caretas vociferantes, supresoras de todo debate. Gritones que ahuyentan la razón. Matones del buen gusto. Como autómatas de pupilas dilatadas, navegamos el barranco inexorable, subidos al sonido que elegimos alabar. Esa puta zanja, cueva de escorpiones, humedad donde desova el asco, criadero de moscas comemierda, espermas de toda fealdad, pasó por debajo de mi mesa y de la tuya y nos agarró cruzados de brazos, silbando bajito. Dejó una estela de baba espesa y con sabor a veneno. Ya pasamos el borde. Andá calculando la caída. Sin distinción de tal o cual apego, nos evisceró con metales corrompidos y después la fiebre, no nos dejó aire para la reflexión. Lindo cóctel gangrenoso el que elegimos. Ahora a tragar, traguemos. Maltratemos el paladar, lo merecemos. Se dividieron generaciones, aulas, oficinas, picados, iglesias, clubes y puntos de encuentro, lugares en común que ya no lo son. Ahora resulta que miras raro, esquivo; si es que miras. Suntuoso el gusto que nos dimos. ¿El costo de los daños? Sideral. Eclosionó un abismo entre nosotros, un paso de riscos lúgubres sin puentes, un camino con quimérico regreso. Recortó un hueco donde había suelo, ese suelo que yo caminaba para verte y reírme con vos. ¿Qué mierda fue lo que pasó? ¿Cómo hacemos para acercarnos otra vez? La mano que usa la pala asesina que abre surcos y que cierra diálogos, es una mano perversa, intencionada y maléfica. Hábiles manos filosas, con heladas miradas de ojos vacíos. Manos de monstruos, sincrónicas punzantes, multiplicando el odio en lobotomías perfectas. Ahora vos allá y yo acá. Fin del universo conocido. Nos alejaron espíritus chiquitos, beodos, adictos al chamuyo que huele a papel moneda. Bolsillos golosos han hecho lo suyo, vaya que sí. Tóxica semilla germinal para el nuevo credo. Un “atrapasueños” al revés. Fortuna mala vida. Prefiero mil veces el licor, si me voy a emborrachar. Al menos la resaca dura unas horas y ya está. El bar, tu auto, tu cama, mi living y las cuadras, todo partido al medio. Enésimo desplazamiento de placas. Nuestro barrio en línea recta, sin esquinas para juntarnos. La zanja hedionda y voraz se tragó la sombra donde descansábamos y nos robó la sobremesa, se tomó mi vermú. Un zanjón deleznable, lleno de alimañas cercenadoras de lazos, cavado por eunucos mentales más viles aún. Malaleches. Teléfono para nosotros también, nos gustó chapotear en pus. Anestesiados en serie, roncamos tranquilos; pero de todas formas, más decisores que víctimas. No tengas dudas. La distancia, frente al brazo a torcer. Es más barato destruir que retroceder. A poner la cara ahora y que vengan los bifes que tengan que venir. Voluntad, pelotas, vergüenza; lo que sea para evitar el deja vu nefasto. Hasta hoy, tuvimos asistencia perfecta en la confusión letal. Y así estamos amigo, miranos ahora, dando la espalda y uno de cada lado, donde siempre fuimos dos y fuimos cien.


De reojo - Duilio H



Por Sebastián Muape / sebasmuape@gmail.com

Como las hojas de la higuera tiene la cara Duilio H, ancha y rugosa, áspera y ajada; seca. Tiene la cara seca como el resto del cuerpo y seco por una simple razón, está muerto.  Aunque se murió hace horas, está más seco que las hojas de la higuera, caídas hace días en el patio trasero del salón mortuorio.
Esas hojas que raspan el portland cuando el viento las muda, este viento del vientre del otoño, de este otoño confundido y arrogante que se cree invierno. Seca su vida, seco su carácter, seco de amigos, seco de amores, Duilio H. Un albañil calificado con tantas tardes de bar, como kilómetros de muros levantados, alisados y mejorados.
Las manos de Duilio H. Manos de elefante ahora entrelazadas, venosas, marrones, pesadas. Manos útiles de capataz, manos de pocas caricias, manos con gesto pétreo, más chirlos que palmadas. Manos firmes de peón que trajo el asfalto y tapó, con manto gris y brea, la última cancha de bolitas de los pibes. De los pibes y de sus dos hijos varones que ahora, mientras se toman cien cafés lo lloran con lo justo, y cuentan las sillas vacías, simple aritmética, sobra una mitad y a la sala contigua van a parar. Nada de andar contando soledades.
Ahí anda la pobre vieja, estrujando el pañuelo su ladera fiel. La quinta habían labrado, el adobe, la paja, los surcos. Los surcos de la tierra, menos profundos que los de la vida, de la vida que queda, humedecida de lágrimas de cera, que tienden a secarse también.
Llega la palma del bar del club, los rivales enclenques de la mesa de tute cabrero, que no son tantos tampoco, y que también huelen a Hesperidina. Algún vecino que pasa y mira, bolsa de pan en mano y que se demoren las tostadas con manteca, en el utópico caso de que haya alguna cara conocida. Y pasa que es domingo de mañana y el sol está como cohibido, mirando para otros universos.
Por eso es bueno que se sumen más hijos ¡claro! Dos más, por ahora. Dos hijos y madre en fantasmagórica presentación, otra madre y otros hijos, que tal los dos primeros, deben andar oliendo los cincuenta. Simultáneos, aunque a decir verdad, ni un poco se parecen. Altos, de ancha espalda aquellos, a molde de Duilio H; regordetes y petisones estos, más de escritorio, más de aula, más de madre. Suaves los rasgos, las miradas; no tan punzantes los pómulos. No hay sol curtiéndoles el cuello, no hay astillas desvirgándoles las manos, no hay brazos ni hombros de repartir reses, no quedan las retinas del soldador. No hay lazo, no lo hubo antes, no lo hay ahora. Hay gesto, historias para cerrar, páginas para olvidar, abandonos para saldar. Punto y final.
Y llegan, con cara de “…y bueno…”, pero valientes, decididos y se presentan nomás, como corresponde. Los ojos de la vieja como lupas, bastante más joven la madre dos, junta las manos y se las apoya en el pecho y mueve la cabeza de un lado a otro. No llora. Murmullos y precisas aunque breves explicaciones en la ronda de seis, que no es una mesa de tute cabrero, porque esta partida se jugó hace rato y al parecer se empató. Qué más da. El que reparte ya partió, no escucha, no ve, no siente, no pide perdón. Y qué valientes los hijos dos, pura personalidad, en eso sí que se parecen a Duilio H, que de haber nacido décadas antes, sin dudas hubiera sido cuchillero. Ahora resulta que era arrabalero.
Se vuelve a sentar la vieja y mira la baldosa color mostaza, mira el cajón y ahí dentro yace indiferente la mitad de su vida, ¿que ahora resulta ser un tercio? No, mitad es mitad, qué tanto…  
Hechas las formalidades de rigor, encaran la puerta los hijos y la madre dos; pero le salen al cruce los hijos molde Duilio H y no es para menos; en unas horas hay que cargar el cajón y la aritmética no miente, sobran cuatro manijas.